CAPÍTULO 13
Le acarició los labios con los suyos, en esta ocasión no se apresuró, porque sabía que tenían toda la noche, el fin de semana, para permitirse explorar esta pasión, hasta que ninguno de los dos fuese capaz de levantarse de la superficie en la que follaran.
Quizá la cama era el primer destino, pero si existía un jacuzzi, Rhys tenía la intención de utilizarlo con ella.
¿Qué mejor panorama que la playa de fondo y esta mujer gimiendo su nombre, mientras la tomaba entre burbujas del agua caliente? Ninguno, exacto.
En ese momento solo pensaba en la necesidad de sentirla y hundirse en ella.
Le delineó la boca con su lengua, una, dos, tres veces.
Alana le mordió el labio inferior y permitió que la colisión de sus bocas cobrara un ritmo de ardor ascendente.
Los gemidos de ella eran de abandono, de absoluta confianza en que él le daría todo lo que su cuerpo anhelaba, y el beso de Rhys tan solo incrementó su profundidad.
Él no tenía tiempo de considerar la delicadeza del vestido, así que sujetó la frágil tela y la rasgó, hasta que cayó a los pies de Alana.
Le recorrió las curvas con las manos, ávidamente, sin dejar de abrasarle la boca con el fuego de la suya, una mezcla de lujuria y lascivia.
Apartó con rapidez la prenda que le impedía admirar los pechos desnudos.
Alana logró, entre besos y caricias, quitarle la camisa, tocar con anhelo los pectorales y recorrer el abdomen de acero, para después llevar las manos a la espalda de Rhys y acariciarle suavemente los músculos con las uñas.
Él soltó un gruñido y continuó explorando la boca de ella con presteza.
Entre ambos redefinieron lo que, hasta ese momento, significaba el gesto de besarse. Pero él quería verla y apreciarla.
Rhys rompió el beso y dio un paso atrás para contemplarla.
Tan solo estaba conteniéndose a duras penas para así disfrutar de la vista que llevaba semanas deseando: ella completamente desnuda, en movimiento y en exclusiva para él.
Esta primera vez, no se apresuraría. ¿Era una tortura? Por supuesto, pero merecía la pena.
Alana tragó saliva y contuvo el impulso de cubrirse. La forma en que él la observaba le erizó la piel. Su cuerpo estaba ardiendo y su sexo palpitando por Rhys.
—Quítate las bragas… —dijo él en un tono ronco—. Lentamente.
—Rhys… —susurró—. Solo si te quitas primero los pantalones.
Él sonrió de medio lado. Cinco segundos después estaba en bóxer.
Esta vez fue Alana a quien se le hizo agua la boca.
El hombre estaba tallado con un cincel perfecto.
Los músculos abdominales se marcaban y completaban una figura armónica con las piernas y brazos definidos por el ejercicio.
No era de sorprenderse que cada traje que utilizara le quedara a la perfección.
Jamás se le ocurriría decir que este hombre era hermoso, porque sería quedarse corta.
Lo que sí reconocería es que él era una oda al erotismo y el único hombre que en toda su vida, realmente, había logrado volverla loca de deseo. Así que cumplió la orden de Rhys.
Con una mirada cargada de anhelo, el corazón palpitándole a mil, Alana sujetó el costado de sus bragas y se inclinó hacia abajo para sacarlas poco a poco. Le gustó escuchar el leve sonido de Rhys conteniendo la respiración. Se quedó desnuda.
—Cada pequeña jodida parte de ti —dijo él con voz ronca y embriagada de una admiración sexual plena—, es perfecta, Alana.
Cada curva, cada trozo de tu piel de seda.
Y estas tetas son una fantasía —expresó abarcando ambos pechos con sus manos grandes, los amasó y rozó con los pulgares los pezones erectos.
Estos estaban prestos para todas las caricias que él quisiera prodigarles—. Grandes y turgentes.
—¿Sí…? —preguntó ella en un susurro quedo. Él tiró de las puntas de tono rosáceo y que estaban rodeadas por areolas del mismo tono: fresa con vainilla—. Oh.
—Absolutamente —dijo Rhys y la besó de nuevo.
En esta ocasión, las manos cálidas empezaron a masajear las cumbres generosas, mientras compartían los gemidos mutuos ante un beso que estaba dejando una estela de fuego entre ambos.
Luego, él se inclinó para tirar con los dientes de un pezón, no fue suave.
Ella soltó un grito y echó la cabeza hacia atrás, lo sintió sonreír contra sus pechos a medida que los chupaba alternando entre uno y otro.
Succionó sus pezones como un hombre hambriento que no había probado un bocado en un largo tiempo.
Mientras Rhys disfrutaba de las tetas sensibles, Alana deslizó las manos hasta el bóxer y tiró de él hacia abajo.
Igualdad de condiciones en todo, y más ahora.
—Eres grande… No sé si entres en mí sin causarme dolor… —susurró abarcando el miembro erecto con ambas manos. Le frotó el glande humedecido con líquido preseminal y esparció la prueba de la excitación masculina alrededor.
