CAPÍTULO 11 #2
Alana se rio, porque le parecía curioso cómo Rhys se había sentido incómodo por las ocurrencias y frescura que aportaba la hermana en la conversación.
La chica era sincera, natural y extrovertida.
No pretendía ser otra persona para impresionar, así que se había sentido satisfecha de haberle dado su voto.
Sospechaba quién había estado detrás del cambio de actas de las debutantes, pero a esas alturas existía algo más peligroso: Rhys la había chantajeado, existía un contrato de por medio con una amenaza que él cumpliría sin dudarlo, porque se notaba cuánto le importaba Ingrid.
—Supongo que debo considerarme especial de tener este anillo —había respondido Alana siguiendo el hilo, aunque secretamente se sintió complacida de saber que era la única mujer, pretensiones falsas o no, que recibía diamantes de Rhys.
En ese momento, ella había sentido los dedos del magnate masajearle el cuello debajo del cabello con suavidad. Sus terminaciones nerviosas se habían despertado.
—Porque lo eres —había respondido Rhys, instándola a mirarlo.
Alana habría creído en sus palabras si otro hubiera sido el contexto.
—Awww —había interrumpido Ingrid juntando las manos con emoción—.
En serio, no puedo estar más feliz de verte con alguien tan increíble, Rhys.
¿Sabías que Alana destinaba parte de su tiempo, cuando era estudiante, para apuntarse a programas de ayuda de Greenpeace que buscaban reunir esfuerzos y salvar especies en peligro?
No solo eso —había continuado emocionada, sin reparar en las mejillas sonrojadas de Alana—, sino que durante una campaña de Versace la eligieron como imagen local para promocionar un nuevo perfume.
Ella envió las ganancias a los niños con desnutrición de Ghana.
En serio, tenerla en la familia Callahan es lo mejor.
—Si ya has dejado de alabar tanto a mi prometida —había dicho Rhys, serio —, ¿crees que ya podamos continuar con el resto del plan y dirigirnos a la marina?
—Ay, qué aguafiestas. Tú eres quien debería saber todo esto, en lugar de que yo esté contándotelo.
Se nota que aún te falta ensayar tu romanticismo —había dicho Ingrid, y luego se había girado hacia Alana—: Gracias por tenerle paciencia.
Estoy segura de que algo bueno debe existir en él para que hayas aceptado soportarlo.
Alana se había reído a la par de que Rhys la ayudaba con la silla.
Los tres se habían levantado para continuar las actividades de ese sábado.
—Seguramente fue mi alter ego quien aceptó este anillo, porque tal como acabas de comentar, querida Ingrid, tu hermano tiene mucho por aprender —había replicado Alana, sintiendo los firmes dedos de Rhys rodeándole la cintura mientras salían de la cafetería e iban hacia el coche—. Quizá pueda enseñarle un par de cosas.
—O quizá yo pueda enseñártelas a ti —le había dicho Rhys al oído, en un tono bajo antes de que ella subiera al BMW e Ingrid ya estaba dentro—. Ten cuidado.
Alana se había girado mirándolo.
—¿Qué tal te parece saber que te dije la verdad, y que sí voté por tu hermana?
—Las pruebas dicen lo contrario y mi hermana es una persona, como acabas de notar, con demasiada bondad y optimismo en relación a otros —había dicho—. No tengo idea de por qué te ha idealizado tanto o sabe más de ti que yo. Pero da igual.
—Quizá porque te has dado a la tarea de buscar lo malo que existe en mí, porque me ves como la representación de todo lo que detestas en esta sociedad.
En ese instante, Rhys le había tomado el mentón entre los dedos. La electricidad súbita había explotado como fuegos pirotécnicos al celebrar el año nuevo.
—Eres la representación de todo lo que detesto, eso es verdad —había replicado mirándola a los ojos—. Pero, lastimosamente, también de algo diferente.
Alana había sentido un ligero temblor en su cuerpo.
La cercanía de Rhys provocaba toda clase de emociones inconexas, la confundía y también la hacía pensar en la versión que acababa de conocer de él en esa cafetería.
Durante toda la conversación con Ingrid se había mostrado cercano, inclusive se había reído con franqueza —dejándola cautivada—, y la había tratado como si no la odiara, como si de verdad estuvieran en una relación por voluntad propia y no fruto de un chantaje.
—Algo diferente… ¿Como qué? —había preguntado ella en un susurro.
Rhys se había acercado un poco más, acortando la distancia.
—Como algo de lo que probablemente me arrepentiría —había replicado.
Alana, comprendiendo lo que estaba diciéndole Rhys, había interpretado esa frase como un rechazo, asociándola con las palabras y críticas de sus ex.
Aunque él no fuese «real» en su vida sentimental, le escoció e inconscientemente se había mirado a sí misma: vestido de algodón naranja que le llegaba a las rodillas, los tirantes eran finos, escote en V, y sandalias de tacón estilo magnolia en un tono azul oscuro.
