CAPÍTULO 13 #5
Ella soltó una exhalación leve, pero fue absorbida por completo cuando Rhys la besó con profundo anhelo.
Alana se removió sobre la alfombra y disfrutó del contacto de la piel tibia de este hombre magnífico.
La piel de ella era suave y siempre, al terminar, percibía la expresión de arrogancia masculina al ver las huellas que dejaba.
Le parecía arrogante, pero mentiría al decir que —cuando se veía al espejo— no sonreía al recordar lo que habían hecho juntos.
Rhys rompió el contacto de sus bocas y procedió a dejar un reguero de besos por el cuello de Alana.
Continuó descendiendo y atrapó uno a uno los pezones erectos entre sus labios.
Los succionó y estiró; a cambio recibió un gemido de abandono, pero también el movimiento de caderas de Alana que le decía lo mucho que lo necesitaba en su interior. Él no iba a apresurarse.
A la par de besarle los pechos, sintiendo los dedos de Alana enredándose entre sus cabellos y tirando de ellos, movió las caderas hasta que posicionó su miembro en la entrada íntima que ya estaba resbaladiza.
Soltó un gruñido complacido y excitado. Flirteaba con la idea de penetrarla, pero no lo hacía; la humedad de ambos se mezcló.
Nada lo había preparado para sentirse privilegiado —sí, esa era la palabra exacta— de tener a Alana bajo su cuerpo, jadeante, ruborizada por sus caricias y exigiendo que quería más y cómo lo deseaba.
Jamás le daba el control a nadie, pero con ella podía cedérselo en la cama, hasta cierto punto.
Los dos tenían el mando del otro en un modo carnal y crudo.
Quizá, por eso, la única competencia era quién daba más placer.
—Rhys… —susurró ella acariciándole la firmeza de los músculos de los brazos. En esta ocasión no existía la urgencia de que la tomara. Su tono de voz contenía algo más profundo, mas no estaba lista para analizarlo—. Bésame.
Él la miró un largo rato a los ojos, pero no accedió. No.
Lo que hizo fue penetrarla con suavidad, centímetro a centímetro, ensanchándola.
Alana arqueó la espalda y no rompió el contacto visual.
Eso era muchísimo más íntimo que unir sus cuerpos físicamente.
Lo sabían y no hacía falta verbalizarlo.
Rhys siguió entrando en ella, hasta que se ancló en lo más profundo.
—Eres la mujer más hermosa que he tenido el placer de hacer mía —expresó en algo parecido a una confesión arrancada de su garganta.
Como si le hubiese costado aceptar abiertamente que no solo era ella distinta a las otras, sino que no habría jamás alguien que pudiera equiparársele—.
Eso es —dijo cuando ella empezó a ondular las caderas para adaptarse al ritmo nuevo, más lento, que él estaba marcando—, sí…
Los movimientos de ambos eran profundos, los gemidos se convirtieron en una suave sinfonía compuesta por Eros.
Poco a poco, empezaron a cambiar la velocidad de sus embestidas, entre besos largos y otros breves; entre caricias ávidas y cautas; entre susurros de lo que los excitaba mutuamente; entre una red que, sin saberlo, habían tejido juntos en todo ese tiempo.
Que no los atrapaba, sino que los protegía; no del otro, pero sí del exterior.
Juntos eran más que amantes. Juntos eran compañeros en unas lides imposibles de emular.
Habían encontrado en el otro la media perfecta, pero también el entero imperfecto, y esa era la fórmula que no se podía fingir.
No existía modo de crear lo especial que había surgido al estar juntos.
Alana se entregó a Rhys en la misma medida que él la deleitaba con sus caricias.
Ella le rodeó las caderas con las piernas. Él empezó a moverse más rápido.
—Voy a correrme… —susurró Alana.
—Mírame —exigió, jadeante y con una pátina de sudor—.
Quiero que me mires antes de llegar al orgasmo.
—Ella hizo un asentimiento y notó lo que él no podía decir con palabras.
Comprendió que su cuerpo era el instrumento a través del cual estaba tratando de encontrar el modo de expresar que, hacía tiempo, esto no era solo sexo.
Sin embargo, Alana no se atrevía a cuestionar.
No quería equivocarse o romper la armonía de la burbuja en la que cohabitaban—. Eso es, Alana, eso es…
—Oh, Dios, la forma en que me tocas… Es imposible no estar sensible.
—Eres tan suave y jodidamente estrecha, me vuelve loco entrar en ti…
—dijo entrando y saliendo del vértice mojado.
El vaivén de sus caderas continuó rápido, pero no existía desespero por devorarse, sino por marcar su camino, nuevamente.
Como la necesidad de reafirmar que su huella quedaría en ella—. Magnífica…
Al cabo de pocos segundos de haber creado ese camino hacia la cúspide, las sensaciones se volvieron arrasadoras y ambos explotaron en espasmos continuos. Sus sexos unidos vibraron al fundirse en ese ardor propio de la liberación del clímax.
Ella gritó su nombre, y él soltó un gruñido al verterse en el interior cálido.
Rhys hundió el rostro en el cuello de Alana y aspiró su aroma.
Una mezcla de sexo, anhelo, y el usual perfume de peras con vainilla.
Al elevar el rostro, la miró y esbozó una sonrisa.
Él, usualmente gruñón y frío, no podía dejar de sentir que por primera vez su jodida existencia no estaba en verdad maldita, a pesar de sus acciones.
En el cuerpo de Alana no estaba la redención, pero sí el consuelo de un pobre diablo que pretendió humillarla y terminó siendo adicto a ella.
Quizá era la retorcida manera que tenía el universo de burlarse y hacerle notar que no todo estaba perdido para él.
Nunca se había sentido tan vivo como lo hacía con Alana.
—Rhys —dijo ella frotando su nariz contra la de él—, puedes ser adictivo.
Él sonrió de medio lado.
—Menos mal tenemos la dosis que el otro necesita —replicó—. Y en un par de minutos voy a necesitar más, mucho más de ti, Alana. ¿Estás interesada?
Ella se rio e hizo un asentimiento. Era consciente de que esto no había sido follar ni echarse un polvo.
Quizá, nunca lo fue. Porque mirar a los ojos a una persona, mientras tenía sexo, no era la definición de una aventura pasajera; tampoco lo era notar una emoción similar a la suya en esos ojos café que ahora parecían más luminosos.
Alana solo quería disfrutar de sus días con él sin importar cuántos fueran.
Ambos se incorporaron perezosamente de la alfombra.
Alana entrelazó sus dedos con los de Rhys.
Su desnudez ya no le importaba. De hecho, se sentía más feliz que nunca en su propia piel.
Además, le encantaba la manera en que él se excitaba al verla y esas ansias con que la acariciaba.
Esa era una sensación de euforia y de regocijo.
Nadie podría quitarle jamás este regalo silencioso.
—Probablemente… —dijo mientras subían las escaleras.
Rhys le dio un azote firme en el trasero.
Ella lo miró y le hizo un guiño.
Lo que ocurrió al día siguiente tomó desprevenidos a Rhys y Alana. No era nada que hubiera podido anticiparse. Aunque parecía un detalle menor, terminó desmontando, pieza por pieza, la frágil calma que habían construido en las últimas semanas juntos.