Después empezó, lentamente, a acariciarlo de arriba abajo, a la par de que Rhys le chupaba las tetas, las mordía y las amasaba a destiempo; luego volvía a besarla y le rodeó la espalda con las manos para agarrarle ambas nalgas.
Luego la elevó con las manos, sin romper el beso, y ella le soltó el pene para rodearle las caderas con las piernas.
En un movimiento rápido él la dejó sobre la cama.
Alana tenía el cabello esparcido sobre el edredón blanco.
Su cuerpo sensual a su completa disposición.
Rhys la observó, agarrándose el miembro con la mano, masturbándose lentamente ante la vista que tenía ante él.
Alana respiraba agitadamente. El hombre era tan seguro de sí mismo y la hacía sentir tan deseada que para ella era una novedad que aumentaba el deseo; quería hacer, pedir y experimentar todo cuanto habría imaginado en su mente sobre el sexo.
Con Rhys. Así que extendió los brazos hacia él.
El sexo femenino estaba ardiente e inflamado.
—Un poco de dolor —dijo soltándose el miembro y caminando hacia los brazos de la sirena que lo llamaba—, puede ser un complemento si el placer es el objetivo, hermosa Alana —expresó apoyando las rodillas en el colchón—.
Abre esos muslos para mí. Déjame ver ese secreto que me pertenece solo a mí. Mmmm.
—Te parezco hermosa… Nunca me lo habías dicho —susurró sonriendo.
Él apartó la mirada del sexo rosáceo y empapado de humedad.
—No soy un hombre que hace halagos —dijo abriéndole los pliegues con los dedos.
Lo hizo con delicadeza e intercambiando su atención con el resto de ella.
Su instinto animal estaba sobreestimulado con el aroma natural de la excitación sumado a las curvas a su disposición para venerarlas y devorarlas—.
Eres la primera en mucho tiempo, años probablemente —le frotó el clítoris y ella gimió— con la que hablo al follar —confesó, y luego se inclinó para lamer el centro femenino—. Exquisito…
—Rhys… —jadeó agarrándose del cobertor de la cama con los dedos y arqueando la espalda.
Cada lametazo en su sexo activaba terminaciones nerviosas que no sabía que existían—.
Sí… Así… Nunca me había sentido así… ¡Oh!
—exclamó cuando dos dedos expertos la penetraron, pero esa lengua perversa no dejó de lamer.
La pasión los envolvía y creaba una atmósfera electrizante. Se había desatado una tormenta de sensaciones en las que no existían más límites, sino solo el placer.
Por lo general, él era un amante práctico: daba lo que sabía que la mujer buscaba y, a cambio, recibía lo que esperaba: saciar sus instintos. Esta vez no era así.
—Un coño con glorioso sabor a néctar… —expresó sin poder evitarlo.
La mujer lo acababa de convertir en un idiota, porque el aroma de Alana sería el único elixir que de ahora en adelante iba a anhelar beber.
Deslizó una mano bajo la cadera femenina, estrujándole así una nalga hasta que ella gritó de dolor y gozo a la par, porque la lengua de Rhys continuaba recorriéndole los labios íntimos sin tregua.
Sus dedos entraban y salían de ese pasadizo que pronto sería el camino al clímax.
Alana soltó el cobertor y se llevó las manos a los pechos.
—Te quiero dentro de mí, Rhys —dijo en un tono exigente y también con un toque de delirio. Se apretó los pezones con fuerza, mientras sus caderas se movían al compás de las caricias íntimas de este magnífico y sensual espécimen masculino.
—Voy a besar cada centímetro de tu piel —afirmó con voz sensual. Todo lo que no tuviera que ver con la reacción de la belleza entre sus brazos, no importaba.
Al ver cómo ella se tocaba a sí misma, él estuvo a punto de correrse.
—Date prisa… Me enfureces… —reclamó frustrada y al borde de un abismo que prometía el paraíso. Para experimentarlo necesitaba sentir a Rhys dentro.
A regañadientes, pero consciente de que no iba a poder seguir probándola sin eyacular antes de tiempo, él dio un último lametazo antes de empezar a dejar un reguero de besos desde los muslos, pasando por el vientre suave, el esternón, cada seno y cada pezón —estos últimos los mordisqueó y succionó un largo rato—, luego le besó la clavícula, el cuello, le mordisqueó la oreja susurrándole todo lo que haría con ella y la sintió temblar.
Después, con los codos apoyados a cada lado de Alana, Rhys se detuvo cerca de la boca de ella; su pene estaba posicionado justo en el vértice resbaladizo.
Ambos jadeaban, una pátina de sudor leve los bañaba, sus miradas estaban impregnadas de una necesidad primal que parecía traspasar la cordura.
Él introdujo solo la punta roma de su pene entre los pliegues suaves.
—Alana, pruébate a ti misma y a los dos —dijo besándola.
—Tómame, entra en mí —gimió contra los labios de él.