Entre espinas y seda escarlata CAPÍTULO 11 #3
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CAPÍTULO 11 #3

—Mi madre puso el grito en el cielo —había murmurado Alana, y bebió de su vaso de Coca-Cola con hielo—.

No tienes idea lo largo que fue su sermón.

Creo que hizo un recorrido de historia americana, la decadencia en Europa y no sé qué otras idioteces —había soltado una risa que mezcló resignación e incredulidad—.

Finalizó diciendo que si continuaba con esta relación ella no iría a mi matrimonio.

Además, intentó poner a papá en mi contra.

No funcionó. Aunque él se mostró sorprendido.

—¿Sí? Mmm, no sé qué vio Darren en tu madre. Lo digo con todo respeto.

Alana había esbozado una sonrisa.

—Son de esos enigmas que jamás me han interesado descifrar. Así que por ahora me libro de que mi madre quiera hacer una cena para conocer a Rhys o crear situaciones de convivencia social con él y conmigo. La considero una gran victoria.

Taylor se había encogido de hombros.

—Déjala que sufra un poco. Sería una lástima que te pierdas la ocasión de verla estresarse por algo más que tu inasistencia a los viajes y reuniones en los que siempre pretende obligarte a participar, aunque seas adulta —había replicado su amiga—.

Por cierto, cuando pasen los dos meses, que no queda mucho tampoco, ¿qué es lo que dirán a los otros?

Porque siempre habrá personas que hagan preguntas. Ya lo sabes.

Alana había hecho una mueca, pues no lo había pensado.

—Él no es de dar explicaciones. Supongo que guardaremos los comentarios para nosotros y con el tiempo la gente perderá interés —había replicado.

—Mmm, ¿estás encariñándote con él? —había preguntado Taylor de repente, elevando ambas manos en un gesto de paz, al notar la expresión ceñuda de Alana—.

Es una simple pregunta, porque han pasado varias semanas.

Y lo que me has contado, además de despotricar de lo insoportable que es, pues también está ese otro detalle…

—¿Qué detalle? —había preguntado Alana cruzándose de brazos.

Taylor había esbozado una sonrisa.

—Aquel relacionado a que te has dado cuenta de que no es tan patán como parecía ni tan hijo de puta como lo pintan.

Y… lo más importante, me parece a mí, y que se trata de las ganas que se tienen, pero intentan resistir —había dicho haciéndole un guiño a su mejor amiga—.

¿O vas a atreverte a negarlo, después de todo lo que hemos hablado esta noche, señorita Pemberton? —había indagado, sonriendo.

Alana se había quedado en silencio un instante.

—Solo tengo que recordar por qué lo detesto —había replicado finalmente.

Taylor soltó una carcajada y volvió a darle al play para seguir viendo Netflix.

—Si eso te convence…

Aquella noche, al volver a casa, Alana no había logrado conciliar el sueño tan bien como hubiera esperado.

La respuesta a la pregunta de Taylor habría sido muy fácil de darla, pero expresarla en voz alta quizá crearía más problemas que tranquilidad en ella.

Porque cuando una idea o pensamiento se verbalizaba o se escribía cobraba cierto poder o impulso.

En este caso, no era lo que ella necesitaba.

Lo que menos buscaba enredaran más enredos en su día a día, consideraba que ya tenía suficientes.

Por otra parte, el aspecto que solía hacerla sentir más nerviosa era cuando Rhys y ella estaban a solas.

No porque se sintiera insegura, todo lo contrario.

Pero a eso le tenía que agregar que la cercanía de Rhys era demasiado abrumadora.

La tensión que se creaba entre los dos durante los trayectos en coche casi parecía robarles el oxígeno.

El aroma sutil del perfume de ella y la piel que su ropa elegante dejaba al descubierto, sumados a la fuerza y el autocontrol que irradiaba la virilidad de Rhys, se mezclaban en un cóctel potente que alteraba sus sentidos.

Los de ambos, en especial porque ahora Alana prestaba mucha más atención a los detalles o pequeños movimientos en él.

Como si se hubiesen estudiado a conciencia a lo largo de ese tiempo, en silencio y también analizado cada rasgo.

Ella, con sus habilidades propias de una abogada.

Él, como un empresario letal e inquisitivo.

De nada servía que pretendieran no notarlo.

Cuando él entrelazara los dedos con los suyos, le resultaba reconfortante, como si Rhys fuese el ancla que Alana necesitaba al rodearse de los grupos conocidos de personas que llevaba tiempo evitando.

En el caso de Rhys, la manera en que ella encajaba a su lado le provocaba cierto rechazo, no hacia Alana, sino hacia esa maldita conexión que no lograba desvanecerse.

Por esa razón, al concluir la noche y dejarla en casa, deliberadamente, él evitaba quedarse más tiempo del necesario en las escalinatas hasta que cerrara la puerta.

