CAPÍTULO 13 #4
—¡Rhys! —exclamó Alana tosiendo y riéndose—. Por Dios, ¿puedes por un instante dejar de pensar en sexo y disfrutar la comida sin esos comentarios?
Él sonrió de medio lado y dejó la cucharilla a un costado. La miró.
—No, no puedo. Así como no puedo evitar desearte a cada instante —replicó con franqueza y apartó la silla para incorporarse. Ella elevó el rostro para mirarlo.
—¿A dónde vas? —preguntó Alana sonriendo todavía.
Le gustaba la nueva dinámica que se había formado entre los dos.
Consideraba peculiar que ahora conociera muy bien los dos lados de Rhys.
El desprecio y el odio por la forma en que llegaron a conocerse habían pasado a un segundo plano.
No guardaba resentimiento, aunque eso no quitaba lo ruin que había sido él ni la forma en que la trató al inicio.
¿Le habría ella devuelto el golpe? Si hubiese tenido pruebas contra él, absolutamente.
Pero estuvo en desventaja de negociación.
Sin embargo, no lo justificaba. Ahora comprendía desde dónde había surgido la forma de actuar de Rhys, porque para hacerlo tuvo que entender lo protector y buen hermano que era con Ingrid.
Quizá como lo habría sido Rochester para ella, de seguir vivo.
Estaba convencida de que ella habría recurrido a cualquier estrategia para protegerlo.
De hecho, ya lo había hecho por su padre, al haber aceptado el chantaje.
Las dos facetas de Rhys eran interesantes.
El primer aspecto era su parte de empresario desalmado.
Lo era, sin duda alguna, y ella podía notarlo cuando hablaban con los demás —en alguna reunión social breve—, por la manera en que sus réplicas eran calculadas y los manipulaba con una sutileza tan brutal que los interlocutores se quedaban confundidos o pensativos.
Rhys los hacía creer que la idea que él quería plantear había surgido de ellos, cuando era lo contrario.
Como abogada, ella admiraba esa capacidad de girar las tornas y que la contraparte no fuese consciente de que estaba cayendo en una trampa y aceptando detalles que en un inicio habían rechazado.
El segundo aspecto de Rhys consistía en su capacidad de hacer sentir que ella podía expresarse, ser y sentir sin pensar en la opinión o interpretación que él pudiera dar a sus palabras.
No porque careciera de importancia, sino porque se obligaban —sin decírselo— a ser francos o lo más directos posibles con el otro.
Él de verdad la escuchaba y prestaba atención.
Y para que una persona, con una agenda prácticamente colapsada en materia de negocios y viajes, la hiciera sentir que nada era más importante que sus deseos o sus ideas se requería mucho esfuerzo.
En el caso de Rhys ese efecto lo creaba de forma muy natural, quizá por la vitalidad y determinación que lo caracterizaban, y Alana tenía la certeza de que ella se había convertido en una prioridad, mas no en una alternativa.
Por otra parte, la situación en que se hallaban era algo complicada.
Había emociones que no se atrevían a exteriorizar, ni siquiera ella —al estar a solas en casa— podía verbalizar lo que él provocaba y que no estaba relacionado con la compatibilidad en la cama o cómo era un gran compañero de conversaciones profundas y esclarecedoras de diversos temas.
No sabía qué ocurriría más adelante entre ellos, porque el contrato estaba a solo pocos días de terminar.
—Dame la mano —expresó Rhys extendiendo la suya.
—He dejado un desastre en la cocina, así que primero vamos a limpiar —dijo.
—No, señorita Pemberton. Mañana vendrá la persona de limpieza y se encargará de dejar todo limpio sin que nos demos cuenta que ha estado aquí —replicó con una sonrisa cuando ella tomó la mano que le ofrecía. La instó a que se levantara.
Alana se rio con suavidad cuando él la sostuvo de la cintura. Elevó el rostro.
—Ah, los caprichos de un millonario: no lavar los platos —bromeó.
—Existen otras prioridades esta noche, Alana —dijo él contemplando los luminosos ojos azules y la forma en que lo miraban.
No existía desprecio, ni resentimiento ni altivez, sino algo muy parecido a su propio reflejo.
Un matiz que no había visto en otra mujer y para el que no tenía nombre—.
¿Recuerdas lo que me sugeriste hace una semana?
—preguntó inclinándose para darle un beso suave.
Ella sonrió contra la boca de Rhys, y le mordisqueó despacio los labios.
— Te he hecho muchas sugerencias, por suerte siempre las acatas, si no tendría que recurrir a otras medidas que implican una tortura larga entre besos y caricias, sin darte opción a correrte.
A menos que ese no sea el tema al que te refieres, pues tendrás que ser específico —murmuró contra la boca que le devolvía los mordiscos suaves.
La risa ronca y profunda, totalmente relajada de Rhys, llenó el comedor.
