Entre espinas y seda escarlata CAPÍTULO 12 #4
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CAPÍTULO 12 #4

—Qué interesante —comentó Alana en tono burlón—. El contrato ampara ciertos gestos que se van acoplando a tu conveniencia, pero no se aplican a mí. ¿O sí?

—El contrato ampara la credibilidad —dijo él—. El resto es criterio propio.

Ella se rio por lo bajo, aunque no estuvo segura si de él o de sí misma.

—Insisto, quizá tu profesión como ingeniero civil debió cambiarse por leyes.

Él sonrió de medio lado y Alana deseó que la gente alrededor desapareciera, porque nada anhelaba más que esa boca tomara la suya.

Se había hecho adicta a los besos de Rhys, a las caricias sobre su cuerpo, pero no sabía cuánto tiempo más podría contener esas idas y venidas; esas ganas de darle el mismo placer que él le provocaba.

—El lunes es puente y traje mi portátil para trabajar si hace falta —comentó Rhys de pronto—. Podemos quedarnos y volver por la noche a Boston. ¿Qué opinas?

Continuaban moviéndose al compás de la siguiente canción.

La sugerencia la tomó desprevenida, pero le gustó que surgiera de él.

—Mmm, podría ser —dijo Alana—. Mañana es sábado y me apetece caminar por la playa. Pero el domingo tengo un compromiso, así que tengo que analizarlo.

Él la observó con intensidad.

—¿Qué clase de compromiso es el que tiene lugar todos los putos domingos? —preguntó Rhys, porque ese detalle llevaba semanas dándole vueltas en la mente. Recién esa noche acababa de presentarse la ocasión para sacar el tema—. Cuéntame.

—Uno de tipo personal —dijo con suavidad, no existía ironía ni sarcasmo—. El contrato especificó esa cláusula, así que, técnicamente, no deberías preguntarme.

Rhys tenía la réplica perfecta, pero fue él quien aceptó esa jodida cláusula, porque nunca imaginó que su situación con Alana pudiera crearle las ganas de saber más de ella.

La posibilidad de que se viera con otro hombre cruzó por su cabeza, pero la claridad prevaleció y consideró que quizá era algún asunto de tipo familiar que no quería que nadie se enterase.

Él podría llamar a Leyton, aunque no sería justo hacerlo.

Por lo general, su conciencia solo funcionaba con temas de su familia, pero, al parecer, la muy jodida empezaba a extenderse hacia la mujer que estaba en sus brazos bailando.

—Ya veo —expresó Rhys sin insistir. Pero eso no borraba la suspicacia.

Alana optó por cambiar de tema, así que se enfrascaron en una discusión —civilizada, teniendo en cuenta que estaban rodeados de otras personas— sobre un tema que jamás debieron tocar: la política.

Luego, sin más ganas de argumentar con un hombre que podía rivalizar con su propia mente —considerando que ella poseía una máquina de argumentos al ser una excelente abogada—, y podrían pasar horas hablando, decidió que ya era suficiente.

Salieron de la pista de baile para tomar algo fresco.

Cuando ella le preguntó a Rhys por qué había estado esa semana de tan mal humor y despotricando por teléfono con sus empleados, él le comentó sobre el problema que tenía con la Asociación Cívica de Beacon Hill desde hacía dos años.

Además, le explicó que más que una ambición empresarial el asunto era personal, porque quería darle a su madre el gran jardín de la casa para que ella lo arreglara, pues Mildred amaba la naturaleza: todo lo relacionado con cuidar y sembrar áreas verdes.

—Pero es tu propiedad, Rhys, tienes los documentos y cumples los requisitos.

Me los has enumerado todos —expresó ella frunciendo el ceño—.

Me parece, además, un gesto muy generoso de tu parte querer que la gestión salga adelante, no por ti o el negocio hotelero, sino porque hará feliz a tu mamá —dijo—.

Esa gente del comité es insoportable, aunque suelen tener un punto débil. Hay que buscarlo y…

—Alana —dijo él soltando una exhalación—, el punto débil lo tengo yo. Al menos en este caso específico. No es algo que pueda modificarse. Esa es la razón de que se dificulten los cambios para convertir la casa en un hotel y mejorar el espacio.

En un gesto espontáneo, ella extendió la mano y le acarició la mejilla.

—¿Punto débil…? —preguntó Alana.

—Mi apellido —replicó sorprendido por el gesto cariñoso.

—Lo siento, Rhys. Espero que en algún momento se cansen de fastidiarte y así puedas empezar a realizar las modificaciones. Estoy segura de que sería un hotel precioso. He visitado tu cadena hotelera y puedo decir que es una de las mejores.

Rhys esbozó una sonrisa.

—Cuando tengo un plan, Alana —dijo mirándola con intensidad, su tono de voz ya no era juguetón, sino que contenía un tinte más íntimo, casi como una caricia susurrada—, siempre lo ejecuto con excelencia. Para el beneficio de las partes…

Ella se sonrojó, porque el doble sentido era inequívoco.

Además, la mano de Rhys en su espalda, apenas cubierta por el vestido, descendió lenta y peligrosamente, hasta casi posarse sobre sus nalgas.

