Entre espinas y seda escarlata CAPÍTULO 12 #2
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CAPÍTULO 12 #2

—No sé nada de las situaciones que te convirtieron en quien eres hoy, Rhys —comentó mirándolo.

Esta vez se acercó y extendió la mano para posarla sobre la mejilla de él, en un gesto que los sorprendió a ambos—.

A veces, me da la impresión de que te conozco, porque he aprendido a leer los indicios y tu lenguaje no verbal…

—Como una buena abogada haría —interrumpió él y le sujetó la muñeca de la mano que estaba sobre su mejilla para que no la moviera—. A veces es mejor ignorar algunos detalles de los demás. No sirve de nada y el pasado no es modificable.

—… y otras veces, creo que eres un enigma que se niega a que lo descifren —dijo Alana completando la frase que él había cortado—.

Sí, el pasado no se modifica, ni debería definir a una persona.

Sin embargo, en cierta medida sí condiciona el comportamiento y sus creencias.

¿Acaso no ha sido mi pasado la razón de que estemos aquí?

Si no fuese por la información de lo que hice, con el tema de las piezas de arte, entonces no habrías logrado chantajearme como parte de tu venganza…

Rhys veía sinceridad en esas limpias lagunas azules que lo observaban.

—Todos tenemos un lado oscuro. Pero tú y yo no estamos aquí para analizar esa clase de aspectos mutuos.

Lo que nos une es un contrato de colaboración…

—dijo lo último con ironía, porque era evidente que ya habían pasado esa etapa.

De hecho, Ingrid había obtenido mucho más en esas semanas de lo esperado por Rhys.

Alana, como si hubiese recibido un baño de agua fría, recordó que esta no era una conversación apropiada para dos personas que se deseaban, pero cuyo vínculo había iniciado de la peor forma posible.

Así que apartó la mano del rostro de Rhys, sonrojada por esas súbitas ganas tan naturales que había tenido de tocar su piel.

Ella hizo un breve asentimiento.

—Sí, es así —contestó, apartándose—. Gracias por el recordatorio…

Rhys la retuvo de la cintura y la apretó contra su cuerpo. Ella soltó el aire.

—Me temo que tú y yo necesitamos una conversación diferente, en la que dejes de estar a la defensiva creyendo que mis comentarios siempre buscan herirte.

Aunque te diga una verdad —dijo Rhys inclinando la cabeza y mordiéndole el labio inferior.

Lo soltó con suavidad y ella contuvo el aliento—.

Si no estuviéramos con el tiempo justo para que llegar al matrimonio de tu amiga, quizá podría demostrarte que no soy el ogro que entró una vez en esta casa con la intención de destruirte a toda costa, pero que tampoco soy un ángel caído y que va a rescatarte.

Nos une un contrato, pero —no sé si a mi pesar o el tuyo— cada vez que te toco y tú respondes, una línea se desdibuja.

¿Sabes qué es lo más peligroso de todo eso, Alana Pemberton?

—Considerando que eres quien parece más inclinado a tomar riesgos, como entrar en la casa de una persona para amenazarla, quién mejor que tú para responder —expresó mirándolo con aplomo, sin arrogancia—. Así que, ¿por qué no me ilustras?

Rhys soltó una risa ronca, baja y breve por la réplica afilada de la mujer.

Se inclinó hacia ella.

—Que llegará un instante en el que la línea se borrará por completo y ni tú ni yo vamos a darnos cuenta. Cuando eso ocurra, no habrá vuelta atrás. Y eso implica que dejaremos de vernos, porque no tengo por costumbre atarme a nadie —dijo.

Alana lo observó con suficiencia.

—Pues qué bueno que no seas abogado, Rhys, porque al firmar un contrato con un tiempo específico de duración ya te ataste a alguien bajo ciertas condiciones —replicó en tono burlón—.

Pero no te preocupes. Si existe alguien que está contando las semanas para librarse lo antes posible de asistir a eventos y reuniones sociales, sin importar que Ingrid sea un encanto, soy yo —miró su reloj de muñeca—, y no me apetece continuar hablando, porque quiero llegar puntual a la boda de Madeleine.

Puedes utilizar las otras habitaciones para cambiarte de ropa si necesitas tranquilidad, porque yo suelo esparcir mis maquillajes y tomarme mi tiempo para arreglarme.

Rhys tan solo esbozó una sonrisa de medio lado.

Alana cerró la puerta del cuarto de baño.

