CAPÍTULO 12 #5
Así que, sí, estaba feliz con Rhys. ¿Inquieta por cómo terminaría todo entre ellos?
Totalmente. Pero después de que hubiera perdido a su hermano siendo tan pequeña, la partida de Rochester le dejó una enseñanza de duro aprendizaje: no existían los tiempos perfectos, ni las personas ideales, sino tan solo las decisiones que se tomaban pensando en disfrutar lo que se tenía en el momento que contaba: hoy .
No era agradable vivir en incertidumbre.
Y por eso era mejor tomar acciones. Lo anterior implicaba que, a partir de esa noche, continuaría haciendo lo que creía necesario con Rhys: espontaneidad, franqueza y disfrute.
Lo deseaba y sabía que él también, pero si cruzaban esa línea final, el desdibujado camino de retorno se borraría.
Entonces, ¿qué ocurriría al cumplirse los dos meses? ¿Rhys dejaría de llamarla o buscarla? ¿Ella lo echaría de menos y añoraría sus caricias, así como sus besos?
Cuando salió del baño, con pocas respuestas y muchas preguntas, buscó a Rhys.
Pero no lo halló por ninguna parte. Le pareció curioso, porque, a pesar de que los invitados continuaban disfrutando de la fiesta, ya muchos se habían marchado.
Intentó llamarlo al móvil, pero la conexión falló como si hubiera mala recepción.
Si en algún momento tenía agradecer su época como sicario de Vipers Reign, Rhys diría que sería esa noche.
Al ver al hombre que había tocado a Alana y la manera en que ella, evidentemente, frunció el ceño en señal de confusión e incomodidad, sus instintos entraron en alerta.
No tenía memoria fotográfica, pero había estudiado los perfiles de las personas que rodeaban a Alana.
«Ese imbécil es el gilipollas de Brent Cabot, el perenne admirador de la mujer que me pertenece solo a mí.
» Le daba la misma mierda si era durante dos putos meses o dos putos minutos.
Con una paciencia y un autocontrol que solo se podrían haber logrado con un entrenamiento rígido a manos de la mafia, Rhys esperó el momento exacto en el que Cabot salió al jardín.
En un gesto rápido, aprovechando la baja luminosidad y la distracción entre la música, el alcohol, las risas y las conversaciones, lo agarró del brazo, tirando de él.
Caminó hasta un área prácticamente a oscuras.
Le resultó fácil mover a Cabot, porque estaba pasado de tragos y, aunque no lo hubiera estado, Rhys era mucho más fuerte.
Al llegar a la esquina, Rhys lo agarró del cuello con una mano y lo elevó del piso.
Después lo apoyó contra la pared. Brent intentó apartarlo, porque no podía respirar bien.
Estaba agitándose y tratando de patearlo, pero era imposible ante la muralla de músculos y fuerza que lo tenía prisionero.
No podía tampoco gritar o pedir ayuda, porque la música ahogaba toda posibilidad. Menos si apenas lograba oxigenar.
—Escucha bien, Cabot —dijo Rhys en un tono gélido y letal.
—Hij… Hij… Hijo de p…. p… puta —balbuceó Brent.
—No te vas a volver a acercar a Alana, tampoco vas a mencionar su nombre, ni te referirás a su compromiso conmigo —expresó el magnate sin importarle que el otro hombre estuviera prácticamente a punto de asfixiarse.
«Mal por él.»—. Puede que ante otros muestres un lado amable y lleno de cualidades que te convertirían en el esposo perfecto para una mujer de sociedad como Alana Pemberton.
Pero, ¿qué diría esa sociedad si se filtraran imágenes tuyas, durante esos viajes a Oriente Medio, con la esposa de tu mejor amigo y socio de varios de tus nuevos emprendimientos?
¿Te imaginas el escándalo para el legado de los Cabot?
—preguntó, pero no esperaba respuesta. Le quedaban seis minutos antes de que Brent muriera asfixiado.
El hombre en cuestión abrió los ojos desmesuradamente—.
Lo pillas, ¿eh? Sería fatal. Ya veo que nos comprendemos.
No te quepa duda, Cabot, si no te mato es porque Alana está esperándome.
Nadie mejor que tú sabe que es de mal gusto hacer esperar a una dama.
Considerando que los modales son importantes, haré honor a ellos —dijo sarcástico.
Luego lo soltó y Brent cayó al piso, tosiendo y tratando de respirar.
—En… —tosió—, enten… —tosió de nuevo—, entendido…
—Mira nada más —dijo Rhys ajustándose las mangas de la camisa—, lo increíble de tener una conversación directa y dejar los puntos claros. Adiós, Cabot.
—Ella no te merece… —farfulló escupiendo en el piso. Tenía náuseas.