Gracias a las luces, que no eran potentes en los alrededores, sí era posible que ciertos gestos pasaran desapercibidos para otros.

—No tienes vergüenza… —susurró cautivada por él.

Él sonrió de medio lado.

—Al parecer es una de mis virtudes —replicó Rhys.

Alana se rio, porque cuando este hombre actuaba de manera natural, sin acusaciones, sin amenazas, se convertía en alguien totalmente diferente.

Alguien igual de complejo que cualquier otro ser humano, pero que lograba hacerla sentir a gusto.

Como si fuesen cómplices. Lo anterior era una ironía, porque él era el victimario y ella la víctima de un chantaje.

No creía que tuviera el Síndrome de Estocolmo, porque Rhys no la había secuestrado.

Lo que sí estaba experimentando era algo todavía más complicado.

Ella no creía que llegaría al final de ese acuerdo y quedaría indemne.

—Supongo que cada día aprendemos más el uno del otro —dijo ella en un tono ligero—. Rhys, ya es pasada medianoche. Me duelen los pies y quiero irme a casa. Ha sido un día bastante largo. Iré al aseo y luego nos marchamos. ¿Vale?

—Estamos en una zona de playa, así que quizá podamos usar la puerta de la cerca —señaló el lugar al final del jardín de la mansión de los recién casados—, y caminar por la arena, hasta llegar a tu casa. Así puedes quitarte las sandalias.

Ella esbozó una sonrisa.

—Qué gran idea. Sí eso estaría bien, Rhys —replicó—. Ya regreso.

Cuando Alana estaba de camino al baño, la retuvieron del brazo.

Ella iba a apartarse con rapidez, pero pronto tuvo a Brent frente a frente.

Frunció el ceño y luego, en un gesto casi automático, esbozó una sonrisa amable.

Le parecía raro verlo recién, en especial porque llevaba al menos unas cinco horas en la fiesta. Se la había pasado bien.

—Hola, Lani —dijo Brent—. Vine a la boda con un grupo de amigos y estuvimos hablando de negocios un largo rato.

Al verte llegar quise acercarme, pero no estabas sola.

Leí los titulares… —se frotó los ojos—. ¿Por qué no me dijiste la verdad?

Sí estabas saliendo con alguien a la par de que hacerlo conmigo… Mentiste.

Su aliento tenía aroma a alcohol y arrastraba las palabras al hablar.

—Brent, no —expresó sintiéndose fatal—. Tan solo estaba confundida y había temas de los que no podía hablar abiertamente. Necesitaba tiempo y tomar decisiones.

Él soltó una risotada y luego tosió. Se limpió la boca con un pañuelo.

—No eres una mujer que actuaría por impulso, porque tu naturaleza es más prudente que otra cosa.

Pero, ¿comprometerte en pocos meses y argumentando que mantenías la relación en secreto?

Ese hombre… —hizo un gesto despectivo con la mano—, ese tal Rhys Callahan.

Él estuvo en la PreGala. Te comenté sobre su reputación.

Sin embargo, al parecer, o quizá me equivoco, en ese tiempo ya lo conocías.

Entonces, ¿a qué estabas jugando, Alana?

¿Necesitabas comparar…? ¿En esa comparación fui yo el que salió perdiendo? —preguntó en un tono resentido.

—Creo que no estás en condiciones de tener esta conversación, Brent —expresó ella—.

Pero si de algo te sirve, no estaba jugando con tus sentimientos.

Estaba tratando de aclarar los míos y por eso te pedí que dejáramos de vernos.

No quise mencionar a Rhys, porque me parecía incorrecto y no le debo explicaciones a nadie.

Brent soltó un silbido de mofa. Un sonido bastante impropio de su usual actitud encantadora y el tono moderado que solía usar para evitar ofender a otros. «Cuando llegaba el alcohol las verdades escondidas salían a flote», pensó Alana.

—Si te está coaccionando —dijo él en voz baja y le tomó la mano con firmeza —, por favor, llámame.

Hoy no estoy en mi mejor forma… Pero si Callahan te llegase a lastimar o si quieres escapar de él, ya sabes en dónde encontrarme.

Podemos intentarlo de nuevo. No te guardaré ningún rencor y consideraré este asunto como…

—No —zanjó Alana—. He dicho mi parte. Me he disculpado cuando tuve que hacerlo. Eso es todo, Brent. Por favor, no me busques y no me hagas preguntas que no te voy a responder. Estoy feliz con Rhys. Eso es todo lo que importa —acotó.

Sin despedirse le dio la espalda y siguió su camino hacia el pasillo interior.

Solo entonces se dio cuenta de que había dicho una verdad inequívoca, pero al mismo tiempo bastante temeraria: Rhys la hacía reír, enfadar, desear, anhelar, analizar, debatir y frustrarse.

Todo a la vez. No era perfecto, pero… era suyo.

En esas semanas había aprendido a conocerlo mucho mejor.

Sus diferencias los volvían cercanos, en comparación con otras parejas —daba igual si eran reales o fingidas— y por eso podían tener tantos temas sobre los cuales hablar o debatir o aprender.