CAPÍTULO 11
Durante las siguientes tres semanas, Alana y Rhys se vieron menos de lo esperado.
Cada uno tenía una agenda distinta y los tiempos de ambos apenas conseguían encajar.
Además, ella estaba en medio de un caso importante y solía quedarse hasta altas horas de la noche en la oficina con el equipo de abogados asignado.
En el caso del magnate, las visitas de supervisión a las obras, reuniones largas con su grupo de expertos y también con la plana de altos ejecutivos de sus dos compañías —la cadena hotelera y la empresa constructora—, se sumaron a un par de viajes a otra ciudad durante el día de los que volvía en helicóptero en la noche.
Aun así, consiguieron que el acuerdo funcionara lo suficiente para concretar tres actividades sociales importantes y con la audiencia que a Rhys le interesaba: los conocidos y amigos de su «prometida».
Esas galas eran la fachada pública, el escaparate donde el círculo de la socialité debía verlos juntos y confirmar que el compromiso era real.
Las demás ocasiones de sus encuentros, en cambio, no fueron eventos grandes, sino reuniones más selectas.
Siempre en zonas que Alana sugería por ser poco concurridas por el público general: espacios ocultos tras una puerta sin cartel, a los que solo se entraba con reserva o contactos.
Un speakeasy , por ejemplo. A Rhys le pareció una elección interesante —ella proponía algunos sitios y él seleccionaba otros—, y así fue como se dio cuenta de lo bien que conocía Alana la ciudad.
En esos lugares circulaba otra clase de personas: contactos más reservados, gente influyente que prefería el bajo perfil.
Tan útiles para los intereses de Rhys como quienes asistían a las galas, aunque por motivos distintos.
Cuando Ingrid supo que su hermano era el prometido de Alana quiso saber todos los detalles, los ojos le brillaron de alegría y saludó a la hermosa mujer con un abrazo como si la conociera de toda la vida.
Esta, en un modo que resultó natural, le devolvió el gesto sonriendo.
Esa espontaneidad provocó que Rhys frunciera el ceño, pues antes del encuentro estuvo tenso ante la posibilidad de una reacción incómoda de Alana debido a la naturaleza extrovertida de Ingrid.
Pero se guardó para sí mismo lo complacido que se sintió de ver a su hermana contenta y hablar tan emocionada sobre los proyectos que tenía en mente cuando empezara a estudiar diseño de modas.
—Mi hermano se tenía guardada esta noticia —había dicho, mientras los tres estaban comiendo un sábado en un precioso restaurante con vista al mar.
Esa había sido la primera reunión para romper el hielo con la joven de dieciocho años—.
Si lo hubiera mencionado antes, quizá me habría ahorrado el horror de esa PreGala, pues habría recurrido a ti, Alana, para contarte las buenas noticias y tú me habrías dicho que se trataba de un error.
Sin embargo, te agradezco el voto de confianza en mí.
Rhys había apretado la mandíbula.
Al notarlo tenso, Alana lo había ignorado y se inclinó para darle una palmadita amable en la mano a Ingrid.
La consideraba una chiquilla encantadora y, además, que sabía muy bien lo que quería.
Así que le había dicho que se alegraba de que hubiera tomado el micrófono aquella noche y hubiese expresado lo que cruzaba por su mente.
—Tú mejor que nadie sabes que Rhys es un hombre bastante hermético, así que por eso prefirió fingir que no nos conocíamos —había replicado siguiendo el guion pactado—.
Estábamos tratando de encontrar el día adecuado para verte y conversarlo.
Sé lo mucho que Rhys se preocupa por ti.
Ayer estuvimos con Craig y le pedimos que no te comentara nada, porque queríamos decírtelo personalmente.
—¿Cuál voto de confianza? —había preguntado el magnate, un poco hostil.
Alana había intentado contestar, pero Ingrid se adelantó.
—Conocí a Alana por una casualidad —había expresado la joven en tono alegre mirando a su hermano mayor—, mientras ella salía de una iglesia y yo estaba caminando por esa área.
La reconocí, ¿cómo no hacerlo cuando es una de las personas que tiene gran estilo al vestir y su reputación en Boston es la de una mujer que procura siempre darle un poco de tiempo a otros, aunque esté ocupada?
En todo caso, el asunto es que me acerqué a ella y le conté mis planes e intenciones de colaborar con las actividades que hacen las debutantes cada año; también que me postularía y que esperaba que no me rechazaran como lo hicieron la ocasión anterior, y con justa razón: no tenía la edad adecuada.
Ella no tenía por qué detenerse para atender a una persona extraña que la abordó de repente; sin embargo, tuvo la amabilidad de hacerlo.
Rhys había tomado un sorbo de café y miró brevemente a Alana.
