CAPÍTULO 14
No solo se sentía mal, sino fatal. La despertó la incómoda sensación de escalofríos y le castañeteaban los dientes.
El cuerpo entero le dolía, como si la hubieran molido a golpes, y estaba segura de que no tenía que ver con la plácida noche de sexo.
Se movió para arrebujarse más bajo el cobertor, porque no soportaba el frío.
Tampoco era por el aire acondicionado central, que mantenía una temperatura agradable.
Le pesaban los músculos y en las sienes le latía una punzada sorda. Alana no era enfermiza.
Se llevó la mano a la frente. Su piel parecía arder.
«Fiebre… ¡Dios! Justo cuando tengo una gestión importante en curso», pensó agobiada.
Por un instante le llegó una sensación leve de náusea, como si tuviese el estómago revuelto, pero al cabo de unos minutos pasó.
Alana había escuchado hablar de un virus estacional que todos comentaban esas semanas.
De hecho, varias personas de la oficina ya habían caído enfermas, pero no compartían la misma área de trabajo que ella.
El comentario general era el mismo: noqueaba un par de días, pero con la misma fuerza que llegaba se marchaba sin más.
Miró el reloj: las cinco de la mañana. Necesitaba salir de la cama.
Tanto ella como Rhys habían empezado a dejar ropa en el clóset del otro —por si querían quedarse un rato más juntos sin crear una logística enredada en días de oficina—, así que Alana no se preocupó por eso.
El otro lado de la cama estaba vacío, porque a esa hora Rhys empezaba a usar el gimnasio o la piscina climatizada en la terraza.
Alana se sentía tan mal que estirar la mano para agarrar el móvil y enviarle un mensaje de texto, diciéndole que le trajera una píldora para la fiebre, le parecía un gran esfuerzo.
Optó por decirse a sí misma que ya iba a pasar.
Que se calmara. Así que cerró los ojos y empezó a repetirse frases de reafirmación.
Al cabo de un rato lo único que sintió fue que alguien le hablaba.
Ella tan solo se acomodó más bajo el edredón.
—Alana —repitió Rhys por cuarta vez—, necesito tomarte la temperatura.
—No quiero… —susurró sin abrir los ojos—. Tráeme otra frazada, por favor.
Ella se mantuvo oculta de pies a cabeza. Seguía tiritando.
—No, belleza, son las siete de la mañana —dijo él ocultando su preocupación—. Yo pensé que estabas tardando en elegir los zapatos, pero no creí que te encontraría todavía en cama y con fiebre. Venga, colabora un poco —pidió.
—Rhys, me siento fatal… Y siento mucho frío —murmuró.
—Lo sé —contestó, mientras con suavidad le empezaba a quitar el edredón para descubrirle el rostro. Esta vez, Alana no protestó—. Por eso necesito saber cuánto tienes de fiebre y llamar a un médico para que venga a revisarte y te medique.
—Estoy horrible, no me mires.
Rhys no pudo evitar soltar una risa queda.
—Alana, podrías estar en harapos, con el cabello hecho un desastre y con rastros de comida en la ropa, en lugar de tu natural estilo impecable, me seguirías pareciendo la mujer más guapa que he conocido —confesó con sinceridad y sosteniéndole la mejilla con la mano.
Ella hizo una mueca—. Ahora, colabora. ¿Sí?
—Tengo que llamar a la oficina. Hay un asunto que…
—Me encargaré de todo —dijo agarrando el estuche del termómetro que había ido a buscar apenas la vio en la cama y fue a tocar su frente—. Abre la boca.
Rhys se sentó en el colchón junto a ella y esperó pacientemente. Podía entender el estado de vulnerabilidad en el que Alana se encontraba, así como también que no le agradara depender de otras personas, porque era una mujer independiente.
Ella se quitó el termómetro cuando fue el momento.
—Oh, demonios… —farfulló Alana, resignada—. Treinta y ocho y medio…
—Voy a llamar al doctor Meadows —dijo Rhys, dejando el termómetro en su sitio y agarrando el móvil. Estuvo hablando con el médico un par de minutos y cerró.
—¿Cuánto tiempo me queda de vida…? —preguntó Alana con debilidad.
Rhys soltó una carcajada.
—Vaya, Alana Pemberton, no conocía tu vena dramática —replicó él.
Hizo una pausa para llamar a su asistente y darle instrucciones rápidas sobre el día de oficina, al ser viernes era fácil reprogramar algunos detalles.
Aparte le ordenó que se comunicara con la firma de abogados y resolviera el asunto para que Alana no tuviera problemas, y que les dijera que por orden médica se reincorporaría el lunes.
—Me siento fatal, pero sí puedo ir a la oficina —murmuró.
—Lo dudo, belleza —dijo Rhys, mientras se quitaba la chaqueta, la corbata, los gemelos de oro, se remangaba la camisa, y dejaba todo sobre una butaca que estaba en la habitación—.
El doctor ha dicho que máximo en cuarenta y ocho horas, quizá menos, estarás mucho mejor.
Que no es algo grave, menos mal, sino un virus que está en el ambiente.
Te recetó ibuprofeno para el dolor y la fiebre.
