CAPÍTULO 13 #2
Le rodeó el cuello con los brazos y lo atrajo más hacia ella, le gustaba cómo sus pieles se rozaban, la manera en que el calor que él emanaba la rodeaba, la fricción de sus cuerpos y y esas ganas tan inusuales en Alana de tomar el mando y llevar la iniciativa.
Ya lo haría más adelante. Se sentía libre de las ataduras mentales sobre su físico, porque Rhys estaba devorándola como si no lograra obtener suficiente ya con tenerla bajo su cuerpo, haberle inflamado la boca con sus besos y mordiscos, enrojecido los pezones de tanto succionarlos y dejarla tan mojada que le faltaba solo un toque para que se corriera.
Plenitud. Esa era la palabra para describir lo que estaba haciendo Rhys.
Esta era la clase de sexo que jamás pensó posible que pudiera existir.
—Creía que la paciencia —dijo él tirando del labio inferior de Alana con sus dientes—, era una de las cualidades de una abogada que dominaba su estrategia…
Ella arqueó la espalda ligeramente cuando él entró un poco más en su interior.
—Mi única estrategia —murmuró mirándolo a los ojos— es correrme.
Él soltó una risa gutural, baja, y le separó más los muslos con sus rodillas.
—Me gusta estar de acuerdo en algo adicional —dijo haciéndole un guiño.
A Alana no le importaba si pensaba que estaba desesperada, porque fingir decoro no funcionaba.
Durante un par de segundos, Rhys estuvo besándola y rompiendo ese contacto para besarle las mejillas.
Después le mordisqueó el cuello y persiguió ese pulso hacia abajo por todo su cuerpo, hacia los hombros suaves y curvos, las clavículas delicadas, los pechos exuberantes y plenos.
Luego deslizó la mano hacia el centro en el que ambos estaban casi conectados por completo.
La acarició lentamente, mientras ella se retorcía y trataba de tomar, sin éxito, el control.
Lo miró a los ojos. Pero antes de que Alana pudiera hacer objeciones, él fundió su boca con la de ella y al mismo tiempo sus caderas tomaron impulso para adentrarse hasta lo más profundo de ese cuerpo cálido.
Ella se arqueó hacia él, le enredó los dedos en el cabello, se aferró a Rhys como si fuese lo único en el mundo que la mantenía anclada.
Soltó un gemido a causa del ligero escozor ante la firme intrusión masculina, y también del gozo al sentir el pene abriéndose paso entre sus pliegues.
—Rhys… Dios… —jadeó y empezó a moverse con él.
—Me acoges tan bien. Como si hubieses sido diseñada para este instante…
—Para todas las ocasiones que nos queden —susurró mirándolo con lascivia.
—Siempre recordarás quién hizo vibrar tu carne, hasta quedarte exhausta —repitió Rhys en tono posesivo, entrando y saliendo de ella; cada embestida era como estar fijando la fuerza de su intención y sus palabras en el cuerpo femenino—.
Siempre recordarás, Alana Pemberton, que soy el único capaz de darte este placer y todo lo que tu cuerpo anhele sin necesidad de que me lo digas —gruñó cuando Alana, a modo de respuesta, le clavó las uñas en la espalda, probablemente dejándole marcas, y presionó los talones contra sus nalgas instándolo a que la penetrara con más fuerza.
Ya no era solo el sonido de sus bocas, los gemidos y súplicas de alivio las que se mezclaban en esa habitación solitaria y apartada del mundo.
El choque de sus cuerpos unidos del modo más natural y salvaje, meciéndose en un vaivén de caderas anhelantes, creaba una fricción húmeda que resonaba entre ambos.
Se acariciaban como si ambos quisieran grabarse en la piel del otro, marcándose con sus esencias y creando a la par una sola.
Como si este encuentro lograra romper todo aquello hediondo y putrefacto del mundo; como si la unión de sus cuerpos fuera mucho más que eso; como si estuvieran borrando de algún modo las espinas de la vida, transformando esto tan nuevo y que no tenía nombre, en algo maravilloso y doloroso a la par.
La agonía de cada punzada que dejaba de sangrar se volvía una melodía de gozo, un intercambio silencioso de disculpas a las personas que ambos fueron antes de encontrarse en esta intimidad que desnudaba más que sus cuerpos.
Rhys ardía por dentro como si Alana tuviera la capacidad de derretir el acero que contenía los resquicios de su alma atormentada por recuerdos crudos y complejos; sintió como si estuviese liberándose de una carga que no sabía que llevaba y, a la vez, se ataba a otra corriente más ligera, suave y llena de algo intangible que lo impulsaba a descontrolarse.
—Tu cuerpo es elocuente, Rhys… —gimió, moviéndose al ritmo que ambos acababan de establecer—. Y tú también me recordarás… Siempre… —jadeó.
La sensación de su carne sensible acomodándose al tamaño y grosor de Rhys era un estímulo adicional a las caricias y la forma en que le agarraba las curvas, la estrujaba, la besaba y la consumía.
