CAPÍTULO 11 #4
Alana dejó con lentitud la servilleta de tela sobre la mesa.
Lo miró. No sabía qué la enojaba más: la expresión de suficiencia de ese hombre arrogante e insoportable o la idea de otra mujer abrazándolo y recibiendo los besos que ellos se negaban a compartir.
«¿Estaba él, en serio, rompiendo el acuerdo en forma tan discreta que nadie podría saberlo nunca?
¿Con cuántas se habría ya acostado?», se preguntó fastidiada.
—Muy bien —expresó ella y se puso de pie—.
Sé lo que tengo que hacer, no te preocupes por las apariencias.
—Sonrió con su habitual forma gentil, pero que no tenía nada de alegre.
Sabía que los observaban desde que su compromiso se hizo público, así que no podía montar una escena ni marcharse sola y con prisas—.
Entraré al coche contigo, porque en este caso sería lo más lógico al estar prometidos.
Y cuando hayas recorrido varias calles, lejos de los curiosos, me dejas en el primer hotel cinco estrellas que encuentres.
Pediré un Uber o llamaré a Taylor para que pase por mí.
Rhys al darse cuenta de que la mujer no tenía sentido del humor, y él tampoco para ser sincero, se incorporó y pagó la cuenta.
No sabía por qué carajos había dicho semejante idiotez cuando quien lo mantenía con una frustrante erección, y sin un alivio real, era esta pelinegra impetuosa a la que no podía sacarse de la jodida cabeza.
El ascensor los llevó al subterráneo en el que estaba el garaje del restaurante.
—Lamento decirte que eso no es posible, Alana —replicó, apoyando la mano en la espalda baja femenina, cubierta por una blusa de seda, mientras caminaban juntos hacia la salida.
Ambos se habían convertido en buenos actores, pues no daban a entender a los demás si estaban discutiendo, cotilleando o contándose secretos, como haría cualquier pareja—.
Sube al coche —dijo abriendo la puerta del copiloto.
—Tolero tu tono, porque hay un guardia de seguridad y un fuerte eco —replicó en un susurro para que solo Rhys escuchara—. Pero a mí nadie me da órdenes.
Alana, que maldijo en silencio por tener que seguir ese guion de estar juntos al entrar o salir de cualquier sitio al que asistieran, no le dirigió la palabra al magnate, sino que se limitó a subir al automóvil.
Él cerró la puerta y rodeó el vehículo para después acomodarse en el asiento del conductor; se puso el cinturón de seguridad.
En esta ocasión él conducía un Aston Martin, porque le gustaba variar de coche de vez en cuando.
Cuando salía con Alana, él prefería decirle a su chofer que se tomara la noche libre.
Rhys condujo por la ciudad rápido y con seguridad, aunque con un toque temerario.
Esa era una combinación que lo caracterizaba en algunas áreas de su vida, no solo en los negocios.
Ella insistió en que la dejara en el hotel The Langham, pero él continuó el trayecto sin responder.
No iba a dejarla tirada en ningún puto sitio.
El trayecto no se detuvo donde ella había exigido, sino en Back Bay: su casa.
Alana no esperó a que él le abriera la puerta.
No sabía por qué el comentario de Rhys sobre el hecho de que podía satisfacer sus necesidades sexuales con otras mujeres —y que probablemente ya lo habría hecho— la enfadó tanto.
No quería reflexionar al respecto, así que esperaría a que su cabeza fría retomara el control.
Subió las escalinatas e introdujo la llave en la cerradura con más fuerza de la necesaria.
Consciente de que ese tonto esperaría —como se había hecho un hábito entre ambos cada vez que él iba a recogerla o dejarla en casa—, se apresuró porque no quería verlo.
—Buenas noches, Rhys —expresó sin girarse y con un tono indiferente.
Su intención fue darle con la puerta en las narices, mas no escuchó el sonido habitual. El pie de él la detuvo y entró como si tuviera el derecho a hacerlo. «Al parecer el idiota poseía la maldita costumbre de invadir la propiedad privada: la suya», pensó.
Alana se giró y se cruzó de brazos, encarándolo en el recibidor.
—No, no lo hiciste —replicó él. Cerró la puerta a su espalda con una calma que no sentía.
De hecho, debería estar camino a su mansión, en lugar de seguir a esta enfurecedora mujer—.
Sin embargo, me concedí el permiso de entrar —dijo mientras miraba alrededor.
Notó que el interior no solo lucía confortable, sino también cálido; y el aroma sutil de peras con vainilla acompañaba el ambiente—.
Tu casa es bonita. Pero considero que la de la playa posee algo quizá más salvaje y sereno a la vez.
Ella enarcó una ceja. No tenía paciencia para esta tontería.
—Me parece fascinante tu opinión. La próxima vez que tenga pensado algún asunto de bienes raíces y quiera buscar las características óptimas, te lo consultaré.
Rhys avanzó lentamente hacia ella.
Alana se negó a retroceder.
