CAPÍTULO 14 #3
El universo le había enviado a alguien que, en esas semanas intensas, se había vuelto su complemento perfecto.
Sin importar la lista de cualidades que ella hubiera imaginado alguna vez sobre el hombre ideal, Rhys estaba hecho a su medida.
«¿Cómo iba a asumir una emoción tan inmensa?
», se preguntó, con una mezcla de sensaciones que jamás había experimentado.
Solo esperaba que llegara el momento de sincerarse con él y, quizá, tener la suerte de ser correspondida.
Intuía, sin miedo a equivocarse, que Rhys también sentía algo por ella.
La lujuria era demasiado terrenal para explicar todo aquello, y solo había una palabra para nombrar lo que ella sentía: amor.
Ella estaba dispuesta a confrontarlo y no iba a permitir que le mintiera.
No podía exigirle que estuviera a su lado o que considerara continuar la relación juntos, pero sí que le dijera la verdad, mirándolo a los ojos, así como se miraban cuando se fundían sus cuerpos en la más perfecta sensación de éxtasis que ella hubiera experimentado.
Soltó un suave suspiro y, con esa certeza que daba el amor, se durmió.
El sábado, Rhys atendió a Alana de la misma forma que lo hizo el día anterior.
Le gustó ver que ella, al atardecer, ya estaba recuperada por completo.
Y ahora, según acababa de decirle, iba a agradecerle por sus cuidados de esos dos días, preparándole uno de los postres que era su especialidad: Panna Cotta con coulis de frutos rojos.
Así que ahí estaban los dos, en la cocina de la mansión, conversando, mientras ella empezaba a mezclar los ingredientes e iba diciéndole el proceso que estaba aplicando.
Aunque él sabía poco de postres, le encantó escuchar la pasión con la que hablaba.
Y verla en su cocina, tan cómoda como si ya formara parte natural de su vida diaria, agitó en Rhys una necesidad intensa de mantenerla a su lado. Aun si no la merecía.
Esa mañana, después de ducharse juntos y darse placer con una pasión lenta e intensa, él volvió a llevarle el desayuno a la cama.
Y continuó hablándole todo sobre su vida, menos aquellos episodios que formaban parte de la sombra de su pasado; la interacción con sus padres, la decepción con Thomas, la suerte de haber obtenido una beca para la universidad, lo complejo que resultó empezar sus primeros pasos para abrir lo que fue su primer negocio.
Le habló de las trabas que encontraba a diario, porque era un «don nadie» en una ciudad altamente competitiva, pero se abrió paso a punta de constancia, determinación y una voluntad de acero.
También le mencionó lo agradecido que estaba con ella por continuar ayudando a Ingrid, a pesar de que su hermana ya había encontrado el camino para seguir forjando amistades y entrando en los ámbitos que le interesaban.
Alana le había dicho que si Ingrid llegaba a necesitar su ayuda, en cualquier momento, siempre podría recurrir a ella sin ninguna duda.
Pero Alana también se abrió a él, le dejó comprender la falsedad de una vida que procuraba dar una imagen perfecta como si el dinero y los privilegios dieran la felicidad absoluta, pero en lo más privado de ese ámbito elitista era un círculo de víboras.
Le habló de algunos casos horribles sobre la clase de maldades que solían ocurrir con tal de desprestigiar a unos y otros, así que por eso ella trataba de llevarse bien y fingir que no tenía problemas con nadie.
Porque de ese modo evitaba enemigos innecesarios, aunque a la par eso también le generaba envidias constantes que resultaban una molestia.
Le habló de su padre, Darren, y le confesó que él era la figura importante en su vida.
Que su madre, Sandy, en cambio era bastante complicada y esnob y por eso Alana prefería mantenerse distante.
También le comentó que, desde que se supo que estaba comprometida con él, Sandy le dijo que tenía que compensarla por hacerla pasar un mal rato al ser Rhys una persona fuera del circuito selecto de Boston y que le daba igual si la fortuna de él superaba a la de muchos multimillonarios.
Y que la forma en que podía compensarla, para ganarse su perdón, era que recapacitara sobre su negativa a continuar asistiendo a eventos sociales como antes.
Ante eso, Alana le había dicho a Sandy que si era ese el caso podía continuar resentida.
—¡Listo, ya está terminado! —dijo ella partiendo una porción y llevándosela a Rhys. La dejó sobre la mesa, pero él tomó a Alana de la cintura y la sentó sobre sus piernas—. Hey, no era parte del plan que secuestraras al chef repostero de este modo.
Él esbozó una sonrisa amplia.
—Recuerda que mañana iremos a caminar por el jardín Arboreto Arnold y luego hay una cafetería en Jamaica Plain que probé el otro día, a varias cuadras de la casa de mi madre, y creo que el café que venden es fantástico —comentó—. ¿Vale?
