CAPÍTULO 12
Durante las siguientes dos semanas, Alana no podría definir quién se sentía más frustrado entre ella y Rhys.
En un silencio que daba a entender que ninguno sabía cómo nombrar aquello que se había desatado desde aquel primer beso, la situación se había convertido en un ardor palpitante que solo podía aplacarse —a duras penas— cuando él la dejaba en casa, después de cualquier salida juntos.
No necesitaban hablar. Ella tan solo entraba y el que cerraba la puerta detrás era Rhys.
Luego le tomaba el rostro entre las manos con la fuerza de alguien que se contiene de hacer algo más; en este caso, destrozarle la ropa para poseerla como necesitaba.
El beso que llegaba a continuación parecía derrumbar cualquier estándar del anterior, pero lo único que no cambiaba era la dinámica: Rhys devoraba la boca de Alana, la acariciaba estrujando su carne sobre la tela de la ropa; ella lo tocaba cada vez con más osadía y avidez.
Él la masturbaba, hasta que el grito de placer femenino llenaba la casa.
A continuación, antes de marcharse —sin alivio sexual, quizá a propósito y a modo de autocastigo por ser incapaz de controlar la vorágine de lujuria que lo sacudía cuando Alana estaba cerca—, Rhys le daba un último beso, mirándose a los ojos, creando una conexión que se volvía cada vez más fuerte.
Como un cable de alta tensión que iba aumentando de potencia para acoplarse a la demanda de voltaje.
Ese beso no era arrasador, sino lento y breve; saboreaban la textura de la boca del otro, recorrían sus lenguas, pero acababa antes de que hubiese una escalada que convirtiera esta situación en un escenario imposible de manejar.
Luego, Rhys se apartaba lentamente y la observaba breves segundos antes de irse.
Una vez que Alana se quedaba sola, crecía la certeza de que este hombre estaba creando una atmósfera en la que ella se sentía más segura de sí misma, de su cuerpo y de sus anhelos, porque veía reflejado en él su propio deseo.
Las ganas de tomar la iniciativa con Rhys pidiéndole que se quedara la noche eran tan fuertes como la urgencia de marcar distancia.
La intención de permitir que la coherencia continuara al mando estaba muy debilitada. Y eso era inquietante.
Lo anterior ocurría, tal vez, porque había pasado mucho tiempo usando ciertos protocolos y normas para protegerse.
O quizás porque con Rhys no sentía que sus curvas necesitaran arreglo, sino que él las añoraba como si dejar de tocarla pudiera atentar contra su cordura.
Ese reconocimiento era un halago silencioso que instaba a Alana a desear dar el último paso y lanzarse al vacío, abrazar la libertad de sentirse plena en su propia piel, así como exponerse ante un hombre que jamás imaginó que fuese el catalizador de esta ruptura con sus malas experiencias con el sexo opuesto.
Pero ese fin de semana no habría puerta que cerrar ni coche al que subir para escapar de la tensión entre los dos.
Tampoco tendrían intermediarios que aplacaran y contuvieran la necesidad mutua, como ocurría cuando Ingrid iba con ellos a los paseos en yate o a recorrer sitios específicos en los que Alana sabía que podrían encontrar personas de interés para la chica.
Esta vez estaban solo los dos y una maravillosa zona, con el confort que otorgaba la naturaleza y que era, además, el refugio de Alana.
La boda de una amiga de ella se celebraba en Edgartown ese fin de semana, lo cual implicaba que habría tres días y dos noches en los que compartiría con Rhys, sin horarios ni interrupciones laborales.
Que él alquilara una suite en el famoso Harbor View Hotel generaría cotilleos al tratarse de un área con una población pequeña, en especial porque no tenía sentido hacerlo cuando la invitación también lo incluía a Rhys, y aparte sería romper coherencia con la narrativa que ambos habían creado sobre estar comprometidods.
Por eso se quedarían en casa de Alana. Además, él no poseía propiedades en Martha's Vineyard, porque sus sitios de verano estaban entre Europa y los paraísos caribeños.
Rhys prefería disfrutar de la calma fuera de su país.
—Bienvenida, señorita Lani —dijo Therese abriendo la puerta principal cuando vio que la dueña de casa llegaba, tal como le comentó, acompañada—.
He dejado todo listo. —Luego se giró hacia Rhys y esbozó una sonrisa—.
Encantada de conocerlo. Me llamo Therese y estoy a sus órdenes. Felicitaciones por su compromiso.
Rhys extendió la mano y estrechó la de la mujer.
—Muchas gracias, Therese. Soy Rhys —replicó con sencillez—. Apreciamos que se haya tomado el tiempo de preparar la casa. Pero podemos ajustarnos fácilmente. A menos, por supuesto, que Alana tenga en mente otra idea —comentó.