—Todas tus sugerencias son bienvenidas —le acarició la espalda de arriba abajo—. Pero veo que alguien tiene en mente hacer algo más que conversar ahora.
—¿Es conversar lo que quieres, Rhys Callahan…? —preguntó con picardía.
—No —dijo besándola esta vez un largo rato, luego se apartó—.
Responde a mi pregunta, Alana. Recuérdame cuál fue la sugerencia que me hiciste cuando te comenté sobre el nuevo proyecto que podría darse en Oriente Medio el próximo año.
Cuando te hablé de la oportunidad de incursionar en el negocio petrolero —acotó.
Ella le rodeó el cuello con los brazos. No solo era atractivo, sensual y un amante generoso, sino un hombre que —poco a poco— había dejado caer sus capas de hermetismo a su lado.
Estaba segura de que nadie conocía esta faceta de Rhys: protector, apasionado e interesado en hacer sentir a gusto a otra persona que no fuese él mismo.
La gente lo consideraba malnacido, inclemente y mercenario en los negocios, y no se equivocaban.
Alana se sentía especial al conocer sus otras facetas.
—Que deberías dejarte llevar, aunque sea una vez en tu existencia, por algo que no sea trabajo —replicó—. Algo como salir a bailar y dejar que la música te guíe.
—Mmm, ¿y qué te respondí? —preguntó besándola con suavidad.
—Que bajo ninguna circunstancia irías a mezclarte entre una multitud de idiotas ávidos de brincar como monos, bajo luces cegadoras y música ridícula. Y que ya habías cumplido con tu cuota de estupidez en tu época —contestó entre risas.
—Pero hay algo que no agregué aquel día —comentó entrelazando los dedos en la espalda de Alana, pegándola más contra él.
Ella mantuvo los brazos rodeándole el cuello y mirándolo con curiosidad—.
A pesar de que nunca pise de nuevo un puto bar, al menos podría considerar relajarme de una manera diferente y más interesante.
Ella esbozó una sonrisa y ladeó ligeramente la cabeza, curiosa.
—¿Sí? —preguntó en un susurro cuando él empezó a moverse despacio.
—Sí, como ahora: bailando contigo. Tenerte así, tan cerca, me relaja.
Entrar en ti, hasta lo más profundo, mientras te beso o te miro para no perder detalle de tus reacciones, me permite olvidar todo lo que no seas tú.
Y escucharte, aunque sea mandándome al demonio por ser obcecado, calma los fantasmas que suelen perseguirme —expresó en un tono sereno—.
No necesito música para llevar el ritmo.
«Esto es lo más cercano a un momento romántico creado por él», pensó ella.
—Porque el ritmo lo marcamos nosotros —completó Alana, conmovida.
Él hizo un asentimiento. Juntos bailaron una canción que no existía más que en el imaginario al que solo ambos tenían acceso.
Se movieron en silencio, con suavidad y giraban entre besos quedos.
Sin palabras. Solo sus cuerpos meciéndose al compás de la misma cadencia rítmica que iban creando con cada movimiento.
—Siempre —murmuró Rhys antes de alzarla en volandas e ir a la sala juntos.
La acostó sobre la alfombra persa, cerca de la chimenea.
Esta estaba apagada porque no era época de frío.
No encendieron la luz, sino que la proveniente del comedor creaba un halo que les permitía verse sin problema.
Rhys se acomodó sobre ella y la observó un instante.
Ella le sonrió y esperó a lo que él fuese a decir.
Este era un momento que se sentía diferente en un modo sereno, pero aterrador a la vez.
Rhys se acostó de lado, junto a Alana.
—No tengo intención de que esta vez sea rápido o adictivamente trepidante —dijo y empezó a desabotonarle la blusa. Poco a poco—. Tenemos toda la noche.
—¿Algún motivo en especial…? —preguntó ella en un susurro, mientras empezaban a desnudarse el uno al otro. Sus movimientos eran algo temblorosos, porque la imponente virilidad de Rhys siempre le causaba un anhelo indescriptible.
Él sonrió de medio lado, porque si algo compartían en gustos durante el sexo era que preferían las ansias que se sublimaban entre mordiscos, uñas que se clavaban en cada embestida con fuerza, succiones que marcaban la piel, movimientos agitados con desenfreno y abandono, besos que robaban el aliento y dejaban los labios inflamados, lamidas profundas que hacían correrse al otro con la boca, en lo que parecía ser una constante necesidad de saciarse, pero parecían nunca tener suficiente.
Hasta que Rhys y Alana alcanzaban el placer juntos, cayendo agotados en la cama, antes de repetir.
Como dos adolescentes ávidos, pero esta vez con la madurez y la experiencia.
—Disfrutar cada parte de ti —dijo cubriéndola con su cuerpo—. Poco a poco.
—¿Acaso no lo hacemos… a veces? —preguntó sonriendo.
Él se rio y luego se acomodó entre sus muslos.
—Silencio, abogada —dijo mordiéndole la boca—, solo disfruta…