—Ah, ¿y qué te respondió, ella? —había preguntado Rhys, pensando que Ingrid, siendo tan franca como siempre, le confesaría que Alana le habría dicho que no podía garantizarle el acceso o que confiaba en que sería una buena candidata, pero que no podría ayudarla—.
Porque tengo entendido que era parte del comité… ¿No?
Ingrid había esbozado una sonrisa.
Alana se contuvo de mirarlo con fastidio.
—¡Me prometió que me daría su voto! Y sé que lo hizo —había respondido, mientras se llevaba a la boca un pedazo de torta de chocolate—, porque una de las chicas, Ninette, la única a la que considero una de mis amigas, logró leer la lista.
Ella tiene sus modos. Por eso, la situación de aquella noche me pareció ofensiva y confusa.
Alguien debió hacer modificaciones de último minuto. Porque Ninette no mentiría.
Rhys se había recostado contra el asiento. El brazo izquierdo sobre el respaldo de la silla de Alana. Ingrid se había ubicado frente a los dos para hablar más a gusto.
—No me digas. Qué dato tan interesante —había comentado Rhys—.
Supongo que Alana no es culpable de lo que te ocurrió, sino que otra persona cometió un error.
Sin embargo, el daño causado existe y, a veces, cuando te asocias con personas equivocadas también te manchas las manos y eres responsable del error.
—Qué interesante, Rhys, ¿tú, reconociendo un error? —había preguntado Alana—. Creo que desde que estamos juntos he ejercido buena influencia en ti.
Ingrid se había reído.
—Claro que lo eres —había intervenido, complacida—. Mi hermano es bastante tozudo y necio, pero tiene un gran corazón. Él no te culparía por lo ocurrido. O si no, tú no tendrías su anillo que, por cierto, está precioso. Estoy feliz por los dos.
—Supongo que Rhys es bastante discreto con sus gestos filantrópicos, porque jamás me ha contado de alguno en particular —había replicado Alana en un tono de mofa que solo el multimillonario podía comprender—.
En todo caso, me alegra verte otra vez y que finalmente podamos contar el secreto de que estábamos saliendo juntos.
Bueno y que estamos prometidos —había sonreído—.
Además, le pedí a Rhys que quería verte, porque tengo una propuesta para ti. Algo mejor que ser debutante.
Los ojos de Ingrid se habían abierto de par en par, asombrados.
—¡Ohhh! Quiero saberlo todo, cuéntame, por favor.
Alana se había reído al escucharla, mientras Rhys, sin ser consciente, acariciaba distraídamente el cabello sedoso peinado en una media coleta de la mujer a su lado.
—Ser debutante no ocurrirá, no porque no lo merezcas, sino porque existen vías más idóneas para que colabores con las ideas que me dijiste aquella mañana —había comentado Alana—.
Voy a organizar una lista de eventos pequeños y medianos, pero muy importantes, para que me acompañes.
Principalmente temas de moda: diseñadores, distribuidores, escuelas de modelaje, exposiciones exclusivas, ¿qué tal?
Ingrid se había levantado de la silla, había rodeado la mesa y abrazado a Alana.
—Gracias, eres un sol —había murmurado—. Eso es muy generoso de tu parte. No sabes la ilusión que me hará ir contigo y conversar de todo un poco, pero también poder adentrarme en ese mundo especial que solo alguien como tú conoce.
—Lo hago encantada, Ingrid —había replicado Alana sonriendo y dándole una caricia en el brazo a modo de reafirmación—. Si algo se te ocurre o ves en la prensa algo que te interese, llámame —habían intercambiado números— y lo coordinamos.
Ingrid había regresado a su silla y mirado a su hermano que estaba callado.
—Ya sé que eres taciturno y, para ser sincera, no sé qué hiciste para conquistar a alguien tan genial como Alana, si siempre traes esa cara de gruñón —había dicho.
Alana había soltado una carcajada.
—Quizá tengo un lado más amable y lo muestro en persona, sin público —había replicado Rhys enarcando una ceja—.
Craig está al corriente del compromiso. Como acabo de decirte no tenemos fecha decidida, así que procura no insistir en ello.
Cuando tengamos más detalles probablemente te los contaremos. ¿De acuerdo?
La chica había hecho una mueca.
—Está bien, Rhys, está bien… Pero al menos le compraste un anillo especial —había comentado Ingrid—.
En alguna ocasión nos comentaste a Craig y a mí, que a las mujeres que son una aventura les regalas topacios, pero a las que merecen la pena el esfuerzo, el tiempo y la inversión: diamantes. Y ella es la única mujer a la que…
—Si quisiera que analizaras todo lo que digo, Ingrid, te habría pedido que en lugar de diseño de modas consideraras estudiar psicología —había interrumpido él.