Entre espinas y seda escarlata CAPÍTULO 11 #5
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CAPÍTULO 11 #5

—Entonces, ya que has juzgado correctamente que estoy diciéndote la verdad —replicó el magnate sin dejar de masajearle la nuca—, responde lo anterior.

Dime la verdad, Alana: ¿Me deseas tanto como yo a ti…

? —preguntó—. Porque si no es así, entonces tendrás que ser muy, pero muy clara, y pedirme que me marche en este instante de tu casa.

Dilo en serio y me largo de una buena vez. Sin medias tintas.

Ella abrió la boca y volvió a cerrarla. Estaba dándole una alternativa fácil, que bastaba con pronunciar, pero su cuerpo no podía competir con la frialdad de la mente.

De hecho, la estaba derribando con pasmosa facilidad.

Sentir el calor de Rhys rodeándola, la erección presionando contra ella y los dedos acariciándole la piel, le parecía demasiado estimulante.

No era cobarde, jamás lo había sido. Así que decidió ir contra sus usuales modos de protegerse.

Cerró un instante los ojos, pero al abrirlos de nuevo le mostró a Rhys con exactitud lo que sus palabras se negaban a expresar.

—Rhys… —susurró.

—Sí o no —expresó en un tono que daba a entender que estaba a punto de perder su autocontrol—. Quiero escuchar una respuesta clara de tu parte. Sí o no…

Ella elevó los brazos y le rodeó el cuello.

—Sí, te deseo.

Eso fue suficiente y selló la suerte de ambos. Por esa noche.

No fue un contacto amable o en búsqueda del ritmo perfecto.

Se trató de una descarga ardiente de pasión y deseo descarnado, guardado durante semanas.

Semanas en las que Rhys y Alana intentaron ignorar el efecto de los roces contenidos, los trayectos tensos en el coche, las cenas de conversaciones naturales y profundas, sus cuerpos cercanos, sus manos entrelazadas y las chispas al quedarse a solas.

Pero en ese instante lleno de ardor, todo aquello que no fuese este beso perdió importancia.

La lengua de Rhys no pidió permiso, porque no hacía falta; Alana le dio acceso con un gemido quedo.

Sus lenguas se entrelazaron y ese fue el instante que terminó por romper cualquier autocontrol que hubiera quedado rezagado.

De la garganta de Rhys surgió un sonido gutural y profundizó el beso, saqueó la boca de Alana.

Ella le devolvió el mismo ímpetu y necesidad.

No existía nada dulce o tierno en este contacto.

Se trataba de una mezcla de perversa sensualidad, una declaración erótica y una conquista primitiva.

Ella tiró de los cabellos de Rhys, sus dientes chocaron, sus alientos se entremezclaban con los jadeos y gemidos compartidos.

Las manos de Alana se deslizaron hasta las solapas de la chaqueta negra, como si deseara tenerlo más cerca, mientras el uno consumía al otro con una voracidad casi animal.

Rhys recorrió el cuerpo de Alana con avidez.

Detestaba la ropa, pero necesitaba primero acariciar sus curvas.

Esas curvas que lo habían vuelto loco desde que las vio envueltas en aquel vestido rojo; que lo enloquecían con cualquier prenda, porque la mujer sabía combinar la ropa para destacar sus atributos con elegancia.

Pero él no era un hombre que apreciara lo contenido y por eso sabía, de algún modo, que esta mujer estaba hecha de fuego.

Tiró del cabello de ella y algunas horquillas cayeron sobre el parqué; ella gimió dentro de su boca con abandono, libre y con sed de él.

Alana llevó la mano osadamente hasta la erección de Rhys y la apretó.

—Rhys…

—Shhh —susurró a cambio con voz ronca, mientras le apretaba los dos pezones con fuerza; tiró de ellos. El gemido de dolor y placer lo excitó todavía más.

—Oh, Dios… —gimió Alana cuando él le levantó la falda hasta la cintura, apartó la tela de las bragas y le tocó el centro húmedo y ardiente—. Estoy tan mojada.

—Deliciosamente mojada… Por mí —gruñó Rhys al tocar y sentir la prueba del deseo entre sus dedos, sin apartar apenas la boca de la suya. Estaba perdido en un vaivén de sensaciones que no lograba identificar, pero tampoco le hacía falta.

Empezó a mover los dedos, frotándole el clítoris, a la par de que mordía el labio inferior y ella se sujetaba de sus fuertes bíceps. Rhys introdujo dos dedos en el sexo femenino, entrando y saliendo; primero lo hizo con lentitud, para torturarla.

