CAPÍTULO 12 #3
Sin embargo, en esta ocasión se hallaba ante un escenario en el que predominaba la incertidumbre, porque él jamás había ahondado en sus propios sentimientos.
No desde la hija de puta de Sloane. Aunque era consciente de que Alana no era su ex, la desconfianza igual se colaba en su mente como una sombra burlona.
Lo importante era que, después de este tiempo compartiendo casi a diario diferentes escenarios, había llegado a conocer mejor a su falsa prometida.
No solo trataba bien a Ingrid, sino que poseía un agudo sentido del humor y no permitía que él se pasara de listo o creyera tener el control de la conversación.
Cuando no estaba de acuerdo con alguna situación o punto de vista, siempre basaba sus explicaciones en argumentos sólidos, lo cual era estimulante para Rhys, porque si la mujer era sexy de por sí, su inteligencia la volvía más irresistible a sus ojos.
No permitía que su opinión fuese menoscabada y eso era algo que generaba respeto, porque —a diferencia de otras personas—, no intentaba congraciarse con él.
Alana sabía que estaba en desventaja de negociación y, aun así, mantenía firmeza y determinación al encararlo.
En una ocasión, Rhys compró un champán de edición limitada para celebrar cuando Alana le contó que el tribunal les había dado la razón, luego de casi ocho meses de arduo trabajo, en un caso contra una farmacéutica que, tras varias negociaciones fallidas para adquirir un laboratorio pequeño, utilizó información confidencial de esas conversaciones para replicar el producto estrella y sacarlo al mercado antes que ellos.
La prensa había expuesto bastante ese titular de competencia desleal, porque se trataba de uno de los laboratorios con mayor tradición en Boston.
Nada de aquello —ni la competitividad profesional, ni su acierto para desenvolverse en los temas sociales, ni lo feliz que estaba Ingrid con la manera en que Alana la ayudaba— consiguió cambiar por completo la opinión de Rhys sobre una mujer nacida «en cuna de oro».
Lo que sí lo logró, y él lo presenció sin que ella se diera cuenta, ocurrió el día en que pasó a recogerla en la oficina para ir directos al concierto que el compositor Ludovico Einaudi daba en la ciudad.
Todo ocurrió de forma natural. Rhys la vio salir del edificio de McKenzie & Trader, él continuaba en el coche a media cuadra de distancia, cuando una señora de aspecto desmejorado y que lucía ropas bastante sucias, se acercó a Alana.
Intercambiaron un par de palabras. En ningún instante el rostro de su «prometida» dio a entender que la mujer no merecía su atención.
Al contrario, le sonrió y al final de la interacción, Rhys se quedó de piedra: Alana le dio un abrazo a la mujer y antes de que se apartaran le entregó una tarjeta.
—¿Quién era esa señora? —había preguntado él cuando Alana subió al coche.
Ella había sonreído.
—Se llama Susana y suele ir al comedor nocturno Pan y Hogar.
Yo hacía labor social ahí, pero el trabajo me dejó sin tiempo para seguir ayudando —había replicado—.
Ella me pedía asesoría cuando algún conocido tenía problemas legales, y yo analizaba el caso antes de decirle si podía hacer algo o encontrar a alguien que quisiera hacer pro bono.
Hoy me habló de una mujer a la que quieren echar de su piso después de quince años, aunque siempre ha pagado a tiempo.
El casero le ha duplicado el alquiler para forzarla a irse y poder alquilárselo a jóvenes profesionales.
—¿Y así, nada más, la abrazaste y le diste tu tarjeta…? —había preguntado él.
Ella había fruncido el ceño, como si Rhys fuese torpe.
—No sé, ¿habría sido mejor fingir que no la recordaba y que la persona que necesita ayuda para recuperar la custodia de sus tres hijos siga en desesperación?
Rhys había detenido el coche cuando alcanzaron la luz roja en un semáforo.
—No esperaba algo así de…
—¿Alguien que ha crecido entre personas que solo miden el valor de otros por el dinero o el estatus que pueden obtener o los nuevos coches…? —había interrumpido sin esperar respuesta—. Sé qué es lo que opinas de mí, Rhys. Tranquilo.
Él había extendido la mano y sujetado el brazo de Alana con firmeza.
—Mírame —había exigido. Ella, a regañadientes, había apartado la atención de la ventana—. Sabes lo que opinaba de ti, en el pasado. Las cosas cambian.
Alana se había cruzado de brazos cuando la luz cambió a verde.
—Considerando que posees tendencias tiránicas, lo dudo. Y si te pregunto a qué te refieres con exactitud o qué has querido decir, ¿vas a responderme?
—No lo has preguntado, así que no tiene sentido hablar hipotéticamente.
—Eres insoportable —había replicado Alana, perdiéndose la media sonrisa de Rhys, mientras tomaba una curva para dirigirse hacia el sitio del concierto en el centro.
Desde esa tarde varias percepciones de Rhys sobre ella no fueron las mismas.