Ella hizo un asentimiento. Le gustaba esta nueva sensación de pertenencia con Rhys.
Lo veía desde un ángulo más cercano, considerado, aunque su esencia era igual.
No pretendía cambiarlo. Lo amaba tal y como era, y solo deseaba poder conocer más aspectos de los que ya había visto de él.
Anhelaba que todo saliera bien entre ellos.
—Gracias por recordar que me encanta la naturaleza y ese es uno de mis sitios preferidos para deambular y desestresarme —dijo con dulzura—.
Lamento haber sido una paciente un poco quejica al inicio, pero quiero que sepas que aprecio esos detalles que tuviste conmigo.
La forma en que me cuidaste. Eres especial, Rhys Callahan.
—Me alegra saber que estás perfecta de salud —expresó él mirándola.
Las palabras de Alana calaron en Rhys, pues jamás nadie le había dicho que era especial de ninguna forma que no fuese vinculada al dinero o a su capacidad de gestionar amplios proyectos corporativos—.
Así tengo de regreso a la Alana más sensata.
Ella se rio y le revolvió los cabellos, juguetona.
—Bueno, eso no hubiera sido posible sin un doctor honorario muy sexy que, además, tuvo la delicadeza de atenderme como si fuese su paciente favorita —replicó.
—Porque lo eres, Alana —dijo Rhys, sin querer ahondar en el verdadero significado que contenían las palabras. Y se guardó las ganas de decirle algo adicional.
La atrajo hacia él para besarla.
Fue un beso sensual, pero posesivo de un modo que mezclaba erotismo y lo escondido.
Algo silencioso que se compartía en sus miradas, en el momento que sus cuerpos se volvían uno y gemían sus nombres.
La saboreó con gusto y Alana tomó el mando del movimiento, la intensidad, y la forma en que se entrelazaban sus lenguas.
La adrenalina empezó a fluir entre ambos como el combustible que sus torrentes sanguíneos necesitaban para incrementar las ansias de poseerse.
Alana se acomodó y quedó a horcajadas sobre Rhys.
El postre, olvidado por completo, porque había algo más delicioso que empezaba a fraguarse entre ambos.
Alana enterró los dedos en los cabellos de Rhys, le encantaba hacerlo, gimiendo contra su boca, mientras las manos de él no se quedaban quietas.
La acariciaba, la estrujaba y jugaba con los pezones, sobre la ropa, pellizcándolos, hasta que ella soltaba un gemido.
Con la facilidad que poseía para llevarla en brazos, no tuvo problemas en incorporarse de la silla y sentarla sobre el mesón de la cocina.
La parte que estaba limpia e intacta. Le quitó las bragas, pues ella solo tenía como prenda una camisa negra de él.
Le abrió los botones con rapidez, dejándola desnuda, y procedió a devorar el postre que de verdad deseaba.
Entre jadeos, gemidos y caricias que afianzaban las huellas, el aroma y las emociones más profundas del uno en el otro, Alana llegó al orgasmo.
Pero no se quedó quieta, en su desnudez, bajó del mesón, le quitó los pantalones y el bóxer a Rhys, y le devolvió el favor, mientras su lengua se deslizaba sobre el miembro grueso, lo succionaba y, a la par, le agarraba las nalgas —clavándole las uñas— con ímpetu.
Lo escuchó gruñir, tirar de sus cabellos y luego soltar un gemido de abandono total.
Al cabo de pocos segundos, Rhys la agarró de los brazos para que se levantara.
—Eso fue fabuloso, señorita Pemberton —dijo él dándole un azote en el trasero, para luego inclinarse y morderle un pezón—.
Ahora que hemos comprobado que estás en perfecto estado de salud —agarró el plato del postre— me gustaría probar ese plato que has preparado, pero solo lo podré hacer contigo en la cama.
Ella continuaba sonrojándose, porque con él eso era inevitable.
—¿Es así…? —preguntó mirándolo.
Rhys le hizo un guiño.
—Sí, pero creo que subir las escaleras nos hará perder el tiempo —dijo yendo hasta el sofá de la sala—. Acuéstate y separa esos muslos magníficos para mí, Alana.
—Rhys… —expresó con una sonrisa y los ojos brillantes de amor y deseo.
—Abre más… Sí, mira qué coño tan bonito —expresó untando la salsa rojiza, el coulis de frutos rojos, que llevaba el Panna Cotta, en la vulva de Alana. Dejando que el líquido se dirigiera más hacia el sur, en donde estaban los labios íntimos.
Ella respiraba agitadamente.
—Se manchará el sofá —murmuró con un gemido cuando él la lamió.
—Compraré todos los que hagan falta si el resultado es escucharte derretirte de deseo entre mis brazos y, principalmente —dijo dándole otro lametazo— con mi lengua—. Sin duda, preciosa Alana, este es el mejor postre que he probado nunca.