—Más, por favor, necesito más… —jadeó con abandono, mordiéndole el labio inferior con fuerza, sintiendo casi al instante el sabor metálico de la sangre.

—Eres fuego entre mis dedos, un pecado imposible de evitar —murmuró aumentando la velocidad de sus movimientos. Con la mano libre le apretó los pechos.

La mano de Alana continuaba jugando con el miembro viril sobre la ropa.

Su capacidad de hacer algo adicional estaba limitada, porque la manera en que Rhys la besaba, la tocaba y mordía, parecía una melodía con los acordes perfectos para que su cuerpo y sus sentidos cantaran la nota correcta.

No existía desafino, sino un engranaje perfecto de sensaciones.

Necesitaba correrse. Necesitaba el orgasmo que estaba cerca.

—Rhys… Más rápido… —dijo contra la boca de él. No recordaba la última vez que un beso la había vuelto loca y en que un hombre la hacía sentir tan deseada.

—Tus curvas son perfectas, Alana… Quiero probar tu carne sin nada que se interponga en el camino…

—farfulló hundiéndose en ella con una intensidad que le arrancó un gemido ahogado, con abandono.

El sonido de su humedad entre ambos era obscenamente delicioso y aumentaba la lujuria compartida—. Solo tu piel de seda.

—Voy a…

Rhys rompió el beso y bajó la cabeza para capturar un pezón entre los dientes. Su mordida no fue suave, sino firme, dura y codiciosa. A pesar de la tela de la blusa y el sujetador, cada terminación nerviosa de Alana estaba en la máxima sensibilidad.

—Córrete —exigió él. Su tono era una mezcla de tortura personal y complacencia masculina al ver a esta mujer derritiéndose entre sus brazos—. Ahora.

Con un mordisco más sobre el pezón, ella soltó un grito que él se bebió cuando volvió a besarla.

No dejó de frotarle el sexo con ímpetu. Continuó acariciándola, hasta que —poco a poco— la realidad empezó a hacerse presente.

Hasta que las respiraciones de ambos parecieron ralentizarse.

Sus bocas se besaron suavemente, al ritmo en el que sus cuerpos parecían recuperar el resuello. Rhys se apartó despacio.

Ambos se miraron.

Alana tenía el cabello alborotado, las mejillas sonrosadas, los labios inflamados por los besos, la blusa arrugada y el sitio donde estaban sus pezones, húmedo por la boca de Rhys. La falda la tenía subida hasta la cintura. Sus ojos azules lucían brillantes.

Él, en cambio, respiraba como si hubiese corrido una maratón, estaba excitado.

Pero en su mirada no existía triunfo, sino algo parecido a la sorpresa de haberse permitido —conscientemente— ceder a sus instintos por esta mujer, como jamás le había sucedido con ninguna otra.

Eso era peligroso, pero no tanto como hubiera sido continuar conteniéndose.

De hecho, no creía que hubiera sido posible para los dos.

En silencio, la ayudó a acomodarse la ropa. Le acomodó los cabellos detrás de la oreja y apoyó la frente contra la de ella. No iba a recurrir a la clásica estúpida pregunta: «¿Qué hemos hecho?», porque no eran dos chavales jugando a besarse.

—Creo que esto podría ser un problema —dijo más para él que para ella.

—¿Por qué? ¿Porque no te corriste…? —preguntó en un susurro con la intención de empezar a desabrochar el pantalón y deslizar la mano dentro del bóxer —. Yo quiero darte el mismo placer que acabas de darme tú a mí… Es lo justo.

Rhys se rio por lo bajo e hizo una negación.

—Será mejor que me marche —dijo apartándose lo suficiente para que ambos sintieran la pérdida del contacto. Se pasó los dedos entre los cabellos—. Joder, Alana.

—¿Te arrepientes…? —preguntó ella en un susurro.

Él hizo una negación con la cabeza.

—No —reafirmó—, y ese sí es un gran problema. Buenas noches, Alana…

Ella no sabía qué decir ni qué hacer, así que tan solo asintió.

Cuando la puerta se cerró, Alana permaneció en el mismo sitio durante varios minutos asimilando lo que acababa de hacer.

Las sensaciones que jamás había vivido. ¿Lo más importante de todo?

Que Rhys, siendo él tan arrogante y distante e inclusive cruel si quería, la hizo sentir más deseada que ningún otro hombre.

Halagó sus curvas y parecía estar a punto de arrancarle la ropa por completo.

Sabía que este no había sido un juego de poder, sino algo totalmente diferente. Algo peligroso. Algo increíble.

Una certeza incómoda se instaló en su pecho.

Ambos acababan de romper un límite que no tenía retorno.