Ahora poseía otra certeza que podría ser bastante problemática: Alana, sin hablar o exigir, lograba que su mente se enredara entre la desconfianza y la posibilidad de otorgar, por segunda vez a una mujer, el beneficio de la duda.
No importaba si se trataba de una farsa o una relación real, porque su rechazo tenía que ver con la traición de Sloane, que fue el catalizador de que asesinara al menos a dieciocho personas.
No era un número bajo, no para él, aunque sabía que otros sicarios habían perdido la cuenta.
Su tendencia a ser flexible o a cambiar de opinión sobre los demás era prácticamente inexistente, y menos aún desde que había recibido su buena dosis de decepciones con personas que fueron importantes para él. La vida lo había marcado.
Por otra parte, ambos continuaban protegiéndose del otro, evadiendo una conversación honesta sobre lo que ocurría tras esos largos minutos en que se besaban, ella llegaba al clímax y luego él se iba de la casa, hasta la siguiente ocasión en que se encontraran a solas.
Pero Rhys sabía que esa dinámica no podía continuar por mucho tiempo.
Existía un punto en el que tendrían que separarse.
Y el detalle que más lo cabreaba era que, a medida que pasaban las semanas y se aproximaban los dos meses estipulados en el contrato, él en realidad empezaba a cuestionar la idea de dejarla ir.
Después de conversar con varios de los invitados, siempre con la mano de Rhys en su cintura o entrelazando los dedos —como si él fuese su única ancla para tolerar a esas personas a quienes conocía desde hacía años, pero siempre hablaban de los mismos temas y la aburrían—, Alana no podía esperar el momento para irse.
Le dolían los pies. Por más costoso que fuese un par de zapatos, ninguno estaba personalizado.
Le gustó ver feliz a Madeleine. De sus compañeras del instituto era la menos pretenciosa y no le gustaba meterse en asuntos que no le correspondían.
Por otra parte, también recibió felicitaciones por su compromiso con Rhys, así como también pocas —mas no inexistentes— miradas de soslayo que daban a entender que ella estaba eligiendo a alguien por debajo de su estatus.
Pero Alana no se inmutó. Lo que sí disfrutó fue escuchar cómo varios de sus amigos se atrevían a discutir con Rhys sobre asuntos de negocios hoteleros y de la construcción.
No porque esos amigos carecieran de éxito, sino porque las respuestas que les daba Rhys no buscaban estar de acuerdo con ellos.
Lo que hacía era decirle un par de verdades sobre los aspectos negligentes de sus empresas y la falta de un sistema de pago más justo a los empleados.
—¿Por qué simplemente no puedes decir que te alegras sobre lo que sea que te hayan contado? —le preguntó ella, una vez que estuvieron a solas en la pista de baile. La música era suave, y sentir los brazos de Rhys rodeándola era muy placentero.
Él sabía moverse con buen ritmo al compás de las canciones.
—No me pagan para ayudarlos a mejorar su autoestima profesional —replicó.
Alana soltó una risa suave y meneó la cabeza. Él le hizo un guiño.
—A veces, Rhys Callahan, me confunde tu frialdad con tu sentido del humor.
—Pero lo compartes, si no, no te reirías, ¿verdad? —Ella asintió—. Por cierto, si vuelves a aceptar bailar con otra persona que no sea yo, a menos que quieras ver a esos hombres y sus familias en los titulares de la prensa digital, procura rechazarlos.
Alana lo miró con incredulidad, mientras giraban juntos.
El aire de la noche fresca se mezclaba con aquel aroma tan clásico de las playas. Ya no había sol, sino tan solo la oscuridad y el sonido del mar. Las luces del jardín ofrecían un ambiente íntimo y cercano, suficiente para lo que la ocasión requería.
—Se trata de una cortesía y son personas que he visto durante diferentes eventos a lo largo de mi vida, Rhys —replicó ella, acariciándole el cabello de la nuca, porque tenía los brazos entrelazados alrededor de su cuello.
Él presionó las manos alrededor de la cintura de Alana con ligereza—. No existe un motivo para negarme.
Él sonrió de medio lado.
—Ese diamante solitario que brilla en tu dedo es suficiente motivo —zanjó.
—No tiene un trasfondo real —murmuró ella mirándolo a los ojos—. ¿Por qué habría de importarte si bailo o no con alguien? Sigo cumpliendo los términos: no estoy restando credibilidad o arruinando lo acordado. Lo que dices es una tontería.
—Lo que acabo de decirte que haría contra ellos es cierto —expresó, serio.
—Rhys Callahan… —dijo Alana con una sonrisa—. ¿Estás celoso?
—No —contestó demasiado rápido y luego, en un gesto impropio de su carácter, se inclinó y le dio un beso suave en el cuello—. Solo estoy marcando territorio. Y ahora mismo hay al menos cuatro hombres mirándonos y lo entendieron.
El roce de los labios de Rhys sobre su piel le provocó una corriente que le recorrió la columna vertebral. Alana tuvo que recordarse que no estaban solos ante las ganas de ponerse de puntillas y besarlo en los labios. Ella ladeó la cabeza un poco.