CAPÍTULO 14 #2
Pasaron varios minutos en silencio. Alana se incorporó con ayuda de él, y se enjuagó el champú.
Cuando él le pidió que se quedara cerca del borde para enjabonar su cuerpo, ella accedió.
Los movimientos de Rhys eran reverentes y cuidadosos con ella.
Una vez que estuvo lista, él la secó con una toalla grande.
Al terminar, Alana se cepilló los dientes, se puso la ropa que Rhys había sacado del clóset y volvió a la cama.
Al caer la noche, él bajó los platos que usaron para cenar.
Fue algo ligero y rápido de hacer: lasaña de carne.
Después comprobó rápidamente unos asuntos financieros y se duchó para dormir.
Le gustó ver, al regresar a la habitación, que Alana tenía mejor semblante.
Comprobó la temperatura y por ahora estaba «normal», pero el doctor había recomendado tres dosis de ibuprofeno, por dos días, cada ocho horas.
Rhys recordó los tiempos en que él tenía que tender su propia cama, mientras hacía precisamente eso en la mansión: cambiar las sábanas.
Le permitió a Alana que solo pusiera los protectores de las almohadas.
No, ella no estaba desvalida ni había caído enferma con una condición mortal, pero Rhys se dio cuenta de que le gustaba cuidarla.
Esto resultaba una completa novedad para él. Finalmente, se acostaron.
Las luces encendidas solo eran las pequeñas lámparas de las mesitas de noche.
—Ingrid tiene suerte de que seas su hermano —dijo Alana con suavidad.
Ambos estaban apoyados en sus costados, y así podían mirarse y hablar.
—Sería interesante escuchar la opinión de ella al respecto —replicó sonriendo.
—Yo… No sé qué tanto hayas investigado sobre mí —comentó Alana—, pero tenía un hermano gemelo.
Se llamaba Rochester. Nos adorábamos y peleábamos a morir —sonrió con pesar al recordar lo poco que quedaba en su memoria de aquellos años—.
Yo hubiera hecho cualquier cosa por él, así como tú lo hiciste por Ingrid.
Pero el día en que falleció Rochester fue imposible encontrarlo a tiempo.
Estábamos esquiando y una avalancha arrasó los alrededores, en Aspen, donde nos encontrábamos.
A mí me rescataron rápido, pero a él lo hallaron un día después…
—Lo siento mucho, Alana —murmuró con sinceridad.
Le acarició la mejilla —. Supongo que casi todos somos proclives a defender a nuestra familia a toda costa.
A hacer por ellos lo que sea, aun si implica ponernos en riesgo o tomar medidas complicadas.
Aunque nuestra propia sangre pueda defraudarnos, lo justo es ayudar.
—¿Te han defraudado en tu familia…? —se atrevió a preguntar.
Por un instante, los dedos de Rhys permitieron que los de Alana los acariciaran distraídamente. Luego los entrelazaron. Aquellos pequeños gestos decían mucho.
—Sí —confesó al cabo de un rato—. Mi padre le fue infiel a mi madre.
Ella lo sabía, pero, aun así, luchó con todo lo que tuvo al alcance para ayudarlo a salir de su enfermedad.
Mi padre necesitaba un trasplante de riñón para sobrevivir, así que el dinero apenas nos alcanzaba.
Yo trabajaba de camarero y también en otros asuntos de los que no me siento orgulloso, pero, una vez más, mi único enfoque era mi padre.
—Tu madre fue muy cálida conmigo cuando la conocí la semana pasada, después de que nos invitara a comer con ella —murmuró—. Se notaba claramente el cariño y la devoción que siente por ti y por Craig. Asumo que es igual con Ingrid.
Rhys hizo una mueca parecida a un disgusto.
Alana frunció el ceño pensando que había dicho algo mal.
—Ingrid es mi medio hermana —confesó él—.
Ella fue el resultado de la infidelidad de mi padre.
Sin embargo, una vez más, seguía siendo mi sangre.
Así que cuando descubrimos su existencia, tanto Craig como yo decidimos que jamás la llamaríamos hermanastra, sino nuestra hermana.
Punto. A mamá le tomó un poco más de trabajo asimilar la situación, pero su corazón es generoso y la quiere mucho.
—Te has sacrificado mucho por tu familia. ¿Qué pasó con tu padre?
—Falleció años atrás —dijo Rhys—. A veces siento que las decisiones que tomé, quizá imprudentes, estúpidas o desesperadas inclusive, fueron las únicas que encontré para intentar salvar su vida y que entrara en los primeros lugares de recepción de donantes de riñón.
Vivir en los barrios bajos de Boston te enseña muchas lecciones, Alana.
La mayoría son crudas, complicadas y también dolorosas.
Ella se acercó un poco más, hasta apoyar su cabeza en el brazo de Rhys.
Lo miró con cariño y empatía.
—Lo que sea que hayas hecho o elegido ya es parte del pasado, y no es posible cambiarlo —comentó—.