—Lo sé —dijo Rhys con indiferencia—. Pero recuerda que si insistes en abrir la jeta y hablar de nuevo, no pasarán más de veinticuatro horas antes de que tu vida esté en los medios de comunicación. Quedas advertido —concluyó, antes de alejarse.
El magnate caminó con tranquilidad y vio a Alana riéndose con la anfitriona.
Se acercó, con normalidad y como si no hubiera estado a punto de cometer un asesinato a sangre fría, y rodeó la cintura de Alana. Le dio un beso entre los cabellos.
—Hey, te estaba buscando —dijo ella sonriendo—. ¿Todo bien?
—Perfecto —replicó él. Luego miró a Madeleine—. Gracias por invitarnos.
—Nunca había visto a Lani tan contenta y a gusto bailando con alguien o riéndose con una pareja tan relajada —comentó Madeleine—. Ha sido un gusto conocerte, Rhys, y espero que mi esposo y yo volvamos a verlos en algún momento.
—Sin duda —dijo el magnate y entrelazó los dedos con Alana.
Una vez que salieron por la puerta de la cerca, los recibió la arena fría de la noche.
Se quitaron los zapatos y caminaron juntos en silencio.
Avanzaron con lentitud, disfrutando de las olas que rompían en la orilla y bañaban sus pies.
En ese instante nada era más importante que vivir cada minuto de esa calma que ofrecía Edgartown cuando casi todos ya dormían. Rhys abrazó a Alana de la cintura.
—Rhys… ¿Dónde estuviste? —preguntó ella, cuando abrió la puerta de la casa—. Te busqué un rato. Creía que te habrías marchado sin mí —rio—. Menos mal no fue así. Madeleine es una gran anfitriona. La verdad es que la he pasado estupendo.
De repente, ella sintió la necesidad de ser honesta con él.
Él la guio escaleras arriba y se quedaron en el umbral de la habitación.
—Fui a tomar algo y me distraje conversando con un conocido brevemente —mintió, porque no iba a decirle sobre Cabot—. Me alegro de que te divirtieras.
—Sí, la verdad es que fue una ceremonia muy bonita —replicó—.
Mmm, el único detalle es que me encontré con alguien que me mostró un lado que no conocía de él.
Brent me preguntó por qué estaba contigo y si acaso había jugado con sus sentimientos —murmuró Alana.
No hizo falta aclarar quién era; Rhys no era un hombre que dejara cabos sueltos—.
Le dejé todo claro. Sé que no se acercará más.
Rhys tan solo asintió, breve. «En eso tienes razón», le habría querido decir.
—Comprendo —dijo él y subió la mano para acariciarle el cabello suave.
—Sí… —susurró Alana—. Mmm, supongo que es hora de descansar.
Pero ninguno de los dos hizo amago de moverse.
Se quedaron mirando un largo instante. La habitación estaba iluminada por la luz que provenía del horizonte adornado con una brillante medialuna. No hacía falta encender la lámpara. Al estar los cristales sin las cortinas echadas se podía ver bien.
No había ruido. Solo sus respiraciones. Sus miradas llenas de deseo.
—Alana…
—¿Sí? —preguntó en un susurro, perdida en la mirada oscura y sensual.
—No tengo intención de dormir en el jodido sofá cama —expresó Rhys.
Ella tragó saliva. Comprendía la implicación de ese simple comentario.
—No sé si es una afirmación ante la que no esperas réplica —dijo Alana.
—Depende de ti, ¿dónde quieres que duerma…?
Alana no creía posible continuar con esta danza, porque en este viaje no había escapatoria para él —al salir para entrar en su coche e irse a su mansión— ni refugio para ella —al cerrar la puerta e ir a su habitación, después de sentir los besos y caricias de Rhys—.
Este era el punto decisivo para los dos y lo sabían.
No habría otro momento en el que tuvieran la posibilidad de abrir las compuertas de una sinceridad que no requería palabras, aunque podrían estar presentes.
No habría otro instante para plantearse un escenario que cambiaría su relación, con o sin contrato de por medio.
El chantaje no era un factor decisivo, porque hacía tiempo que había dejado de importar o ser la guadaña sobre Alana y no hacía falta que lo expresaran a viva voz.
—Hace algún tiempo que yo no…
—Este será nuestro tiempo, Alana. No existirá otro —enfatizó Rhys—. Puedo dormir en la planta baja si decides que prefieres que me marche, porque no creo poder continuar cerca de ti un instante más sin quitarte la ropa. ¿Me he explicado bien?
Ella se humedeció los labios con la lengua y él siguió el movimiento.
—Entonces —murmuró con un toque de vulnerabilidad—, ya somos dos…
Con esa frase sin terminar, Rhys soltó el control y capturó la boca de Alana.