Entre espinas y seda escarlata CAPÍTULO 13 #3
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CAPÍTULO 13 #3

Él no era alguien impulsivo, aun así, esa noche estuvo a punto de asesinar a un hombre porque se atrevió a tocar a Alana.

El tiempo del contrato expiraría pronto.

No podía continuar chantajeándola, no porque careciera de los recursos para hacerlo o porque su conciencia se lo impidiera —su conciencia estaba de vacaciones desde hacía tiempo, pero, cuando Alana entró en el horizonte de su vida, pareció regresar poco a poco—, sino porque había comprendido que ella no era igual a las demás.

Después de lo que acababan de compartir, la posibilidad de que otro se atreviera a tocarla, a mirarla siquiera, provocaba que la vena asesina resurgiera sin contención.

¿Qué ocurriría si la próxima vez no podía controlarse?

Se sentía posesivo con Alana, aunque no tuviese ningún derecho.

Por ahora, sí, era suya. En pocas semanas ya no habría nada más que un acuerdo terminado.

Si algo aprendió, después de las experiencias amargas, fue aprovechar lo que tenía en el momento.

Y ese presente era Alana. La efusividad de algo nuevo y fresco, diferente, podría tardar un tiempo en desvanecerse, pero lo haría eventualmente. Bajo ese precepto, se calmó.

—¿Qué tan bien te sientes ante la idea de follar en el jacuzzi? —preguntó.

Ella lo miró abriendo los ojos de par en par.

—Mmm, no lo sé, pero —se mordió el labio inferior—, ¿eso es lo que hizo que te pusieras serio de repente? —indagó enarcando una ceja y mirándolo a los ojos.

—No. Fue la idea de que otro hombre te toque —dijo. Era una media verdad.

—En el contrato está que no habrá terceras personas. Y yo no doy pie a que otras personas crean tener derechos sobre mí, a menos que así lo quiera y en el ámbito en el que yo lo decida —expresó—. Cuando doy mi palabra, la cumplo hasta el final.

Él prefirió aligerar la carga de su mente.

Solo debía recordar que todo era pasajero. Inclusive su posesividad con ella.

Rhys esbozó una sonrisa.

—¿Qué tal si aceptas que te folle en el jacuzzi?

—preguntó con su habitual y frontal crudeza—.

Apoyas las manos en el borde, mientras te penetro profundamente desde atrás y a la par te aprieto los pezones erectos por el viento y la adrenalina.

Tú miras hacia el horizonte, pero yo tendré la vista espectacular de mi pene dentro de tu coño y la suavidad de tu espalda, así como el sonido de tu garganta en cada embestida.

Alana se removió, mojada todavía por la sensación, y ahora más con lo que acababa de decir este hombre tan descarado e irreverente. ¿Lo más gracioso? Le encantaba que fuese de esa manera. No tenía reparos en decirle lo que quería.

—No soy puritana, Rhys —dijo sonrojada. En algún momento pensó que la idea de follar al aire libre debía ser emocionante, pero no se sentió capaz ni tampoco creyó que alguna de sus parejas pudiera secundar una idea como aquella.

Si a eso le sumaba el asunto, pasado, sobre sus inseguridades… —. Esa es una de mis fantasías.

—Joder…—expresó y se levantó con ella de la cama.

Ella soltó una carcajada.

—Puedo caminar sola —dijo Alana, mientras él bajaba las escaleras como si no llevara el peso de un ser humano a cuestas—. Y no hay una casa en las proximidades, al menos en unos diez kilómetros. Ventajas de un lugar tan privado.

—Puedes caminar sola y darte placer sola —contestó él con un gruñido. Encendió el jacuzzi. Y se sentó con ella—. Pero ahora estoy al mando, Alana.

—¿Sí? ¿Quién te dio esa potestad? —preguntó sonriendo de medio lado.

—El grito de tu orgasmo, porque ahora voy a volver a escucharlo —replicó.

Durante un largo rato, Rhys cumplió exactamente su promesa.

Alana cumplió su fantasía y explotó en varios orgasmos.

Pero aquel fue solo el inicio de varias horas de placer, besos, risas y éxtasis compartidos.

La única razón por la que no follaron en la playa fue porque arriesgarse a que hubiese algún insecto no sería nada agradable.

Sin embargo, al salir del jacuzzi, una ducha se convirtió en una ardiente experiencia mutua.

Alana tomó el mando, sujetándole el miembro erecto para tomarlo luego con la boca, dándole placer, retrasando el clímax tal como había hecho Rhys en varias ocasiones.

Cuando acabaron de bañarse volvieron a la cama.

Descansaron poco, hasta que la luz del amanecer empezó a filtrarse en el horizonte y, extenuados, finalmente se quedaron dormidos.

Rhys, sin darse cuenta, abrazó a una mujer a la que había entregado la segunda oportunidad que jamás creyó posible con alguien que pertenecía a los círculos sociales que él aborrecía.

Ironías de la vida. Aunque ahora era consciente de que Alana era distinta.

