CAPÍTULO 10 #5
Aquiles se carcajeó. Luego agarró un cigarrillo y dio varias caladas.
—Nah, los recuerdos que han estado llegando a mi mente tan desdibujados me harían quedar como un idiota si empiezo a contarle una anécdota y luego no sé cómo acabarla… —había contestado dejando el cigarrillo y luego bebiendo café.
—Todos tienen defectos —había dicho Alana de buen humor—. Además, no necesita hablarle de su pasado. Le puede contar sobre su presente: el trabajo que tiene como vendedor en un taller de coches y lo bien que se la pasa. ¿Qué tal eso?
—Ah, muchachita, el amor es un arma de doble filo.
—Supongo que sí, pero es imposible destruirlo cuando es real —había dicho ella con convicción—. No creo que todas las personas tengan el privilegio de amar.
Aquiles había sonreído cínicamente.
—En los jóvenes todo es optimismo —había expresado meneando la cabeza—, pero en los viejos, como yo, vemos la realidad de otra manera.
Solo prométame que, cuando se enamore, me va a presentar al dechado de virtudes que eligió.
De eso dependerá que utilice un cuchillo o quizá le ofrezca una taza de café.
Alana se rio.
—Primero tendrá que pasar la prueba más importante: la mía.
Luego la de mis padres, mi madre especialmente —había comentado—.
Aparte, con la amenaza que acaba de hacer, no sé si sea conveniente traerlo.
—Aquiles se había encogido de hombros—. Con usted puedo hablar de todos los temas: política, economía, crímenes, libros, leyes.
¿Está seguro de que no recuerda nada sobre su profesión?
—No, Lani —había dicho con un suspiro—. Solo sé que vendía en la distribuidora y que era el encargado de cerrar, hacer el arqueo de caja, y luego me iba.
Creo que me conviene más vivir como ahora: sin recordar mucho, y lo poco que llega a mí no es nada fatalista.
He hecho nuevos amigos. Ya tengo un piso.
He comprobado que no tengo familia, porque mis padres murieron, soy hijo único, y si acaso tuviese un familiar lejano, no tengo idea de si quisiera relacionarse con alguien anticuado.
Alana había mirado su reloj. Luego movió la pieza en el tablero de ajedrez.
—Jaque mate, Aquiles —había dicho con una sonrisa triunfal.
—Ahhh, usted es demasiado lista, Lani. Demasiado lista. Será una abogada excepcional. En lugar de derecho corporativo, ¿qué tal si elige derecho penal?
—Me parece muy arriesgado y no tengo ganas de defender criminales o que alguno me chantajee si no tomo su caso —había respondido con franqueza—.
Prefiero el ámbito corporativo, porque puedo ayudar con las gestiones familiares.
Por cierto, ya ha pasado mucho tiempo desde que nos conocemos, Aquiles.
Prefiero que me tutee. Yo no podría, porque siento que sería una falta de respeto. ¿Le parece bien?
Él había hecho una mueca y luego asintió.
—El próximo domingo hay partido de fútbol. Lo veremos en la casa del inquilino del piso A9. Sé que no te gusta ese deporte, así que si prefieres no venir…
—Me iré de viaje fuera de la ciudad —había replicado, mientras agarraba su bolsa—. Pero le prometo que traeré, como ya es habitual si viajo, un souvenir.
—Si hubiera tenido una hija, me habría gustado mucho que fuese tan lista y decente como tú, Lani —había expresado el hombre en tono meditabundo.
—Gracias, lo tomo como un cumplido —había replicado ella.
—No es un cumplido, sino la verdad. ¡Buen viaje, Lani! Disfruta y mira si logras pescar un novio también —había dicho con una risotada, mientras Alana salía.
En ninguna de esas conversaciones, a lo largo del tiempo, Alana sospechó que Aquiles era mucho más que un hombre que parecía conocer el mundo.
Él atribuía todo eso a las lecturas que llenaban su día a día, después del trabajo, así como a los documentales que solía ver en algunas plataformas digitales.
De hecho, a ella le parecía una persona extremadamente inteligente y con una articulación verbal excelente.
Consideraba una lástima que no pudiera recordar tantas cosas de su vida, pues sabía que esa era una de las mayores frustraciones de su amigo.
Ella procuraba no dejar de visitarlo, pero a medida que transcurrían los años, su trabajo y su vida en general demandaban más de su tiempo.
Por eso, cuando tenía un espacio los domingos, no dudaba en acudir durante dos o tres horas a charlar con ese amigo que había conocido en una situación catastrófica.
«A veces la vida pone a las personas correctas, en los momentos menos pensados», solía pensar Alana al reflexionar sobre lo extraño que podía ser el destino.
Jamás habría podido vislumbrar que Aquiles, sin planearlo, también cambiaría su vida con el paso del tiempo.
A pesar de que, en lugar de salvarla, pondría su mundo en un abismo en el que ella tendría un pie delante del vacío y otro firme sobre una cumbre de piedras.
Que quedaría vulnerable y se convertiría en la encarnación de la balanza de la justicia de su propia vida.
Porque la decisión final no sería fácil de tomar.