Los dos sabían que la línea más importante ya la habían cruzado y que lo que estaba ocurriendo entre ambos, ahora, poseía matices que nada tenían que ver con el contrato.

Cada laberinto entre ellos en el que hallaban una salida implicaba una barrera menos para encontrarse con el verdadero «yo» de cada uno.

El detalle consistía en que se negaban a aceptarlo para sí mismos, y con mayor razón ante el otro.

No podrían continuar este tira y afloja por mucho tiempo, menos si ese fin de semana no existía algún modo de escapar del otro.

Además, estarían bajo el mismo techo conscientes de la misma verdad silenciosa y que, a medida que iban conociéndose y compartiendo más tiempo juntos, empezaba a cobrar fuerza.

A veces, las verdades que permanecían escondidas se volvían una bomba de tiempo sin posible contención ni desarme.

La boda era exclusiva, porque los novios solo habían invitado a quienes de verdad contaban para ellos.

Un total aproximado de sesenta personas estaba disperso en las inmediaciones del jardín trasero, cuya valla blanca de madera tenía una pequeña puerta que daba acceso a la playa.

La luz dorada del atardecer sobre el agua creaba un escenario fantástico en conjunto con los toques románticos que incluían decoraciones delicadas y mantelería de lino con las iniciales de los nombres de la pareja anfitriona.

Los centros de mesa tenían orquídeas y hortensias azules.

Se tenía previsto que cuando el sol terminara de ocultarse —apenas culminara la ceremonia— las velas y farolillos se encenderían.

En el inmenso espacio habían instalado tres carpas: la primera exclusiva con los mejores licores y bebidas, la segunda para el servicio de catering —con comida propia de la isla y otras exquisiteces—, y la última era la más grande de todas porque tenía la pista de baile, el DJ y un cuarteto de cuerdas que tocaría la canción preferida de Madeleine y George para que bailaran cuando fuesen declarados «marido y mujer» por el oficiante. La etiqueta de vestir era muy relajada.

Los hombres llevaban traje claro, sin americana ni corbata, y las mujeres lucían lindos vestidos con accesorios que costaban una pequeña fortuna.

Entre todos los invitados se conocían bastante, sus apellidos llevaban generaciones relacionándose en diferentes ámbitos sociales y personales.

En general, el entorno era muy agradable.

El escrutinio social seguía intacto, aunque disimulado bajo la informalidad veraniega.

En medio de ese despliegue de romance, opulencia y privacidad estaba la heredera Pemberton que iba del brazo del hombre que lucía más intimidante que el resto.

Rhys mantenía una actitud distante con los demás, como era habitual, y saludaba con amable frialdad cuando Alana le presentaba a alguien.

La razón no estaba asociada al fastidio que le provocaban las recepciones matrimoniales o festejos que lo aburrían, sino que él notaba las miradas de reojo y saludos, para su gusto demasiado efusivos, que le dedicaban a su acompañante ciertos hombres.

No podía culparlos por admirarla. La mujer parecía un espejismo en el desierto: cuando se ha pasado demasiado tiempo observando un mismo panorama de arena en el que ya no se nota ninguna diferencia, y de pronto aparece algo brillante, distinto, que resalta y atrae.

Rhys no estaba ciego, porque sabía muy bien cuando una mujer —con disimulo, tuviera o no pareja— lo miraba con reconocimiento o interés.

Pero él no estaba interesado en otra mujer que no fuese la que tenía a su lado.

A veces le parecía que Alana estuviera jugando a propósito con su cordura, porque él estuvo a escasos segundos de seducirla y olvidar la maldita boda.

El vestido de ella era largo de gasa aguamarina, escote en V y llevaba la espalda descubierta de un modo que lucía tentadora y etérea.

La falda era vaporosa y se agitaba con la brisa y el viento.

Con el cabello suelto y sedoso, sandalias planas de color dorado, Alana parecía Calipso: una diosa que concedía a los simples mortales la cortesía de obsequiarlos con su presencia.

Él se hallaba en una situación bastante contradictoria.

Durante las horas que estaba en la oficina o supervisando obras en curso, la imagen de Alana y el recuerdo de sus sonidos al llegar al orgasmo lo distraían.

Se vanagloriaba de no permitir que nadie interrumpiera su enfoque en lo que merecía la pena, es decir, su trabajo.

Lo cierto era que ahora esa certeza se había desvanecido con la mujer de ojos azules.

Un hombre curtido por las calles y por la vida, como él, no se asustaba.

Ni siquiera lo hacía cuando apretaba el gatillo y recibía un generoso pago por asesinar a sangre fría.