Lo que de verdad cuenta es que cambiaste tu vida.
Mira lo que ahora posees, el éxito que te arropa donde vayas y cómo continúas expandiéndote.
No solo eso, todo lo que haces —como acabas de decir— es por tu familia.
Llevas toda una vida preocupándote por las mejores opciones, a pesar de lo que eso pudiera implicar para ti, a favor de las personas que comparten tu ADN.
Él no iba a ahondar en esos detalles. «¿Cómo le explicaría que esas opciones incluyeron matar a dieciocho personas a cambio de dinero?
¿Cómo le explicaría que la primera chica de la que se enamoró era una furcia y fue, además, quien marcó su concepto de desapego con las mujeres?
Y, la mejor parte, ¿cómo le explicaría que él apretó el gatillo para volarle los sesos, porque así evitó una muerte agónica, pero merecida y encargada por el mismísimo capo de la mafia irlandesa? ». Solo la miró.
—No tengo atributos redimibles, Alana —dijo.
Ella elevó el rostro y le dedicó una sonrisa luminosa.
—Eres una amalgama de elementos complejos y otros que no lo son tanto, pero es lo que te convierte en el hombre que eres —expresó—.
La gente murmura sobre lo imposible que es encontrar algo sobre ti en redes sociales o en la prensa de años pasados, más allá de que surgiste de inicios humildes y te has convertido en un respetado hombre de negocios.
Y yo creo que todos tienen derecho a un pasado, es lo natural y humano, así como también lo es no querer hablarlo.
Mírate con menos dureza, Rhys. A veces, creo que te exiges demasiado en el afán de no perder el control.
Él sonrió de medio lado. Necesitaba cambiar el tema.
—Si no lo hubiera hecho hoy, por ejemplo, habrías ido a la oficina enferma.
—Estoy tratando de resolver algo importante y requiere tiempo, así que estar en cama, enferma, me quita la posibilidad de gestionar en la oficina con eficiencia.
—Ah, entonces el tema del control es algo que compartimos también, ¿eh?
—Bajo motivos y circunstancias distintas, sí, señor Callahan.
Ella esbozó una sonrisa. Luego miró el reloj. Nueve de la noche.
Él notó hacia dónde se dirigía la mirada de Alana.
Sin decir más, se apartó y fue a por un vaso de agua.
Después regresó con la dosis nocturna de ibuprofeno.
Ella le agradeció y tomó la medicación. Pronto empezó a sentir sueño, pero no quería dormir lejos de Rhys, y así se lo hizo saber.
Así que él la tomó en brazos, apegándola a su cuerpo y apagó las luces.
Ambos cerraron los ojos, pero Alana se quedó pensativa.
Ese día, en su peor estado físico, con un humor insoportable, desarreglada, nada sexy o seductora, con el cabello sin aplicar los productos que le daban más brillo, con fiebre, quejumbrosa y usando una camiseta de Rhys —porque le pareció más cómoda que su propia ropa—, él la había cuidado.
No le importó su aspecto físico, ni lo que estaba usando, tampoco si llevaba el cabello suelto o recogido en una coleta mal hecha o si comía muy rápido o muy lento.
Lo único que le importó a Rhys fue su salud y comodidad.
¡Dejó de ir a la oficina por ella! ¡Le cocinó!
Este era definitivamente un hombre muy distinto al que retrataban otras personas, y sí, esta versión de Rhys Callahan, la que solo veía a Alana por quien era y la atendía como si fuese una princesa en problemas —aunque él no era príncipe azul, sino uno con matices claroscuros—, era la que le había quitado la última capa que cubría sus ojos.
La venda no estaba más, porque la certeza de lo que había en su corazón era inequívoca.
En algún punto del camino juntos, sin importar cómo empezó, Alana acababa de darse cuenta —mientras él la sostenía entre sus brazos como si estos fuesen dos sólidos escudos que la resguardaban del mal que existía en el mundo— que estaba enamorada de Rhys.
No era ningún problema sentir algo tan profundo por él, pero sí lo era el hecho de que el día lunes el contrato entre ambos se acababa.
Un contrato que para Alana ya no tenía importancia.
Un hombre al que calificaban como egoísta e indiferente había hecho todo lo posible por cuidarla, con detalles tan considerados que no encajaban con alguien que solo sintiera lujuria o deseo.
¡Le cocinó, por todos los cielos! La ayudó a bañarse con tanto mimo que ella se emocionó.
Después de escucharlo hablar sobre Thomas, la vida complicada que llevó de joven para ayudar en casa y los sacrificios por su familia, sabía que Rhys no se esforzaría —como lo hizo con ella— por nadie ajeno a su círculo más íntimo.
De hecho, él pudo contratar una enfermera y desentenderse.
En cambio, modificó su agenda de trabajo y gestionó todo con el fin de quedarse a su lado y no dejarla sola, aunque Alana hubiera insistido en que todo iría bien.
Rhys era la clase de pareja que, sin necesidad de explicaciones, parecía saber siempre qué necesitaba ella.