—Hay instantes en los que noto que parecieras desear clavarme un cuchillo o quizá clavarme las uñas en la yugular. ¿Es así? —comentó avanzando, hasta que las puntas de los zapatos de ambos se toparon—. No he decidido cuál sería más letal.
Alana elevó el rostro. Sus ojos se cruzaron en una batalla de voluntades silenciosas, y en la sutil energía que intercambiaba existía la clara verdad: deseo.
Esa clase de anhelo que la había perseguido desde que lo conoció, sin importar las circunstancias; que se había incrementado a medida que pasaban más tiempo juntos, hasta el punto de regresar a casa con las bragas vergonzosamente húmedas.
Y al acostarse se tocaba pensando en él o al ducharse utilizaba un vibrador para aliviarse.
—Ambas opciones pueden tener el mismo efecto —replicó—. Ahora vete.
Rhys sonrió de medio lado. Se inclinó hacia ella. Para no perder el equilibrio, Alana tuvo que dar un paso atrás. Esa danza continuó, hasta que su espalda quedó contra la pared más cercana. En ningún momento dejaron de mirarse a los ojos.
—¿Qué tanto crees que te desprecio, Alana Pemberton?
Ella apartó la mirada, pero él le sujetó el rostro con una mano, mientras la otra estaba apoyada con firmeza sobre la pared blanca.
Estaban prácticamente pegados el uno al cuerpo del otro.
La evidencia de la excitación de Rhys era muy notable, pues presionaba contra Alana.
Ella sentía los labios íntimos mojados y los pezones duros.
—Lo suficiente para hallar la manera de humillarme de un momento a otro y causarme un instante de sufrimiento —murmuró, franca, sin otra opción que mirarlo.
—No, Alana —dijo en tono profundo y le acarició el labio inferior con el pulgar, tal como había hecho tantas noches atrás.
Esta vez, ella no reaccionó y se limitó a escuchar su argumento—.
A ti no te desprecio como persona, aunque el universo sabe que lo he intentado.
Busco tus errores, pero encuentro aciertos; busco el momento en el que faltes a tu palabra para destruirte a ti y a esa burbuja de cristal en la que te criaste, pero encuentro que cumples tus promesas; busco la ocasión para humillarte, pero la humildad y la espontaneidad que le has mostrado a mi hermana me detuvieron; busco tus defectos, inclusive tu tendencia a replicar todo cuanto digo o desafiarme sin temor, pero en ellos existe algo parecido a la humanidad que alguna vez yo perdí —agregó en tono críptico—.
También busqué tus puntos débiles y los detecté con rapidez.
Diría que ya los conozco todos, pero me falta comprobar uno.
Alana tragó saliva. Su pecho subía y bajaba.
La colonia de Rhys llegó a sus fosas nasales mezclada con el toque único de su aroma natural.
Tomarse de las manos, conversar, cenar juntos, ir a eventos y desayunar casi todos los días —como un ritual— antes de ir a la oficina, la habían habituado a su presencia.
Hubo tres días en los que él se marchó de la ciudad.
No recibió ningún mensaje y ninguna llamada.
¿Debió esperar a que eso ocurriera? No. ¿Lo echó de menos? Para bien o mal, sí.
—No me voy a mudar contigo —replicó ella a cambio—.
Me gusta mi independencia y todo este acuerdo tiene fecha de caducidad.
No tendría sentido. Y sobre comprobar o no mis puntos débiles, me da lo mismo; no estoy interesada en darte munición para que tus hipótesis o laberintos mentales se sientan estimulados.
Su cuerpo bullía en una gran mezcla de adrenalina, anhelo y deseo reprimido a propósito por un hombre que debería estar prohibido; con una moral cuestionable y que aparte guardaba secretos. ¿Cuándo se había vuelto impulsiva? ¿Por qué con él?
—Ese tema de la mudanza es secundario y no tengo intención de convencerte de lo contrario si ya has tomado una decisión al respecto —replicó mirándole la boca.
—¿De qué tienes intención de convencerme entonces…? —preguntó en un susurro. Sintió cómo Rhys, a propósito, presionaba la pelvis y la movía contra ella.
—De que me digas la verdad, Alana —dijo llevando la mano que le sostenía ambas mejillas hasta la nuca y la masajeó con movimientos deliberadamente suaves.
Ella tragó saliva. Este hombre le nublaba el raciocinio.
—Sobre qué… —murmuró perdida en esos ojos oscuros y potentes.
—Que me deseas —replicó Rhys con su aplomo y determinación habituales.
—¿Acaso no sugeriste que ya habías saciado tus necesidades con otras? —preguntó con altivez—. No tiene sentido tu comentario. Aunque hayas sido discreto, pues no he escuchado murmuraciones al respecto, me parece un incumpli…
—No lo he hecho. ¿Por qué habría de intentar saciar mis deseos, si quien los provoca eres tú, Alana? —preguntó muy cerca de su boca—. Sabrías si te mintiera.
—Sí. Lo sabría…