A Alana le gustó que él no interviniera como si fuese el dueño de una casa que no le correspondía, y que simplemente la dejara decidir, al final, si aceptaba o no.
—Therese, puedes tomarte el fin de semana libre como en otras ocasiones. No pasa nada —expresó—. Ya sabes que cuando vengo disfruto mi tiempo de soledad.
La mujer hizo un asentimiento. Alana era una jefa muy generosa.
—Sí, señorita Lani. Por cierto, hay un pequeño detalle que quería mencionarle —comentó la señora con un tono afligido—, y por eso comentaba que me llamaran si requerían algo.
Hoy, un par de horas antes de que ustedes llegaran, hubo problemas con las cañerías debido a trabajos que se están realizando en el sistema de agua potable en los alrededores.
De las cuatro habitaciones solo la principal tiene servicio.
Y yo, por prevención en el caso de que hubiese alguna fuga —que menos mal no ha ocurrido—, quité todas las sábanas.
Me encargué de llamar a un plomero y él me confirmó que vendría a mediados de la próxima semana a arreglar el resto de las habitaciones.
Pero me aseguró que en la habitación principal funciona todo bien, así como la cocina, la lavandería y el jacuzzi.
El señor sugirió que no se usara la piscina, hasta que él viniera de nuevo a reorganizarlo todo. Ya le envié la factura a su correo.
—Comprendo, Therese. Me encargaré de la factura y espero que me mantengas al corriente de los avances cuando venga el especialista —comentó.
—Por supuesto —sonrió la señora—. Disfruten su estancia.
Alana tragó saliva. Esas no eran buenas noticias.
Su idea había sido dormir en su habitación usual y decirle a Rhys que eligiera cualquier otra, porque así ella podría mantener la cordura y procurar que cada uno tuviera su propio espacio.
Pero, al parecer, la situación iba a ser muy diferente.
Cuando el ama de llaves se marchó, Rhys agarró el equipaje de ambos.
Alana, en silencio —pues no se le ocurría qué rayos decir—, tan solo caminó escaleras arriba y se dirigió a su cuarto.
Abrió la puerta y soltó una exhalación. Los cristales de las ventanas estaban abiertos y a través de las telas metálicas corredizas entraba el aroma salobre, así como el viento tan relajante.
La cama era de tamaño queen y a un costado había un sofá cama.
Una estantería mediana guardaba decenas de libros de thrillers policíacos que Alana había leído varias veces.
El baño era amplio, cómodo y contaba una bañera en la que resultaba agradable relajarse, añadiendo sales con aromas distintos según el estado de ánimo.
Este era su espacio preferido, además del jardín que daba hacia el mar y tenía una puerta privada para entrar y salir a la playa.
Por primera vez, un hombre —bajo circunstancias que jamás imaginó— estaba en ese espacio tan suyo. Ningún novio había estado antes.
La boda de Madeleine y George iba a celebrarse dentro de dos horas.
Así que ella, al menos, tenía el tiempo justo para vestirse, peinarse y maquillarse.
No había traído mucho equipaje, porque en esta casa tenía todo lo que necesitaba, claro, menos el vestido o los tacones que procuraba no repetir en ninguna ocasión.
Tal como le había confesado a Ingrid en una salida, la debilidad de Alana eran los zapatos.
—¿En qué lado de la cama sueles dormir? —preguntó Rhys con suavidad.
Ella se giró hacia él. Por un instante se había quedado absorta mirando el mar.
—El que da hacia los ventanales —dijo señalando el lado derecho—. Me gusta esta cercanía con el océano y suelo dejar las ventanas abiertas, como ha hecho Therese, para tratar de escuchar el romper de las olas y así relajarme al dormir.
Rhys hizo un asentimiento. Le gustaba cuando ella le contaba algo sobre sí misma y de forma voluntaria.
De hecho, había empezado a apreciar esa apertura.
Le habría gustado compartirla, pero él era distinto; estaba hecho de capas más crudas.
Así que, si acaso le comentaba algún detalle de sus propios gustos, solía aportar solo aspectos que no comprometieran la razón de que prefiriera mantener distancia emocional con las mujeres.
Tampoco daba pie a temas demasiado escabrosos que, por descontado, lograrían que ella lo despreciara de un modo distinto: la clase de repulsión que jamás daría paso a la empatía.
Y no se consideraba merecedor de ella, sin duda.
Después de todo la había chantajeado, ¿o no?
Aun así, Alana era la persona —aparte de sus amigos más cercanos o su propia familia— junto a quien más solía dar puntos de vista personales, en lugar de remitirse a tópicos más serios o laborales.
—Creo que es la mejor música que existe, sin duda —replicó él acercándose —. Voy a dormir en el sofá cama. A menos que no puedas controlar tus impulsos.
Eso logró que Alana soltara una risa queda. Y el sonido hizo que Rhys sonriera.