Ambos estaban desmoronándose junto al otro.
Esto no era sexo. Esto era posesión, un intercambio de pasados sin conocerlos todavía, y una promesa incierta de un futuro que no sabrían si llegaría a ellos.
Pero, sobre todo, esta era la clase de pasión que envolvía a dos amantes que el destino había dejado en sitios contrapuestos de la vida, y luego los unía para que explotasen en la adictiva y dulce locura de llegar juntos al orgasmo.
Alana se sentía ávida y segura entre los brazos de este hombre que la tocaba como si fuese de porcelana, para al siguiente instante destruirla a besos, penetraciones firmes y mordiscos; la hacía suya.
Ella retenía el miembro grande entre sus paredes íntimas, porque en la sensibilidad y la suavidad también existía la posibilidad de grabar la sensación de sublime pertenencia al otro.
—Me encanta sentirme tan llena de ti… —confesó ella, justo en el momento en el que fue lanzada a la calidez de la inconsciencia del placer puro.
El pubis de Rhys rozaba su clítoris en cada embestida y la llevó al límite.
Estaba sin aliento, en llamas. El orgasmo arrasó sus sentidos y gritó el nombre de Rhys como si fuese una plegaria, un agradecimiento y una promesa de algo de lo que no estaba segura.
Ella se dejó llevar. Él soltó un jadeo excitado al sentir cómo las paredes íntimas lo apretaban.
—Magnífica… —gruñó Rhys—. Eres una tentación que me desarma…
Supo, desde el instante en el que la besó la primera vez, que no sería posible para él estar con otra mujer sin pensar en Alana.
Y eso sí era un jodido problema. Pero ese no era el momento para resolverlo, porque ni siquiera le apetecía.
Solo quería disfrutar más y más, ávida y codiciosamente, de ella.
Tan solo cuando vio que Alana empezaba a recuperarse del clímax, él soltó el control.
Ese control que tan férreamente había mantenido con las mujeres, inclusive cuando follaba.
Pero en esta ocasión, con esta sirena de ojos azules que no se acobardaba, no logró repetirlo.
No quiso que fuese igual que con otras. Y no tenía una explicación, no la necesitaba.
Su pene vibró al verterse en el interior mojado, resbaladizo y ensanchado por él.
La satisfacción masculina era tan potente como su última embestida.
Pronunció el nombre de Alana antes de enterrar el rostro en los cabellos de ella, sobre el hombro, y cuidar de no aplastarla por completo con su cuerpo.
Se quedaron de ese modo: unidos íntimamente.
Ella, cansada y extasiada, lo abrazó con firmeza.
Rhys la sostuvo de la cintura y, como si lo hubieran hecho infinidad de veces, la acomodó sobre él.
Alana cerró los ojos.
Rhys soltó una exhalación.
Permanecieron en un cómodo silencio un par de minutos.
Recuperando el resuello. Ambos acababan de experimentar la verdadera libertad, pero también la única droga que no tenía cura una vez que se probaba.
No tenía nombre, al menos no todavía, porque hacía falta que los amantes se abrieran a la opción de explorarla y asimilarla.
Este era un aspecto que estaban atravesando sin saberlo, juntos, pero en silencio.
Alana elevó el rostro, apoyando la barbilla sobre las manos en el pecho de él.
—Rhys…
Él le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.
—¿Sí?
—Estás erecto de nuevo —dijo moviéndose sobre la dureza bajo su abdomen.
Él sonrió de medio lado.
—No me enfadaré si tienes alguna idea en particular al respecto —replicó él.
Alana soltó una risa y luego, con cautela, le tocó la mejilla.
—Sé que puedes ser arrogante e insoportable sin proponértelo —dijo en tono bromista. Rhys enarcó una ceja—. Aun así, reconozco que es el mejor sexo que…
—… tendrás —interrumpió el magnate para completar cualquier frase que ella hubiera podido decir—. No te preocupes. Soy consciente de ese detalle —concluyó.
Alana le dio un golpecito en la barbilla.
—Rhys —dijo riéndose. La expresión de éls súbitamente se volvió seria, y ella apagó la sonrisa—.
¿Qué ocurre… ? —preguntó frunciendo el ceño.
No estaba preparada para escuchar que se arrepentía o que se iba a dormir a otro sitio o escucharlo decir que esta situación era un desliz sin importancia—. Dime la verdad…
Él pensó en ese instante que esto no era permanente.
Una mujer como Alana jamás se quedaría con un sicario.
Nunca lo sabría, porque Rhys no se creía capaz de contárselo.
Quizá tendrían que pasar años. No estaba seguro de cómo hablar con alguien y decirle que él había matado a personas por dinero.
¿Cómo podría ser real todo esto con Alana, hasta el punto de sentirse satisfecho y en paz?
¿Cómo alguien que perdió su humanidad tan joven podía experimentar algo parecido a la «paz»?
Jamás le había sucedido con nadie.