En los brazos del otro ya no había barreras ni negación. Nada sería igual.

La siguiente semana y media, después de que regresaran a Boston del intenso y sensual fin de semana en Edgartown, la dinámica entre Rhys y Alana cambió.

Los últimos débiles vestigios de rigidez en sus conversaciones habían desaparecido, tampoco quedaron los tonos de voz a la defensiva ni sarcasmos en el afán de distanciarse del otro.

La parte emocional era otro asunto, pues ninguno de los dos abordaba ese tema; ni siquiera lo consideraban.

Además, empezaron a salir juntos, pero no con una agenda premeditada, sino que simplemente les apetecía.

A veces iban a un concierto, una exposición, un partido de hockey sobre hielo.

Algunos de esos eventos fueron sobre asuntos empresariales de Rhys y, a diferencia de otras veces en las que él hubiera preferido no asistir o enviar a uno de sus vicepresidentes ejecutivos, al ir junto a Alana sentía que llevaba del brazo a una aliada.

Reiterar que era inteligente no tenía sentido.

Alana poseía la habilidad de saltar de un tópico a otro como si los dominara todos, aunque no fuese así, y ese rasgo le permitía a Rhys presentarla ante los ejecutivos más difíciles.

Le gustaba verla desenvolverse con naturalidad.

De hecho, una intervención a tiempo de Alana bastaba para suavizar la brusquedad con la que él solía negociar o plantear cuestiones financieras, sin que nadie notara que acababa de rescatar la conversación.

Alana poseía una personalidad carismática, y eso era imposible de entrenar o comprar.

En cuanto a la amistad de Ingrid con Alana, porque no existía otro modo de llamarla, Rhys se sentía complacido.

Su hermana escuchaba los consejos y, a diferencia de lo que ocurría cuando él la aleccionaba, no intentaba refutarlos, sino que le daba la razón.

Inclusive, en una ocasión en la que Ingrid iba a ir a la fiesta de cumpleaños de una compañera de clase, le hizo una videollamada a Alana preguntándole qué tal le parecía el diseño que había creado para la ocasión.

La aprobación fue inmediata y también hubo sugerencias sobre los zapatos más idóneos.

En cuanto a un asunto más íntimo y personal, Rhys se descubría a sí mismo despachando documentos importantes, asistiendo a reuniones y recibiendo llamadas con una motivación diferente al éxito o al dinero.

Esto era una completa novedad porque él estaba habituado a enfocarse en el aumento de su capital financiero, en ampliar su campo de ejecución y llevar sus empresas a obtener más reconocimientos de excelencia.

No obstante, ahora, al acabar sus responsabilidades, su prioridad era buscar a Alana, en lugar de añadir más temas para seguir llenando los horarios de su agenda.

Entre tantos detalles que Alana le había contado, ahora él sabía que le gustaba el té Earl Grey, así que antes de visitarla, pasaba por una cafetería y pedía la bebida.

Lo anterior no solo lo hacía con el té, sino también con otros aspectos: una cesta de frutos rojos, marcadores de páginas laminados en oro para sus libros, un bolígrafo con las iniciales de ella grabadas en incrustaciones de diamantes.

Su recompensa era ver la expresión de sorpresa en el rostro de Alana y, después, un beso largo.

Intercambiaban los días que pasaban en casa del uno o del otro.

Cuando él llegaba a Back Bay, ella lo recibía con una sonrisa y un abrazo que se alargaba agradablemente.

Cuando era ella quien llegaba a Beacon Hill, Rhys no la esperaba en la puerta —eso habría sido admitir demasiado—, pero llevaba un rato en el salón sin hacer nada en concreto, con un vaso servido de whisky que apenas había tocado, hasta que ella presionara el timbre.

Lo que no variaba era la intensidad, el anhelo y el deseo de devorarse en la primera superficie que los pillara cerca.

Si durante los besos y las caricias caían botellas de licor caras o vasijas de miles de dólares, mientras buscaban dónde apoyarse, les daba lo mismo, porque sus cuerpos necesitaban volverse uno.

Esta noche no era diferente, pero Alana le dijo que cocinaría para ambos, porque había una receta que quería compartir con él.

Si bien podrían salir a comer al ser jueves, especialmente para desconectar e ir a un lugar bonito y privado cerca de la bahía, la idea de quedarse en casa y aceptar la propuesta de ella era muchísimo mejor.

De hecho, no se arrepentía —sin importar en dónde estuviera, siempre que Alana estuviera presente, el resto dejaba de cobrar sentido—, porque el bisque de langosta que cenaron estaba exquisito.

No solo eso, sino que el filet mignon con mantequilla de hierbas, que fue el plato fuerte, resultó ser la combinación perfecta para el paladar.

—Si dijera que tu coño es el mejor postre —dijo Rhys mirándola—, no estaría mintiendo.

Me pregunto si acaso podría añadir a la experiencia de saborear tu cuerpo este delicioso crème brûlée —comió otra cucharada con gusto—, sobre tus tetas.

Que me encantan, lo sabes, y su sabor natural me vuelve loco. Pero…