Pero no puedo darte ninguna medicación si tienes el estómago vacío. Así que voy a preparar algo…
Ella cerró los ojos. Solo quería dormir y que le diera más frazadas.
—Dame otra colcha o sábana, por favor.
—No, eso va a aumentar la fiebre y la idea es que tu cuerpo esté menos caliente —contestó—. Por ahora quédate en la cama tranquila. Con el ibuprofeno mejorarás.
—¿Por qué te quitaste la chaqueta…?
Rhys le acomodó los cabellos y le acarició la mejilla.
—Alana, bajo ninguna circunstancia voy a dejarte aquí tirada, mientras estás enferma.
Además, hoy tenía previsto que fuéramos, después de la jornada de trabajo, a un resort nuevo que inauguré hace cinco meses en las afueras de Boston; así que le di el fin de semana libre a los que trabajan aquí en la casa —contestó—.
No iré a la oficina. Así de simple. Soy el jefe, ¿acaso no tengo la potestad de hacer lo que quiera?
Ella frunció el ceño.
—Ya me pondré mejor… —farfulló tratando de incorporarse, pero falló, así que se dejó caer de nuevo como peso muerto sobre el colchón—. Ve a la oficina, Rhys. Y por la comida, no te preocupes, yo puedo pedir UberEats o…
Él extendió el dedo y lo posó sobre los labios de Alana e hizo una negación.
—Voy a prepararte algo para comer, desayunamos aquí y luego te daré la medicación —expresó tomando el mando como era su naturaleza—. Sé que te gustan los pancakes con sirope de maple y tocino ahumado. ¿Prefieres té o café, belleza?
—La verdad es que no tengo apetito, pero aprecio muchísimo lo que estás haciendo. No hacía falta y… Gracias —susurró y de repente le dieron ganas de llorar. «¿Qué carajos, Alana?»—. Todo lo que propones me parece delicioso, Rhys…
Él le hizo un guiño y desapareció escaleras abajo.
Rhys, después de desayunar con Alana, esperó a que la primera dosis del ibuprofeno hiciera efecto.
Le controló la temperatura, pero la dejó dormir la mayor parte del tiempo.
Él se acostó a su lado, con el ordenador sobre las piernas, respondiendo correos urgentes —que no podía delegar a nadie— a la par de estar pendiente de lo que Alana necesitara.
Poco a poco, notó que dejó de tener escalofríos y menos mal también comió el consomé de pollo que él preparó.
Cuando Rhys vivía con sus padres, al estar Mildred en dos empleos, Thomas enfermo y Craig en la escuela, a veces le tocaba hacer de comer para todos.
Con el paso del tiempo, le tomó el gusto a la cocina, solo que ahora —con dos grandes corporaciones por dirigir— casi no tenía oportunidad de tener un instante para practicar de nuevo las viejas recetas.
Después de la segunda dosis de la medicación, Alana pareció mejorar, pero le comentó que todavía se sentía débil y que prefería quedarse en la cama.
Él le propuso alistarle un baño tibio en la tina, para que se relajara y también ayudar a que la temperatura se mantuviera estable, porque si permanecía en la cama no recuperaría el ánimo.
Ella le dijo que lo último que le apetecía era moverse.
Y eso fue todo lo que Rhys necesitó para dejar de lado el ordenador.
La ayudó a incorporarse de la cama y la llevó hasta el cuarto de baño.
Alana lo contempló con algo que él no lograba descifrar, pero solo le importaba que ella estuviera bien.
Poco a poco, la desnudó. No fue un gesto sexual ni erótico.
Lo hizo con cuidado y besó con dulzura —o lo que era para Rhys lo más parecido a ello— la mejilla de Alana antes de ayudarla a acomodarse.
—¿Está bien la temperatura? —preguntó apoyando la cadera contra el mesón de mármol en el que reposaba un gran espejo—. Sé que te gusta la vainilla. Mi asistente no encontró esencia de peras, así que espero que te relajes de todos modos.
—Sí —suspiró con suavidad—, me siento más aliviada.
—¿Pasaron las náuseas? —preguntó acercándose y agarrando la botella de champú.
Ella hizo un asentimiento—. Me alegro de que haya sido así.
El doctor dijo que tienes suerte de que no te ocurriera lo que a otros pacientes que han caído bajo el mismo y extraño virus.
Ya sabes —dijo aplicándole el líquido en la cabeza—, dolores estomacales y diarrea.
Así que intenta mirar el lado positivo de este asunto.
—Tengo a un hombre guapísimo cuidándome, ¿qué más podría pedir? —preguntó, ya de mejor ánimo, esbozando una sonrisa. Aún tenía ganas de dormir.
Rhys sonrió y se sentó en el borde de la tina de baño.
—Mira, es un plus —replicó él—. Jamás he lavado el cabello a ninguna mujer, así que debes decirme con exactitud si lo hago bien o si estoy creando un desastre.
—No estás creando un desastre… —murmuró cerrando los ojos—. Además, la manera en que masajeas mi cabeza me alivia muchísimo. Eres un inesperado, pero muy dulce cuidador —dijo, mientras él continuaba moviendo los dedos suavemente.