—Entiendo, me alegra saberlo —había dicho, apartándole la mano con suavidad. Él la había sujetado de la mano, instándola a mirarlo de nuevo—. ¿Qué…?
—Para ser tan inteligente, me sorprende que no hayas captado el sentido correcto de mis palabras, Alana —había dicho, como si le costara encontrar las palabras.
Algo dentro de él le exigía no ser tan cruel, porque era evidente que ella lo había entendido al revés—.
Mi comentario anterior no tuvo nada que ver con los imbéciles que criticaron tu físico o intentaron menoscabar tu autoestima. ¿Fui claro?
Ella lo había observado unos segundos.
—Entonces, ¿por qué…? —había susurrado.
Rhys había apretado los labios. El que hubiese visto la forma tan natural con la que Alana había tratado a su hermana, la risa afable, las anécdotas que había relatado sobre sus viajes a Europa y su inclinación por coleccionar zapatos —algo que había fascinado a Ingrid—, pero sobre todo observarla con la guardia baja —a diferencia de cómo solía ser cuando estaba a solas con él—, lo había instado a mirarla bajo un cristal distinto.
Continuaba desconfiando de la gente como ella.
Aun así, había sentido la inclinación de hacer un cambio a su intención inicial: ser él quien rompiese las cláusulas del contrato, anunciando que ese compromiso era una farsa y que solo quería demostrar cuán fáciles eran las mujeres de la alta sociedad cuando existía suficiente incentivo en la billetera, aun si ese incentivo tenía que ver con el «dinero nuevo» y los barrios bajos.
Rhys había decidido no ejecutar esa parte, menos después de esa salida.
—Porque este no es un romance, Alana —había replicado—. Las venganzas y chantajes se consideran retorcidos y en absoluto nobles. No confundas los términos o creas que soy algo distinto a un chantajista. Lo hago todo por mi hermana. ¿Bien?
Ella no había respondido, sino tan solo se apartó y subió al coche. Al instante, había iniciado una conversación con Ingrid y procuró ignorar a Rhys el resto del día.
Alana había sentido en aquella ocasión un picor inesperado en los ojos.
Fue bueno recordar que en la línea de guerra estaba su apellido y su profesión.
Sin embargo, no era tan fácil ignorar la cercanía de ese hombre que parecía rodearla en una burbuja invisible, casi protectora, en la que el resto de personas dejaban de cobrar importancia cuando estaban juntos. «¿O quizá ella estaba enloqueciendo?».
La caballerosidad de Rhys, sí existía, solo que el muy tonto pretendía que solo era posible actuar así frente a otras personas.
El detalle estaba en que, cuando la iba a dejar a casa, continuaba siéndolo y ella no necesitaba un sarcasmo para recordarle que era un patán.
¿Por qué? Porque no lo era, sino que procuraba serlo solo con ella.
Por si eso fuera poco, la forma en que sus conversaciones se volvían menos hostiles y fluían más en diferentes tópicos —con una naturalidad como si se hubieran conocido desde hacía mucho tiempo atrás—, la instaban a replantearse sus prioridades.
Por eso buscaba sumergirse en la mayor cantidad de temas laborales para así ocupar su mente.
El inconveniente en esas salidas no había sido la credibilidad de ambos como pareja —no mostraban gestos de afecto en público, porque Rhys no era así y Alana tampoco—, sino negarse a aceptar que el roce de sus cuerpos, la chispa que se encendía y el estremecimiento que recorría la piel de Alana cuando él posaba la mano en su espalda baja, para guiarla alrededor del ambiente en el que se encontraban, parecían cada vez más complicados de ignorar.
Ella sabía que esas sensaciones no podían ser fingidas y, aunque no podría asegurarlo, se atrevía a creer en la hipótesis de que él tampoco era inmune.
Alana experimentaba con él, por primera vez, la dichosa «química innegable» sobre la que Taylor le había hablado en varias ocasiones.
De hecho, después de haberle dado pistas a su mejor amiga —el acertijo suficiente para no incumplir el contrato—, Taylor había llegado a su propia conclusión: que el compromiso era un acuerdo para abrirle puertas a Ingrid en sociedad, después de la humillación que la chica sufrió en la PreGala.
Que se trataba de un intercambio de conveniencia, y que Alana a la par ganaba al conocer ciertos contactos de Rhys que podrían ser de utilidad como potenciales prospectos de clientes a futuro en la firma para la que ella trabajaba.
Alana no corrigió a Taylor, porque consideró que era mejor que creyera esa versión, en lugar de la verdad completa.
Esa era otra capa de protección para Darren.
Por otra parte, su mejor amiga le aseguró que era imposible pensar en que Rhys no sintiera la misma química que Alana.
—No me has dicho nada —había expresado la arquitecta, mientras veían un documental en Netflix un domingo por la noche—. Pero eres excelente dando pistas.
Alana se había reído.