No quería repetir la idiotez que estuvo a punto de cometer en la primera salida: querer besarla.

En sus planes jamás contempló que aparte de ser la pieza perfecta para ayudar a Ingrid y reivindicar su apellido, Alana  se hubiera empezado a convertir en una gran tentación.

Él procuraba recordarse que la mujer se rodeada, y se había formado, entre quienes se interponían en sus negocios.

A la par, lo consideraban «menos», porque su ascendencia era irlandesa. «Imbéciles.»

Entre las salidas que tuvieron, sin Ingrid, las más breves consistieron en una rápida cena o detenerse en un local de moda para tomar café en la mañana —antes de ir cada uno a la oficina—, y así dar el mensaje de que pasaban la noche juntos, porque eso era lo «normal».

El asunto del desayuno casi parecía una rutina que ambos disfrutaban de verdad —mas no lo verbalizaban, porque implicaría abrir otro hilo de conversación complicado—.

Ese era el único momento en el que conversaban al menos veinte minutos.

Intercambiaban puntos de vistas que, si no fuese por lo cortos que solían estar de tiempo, habrían dado para quedarse hablando durante horas.

Esas habían sido tres semanas que transcurrieron con la precisión de una coreografía planeada con la rigidez de un comandante alemán.

Alana solía salir con Ingrid y le gustaba ver cómo ella captaba todo con avidez, sabía escuchar y también hacía preguntas afiladas sobre las dudas que surgían.

La visita al taller de un famoso atelier y que tenía convenios con la casa Dior, quizá fue de los momentos más felices para la joven.

Además, durante la exposición en Galerías Pemberton de un artista contemporáneo de origen húngaro, Ingrid habló con gran parte de los invitados a los que Alana iba presentándola.

Ninguna de las personas, algunas estuvieron en la PreGala, le hizo mala cara.

Al contrario, tal como lo había predicho Rhys, al estar junto a Alana se acercaron a Ingrid y le hablaron con calidez fingida, pero no por eso menos útil.

Lo que más le gustó a Alana fue notar que la menor de los Callahan, a medida que iba conociendo a más personas que compartían sus gustos, parecía más segura de sí misma.

Tomaba la iniciativa y permitía fluir las conversaciones.

En cada actividad a la que asistían —estuviesen o no acompañadas por Rhys —, Ingrid era recibida con curiosidad, porque su carisma innato parecía un imán natural.

Algunas de las chicas que conoció ya la habían invitado a ir de compras y le comentaban cuáles serían los próximos eventos de la temporada para que conociera a más gente.

Inclusive intercambiaron números de teléfono para ir a conciertos o fiestas de grandes marcas de ropa y accesorios cuando tuvieran lugar en Boston.

Tal como lo harían con una nueva amiga que era parte del mismo círculo social.

Alana sentía que estaba haciendo un buen trabajo, mientras protegía a su padre.

Eso era lo más importante para ella. Siempre que Darren estuviera lejos del ojo público y su apellido, así como el legado atado a él, quedaran intactos, Alana estaba dispuesta a todo, tal como había demostrado al aceptar el chantaje de Rhys.

Sin importar la cantidad de trabajo o las actividades sociales, ella cumpliría su parte.

Pero nada de aquello la preparó para lo que ocurriría en su siguiente encuentro con Rhys.

—¿Por qué haría semejante tontería? —le preguntó Alana a Rhys. Estaban cenando sushi, después de que él regresara de un viaje corto a Washington D.C. —. No lo haré.

—Porque estamos «prometidos» y vivir juntos sería el curso natural.

De hecho, nos hemos tardado desde que salimos la primera vez a cenar para que nos vieran juntos y la noticia empezara a circular —dijo con simpleza—.

Nuestras agendas siempre están colapsadas y apenas logramos encajar horarios o tiempo.

Así que mudarte a mi mansión de Beacon Hill es la solución más coherente.

La idea no me hace particularmente feliz, porque me gusta mi privacidad.

Tendrás tu propia habitación por si te lo preguntas. Ya te he dicho que mis necesidades…

—Cállate, Rhys, en serio —interrumpió Alana, cabreada y frotándose las sienes.

Ese día habían perdido el caso contra una tabacalera que expropió terrenos de varias familias de granjeros en las afueras de Boston.

El juez había recibido sobornos. Pero era imposible probarlo y eso provocó que, al enterarse después del fallo, todo el equipo de abogados se hubiese sentido robado y estafado—.

Esto no forma parte de lo que firmé. He tenido un día demasiado brutal como para, además, aguantarte.

Si quieres ir a follar a media ciudad, por favor, vete ahora.

No me apetece comer, mientras tú tienes el descaro de traer a colación recordatorios banales —espetó.

Él había esbozado una media sonrisa. Se cruzó de brazos.

—¿Quién dice que no lo he hecho en este tiempo…? —preguntó Rhys.