CAPÍTULO 10 #4
Los siguientes días, hasta que Aquiles se recuperó, Alana fue a visitarlo en las noches junto a Taylor.
El hombre les contó que trabajaba como vendedor en una distribuidora de licores y ganaba comisiones por ello.
En la noche del atraco él estaba cerrando caja cuando le dispararon, nada más salir a la calle.
Les dijo que cayó de inmediato al piso como peso muerto por los impactos de bala y no logró moverse.
Además, les explicó que durante un rato permaneció en absoluto silencio, sin quejarse, por si quienes le dispararon estaban esperando a comprobar si continuaba con vida.
Él calculó unos cinco minutos en ese estado y luego levantó la cabeza.
Al no ver a nadie —ni siquiera acercándose a ayudarlo—, decidió reptar como mejor pudo para salir de ese lugar…
Y logró cruzar dos callejones, pero en el último —que era en el que Alana lo encontró— sus fuerzas flaquearon y se dejó caer al suelo, sin esperanzas.
La última noche, Taylor ya no pudo asistir, porque tenía un viaje a Nueva York. Pero mantuvo la promesa a su mejor amiga de que, después de la primera noche del suceso —sumada a las visitas—, ya no hablarían más del tema. Sería su gran secreto.
Alana había notado, en las breves interacciones con Aquiles, que este parecía distraído o hablar pero súbitamente perdía el hilo de lo que iba a decir y cambiaba de tema. A ella no le había parecido tan normal. «¿O el hombre sufría de Alzheimer?».
—Aquiles —dijo el día previo a que le dieran el alta—, sé que no es de mi incumbencia y no quiero ser imprudente. Pero… ¿Sufre alguna condición médica?
El hombre la había observado un instante y asintió levemente.
—El doctor me ha diagnosticado amnesia lacunar de origen traumático.
Eso significa que tengo lagunas en la memoria y hechos que me llegan de forma fragmentada…
Supongo que a raíz del golpe en la cabeza al caerme…
Antes no, no sufría de nada —dijo—. No sé en dónde está mi documentación…
Ni dónde vivo. La buena noticia es que sí recuerdo qué año es y mi nombre —sonrió sin alegría—.
Alguna otra cosa he de recordar. Ha sido una situación tan brutal como agónica…
Alana consideró que debería cortar el vínculo y dejar que interviniera la policía, o alguien; en realidad no tenía idea de cómo proceder.
Sin embargo, conocía a la propietaria de un edificio, cuyo alquiler era bastante asequible.
Quizá podría llamarla para hablar sobre este caso en específico y pedirle que considerara que Aquiles viviese en uno de sus pisos durante un tiempo, hasta que fuese recuperando la memoria.
O quizá, si resultaba ser un buen inquilino, inclusive podría quedarse más tiempo.
—Lo entiendo, pero me alegro de que haya sobrevivido, Aquiles —dijo Alana.
—Gracias a usted. Le debo la vida y eso jamás voy a olvidarlo —sonrió.
Ella se rio por la ironía del comentario.
—Mañana le darán el alta médica —dijo la joven—. Puedo buscarle un…
—Las lagunas mentales no incluyen, menos mal, recordar mi número de cuenta bancaria —interrumpió el hombre con amabilidad—. Solo tengo que gestionar el proceso para obtener mis papeles de identificación y el resto de seguro va a fluir.
—Le puedo ofrecer un lugar para alquilar —expresó Alana—.
No sé si tenga el presupuesto, lo digo sin ofenderlo, pero es un área sencilla de la ciudad.
La dueña del edificio —este lugar sí que tiene un ascensor funcional—, colabora conmigo en jornadas para ayudar a niños en situación de orfandad y pobreza.
Así que podría hablarle de usted, apenas tenga sus documentos en regla, para que lo ayude. ¿Qué tal?
El hombre esbozó una sonrisa agradecida. Sus dientes delanteros estaban rotos a la mitad. Esa clase de arreglos costaba una fortuna. Pero él se conformaba con tener la capacidad de comer con el resto de dientes, hasta encontrar un buen dentista.
—Usted es un ángel, Alana. Si no me hubiera ayudado…
Ella hizo una negación y puso la mano sobre la de él.
—Solo soy una mujer un poco imprudente y que tuvo suerte de que usted no fuese un asesino fingiendo estar herido para matarme —sonrió, y Aquiles se rio—.
Le dejaré mi número de móvil. De verdad, considere mi oferta, y cuando esté todo en orden llámeme para organizar el tema de la vivienda.
Al menos, hasta que logre recordar más detalles y si acaso tiene familiares a los que, por ahora, no recuerda.
Él hizo un asentimiento. La miró con franqueza.
—Gracias, Alana. Quizá, algún día, pueda devolverle de alguna manera el gran favor que me ha hecho al haberse arriesgado a darme, literalmente, una mano.
Alana había investigado, después de que él le hablara del diagnóstico médico, en profundidad sobre el padecimiento relacionado a la memoria.
Al parecer se trataba de esperar y dejar pasar el tiempo para que las lagunas mentales fuesen borrándose y existiera un progreso paulatino, pero sostenido.
No era un escenario en el que pudiera aplicarse a una medicina específica o manipulación para que la memoria se agilizara.
Desde que Aquiles obtuvo su documento de identidad, recuperó sus cuentas bancarias y alquiló el piso de la amiga de Alana, la amistad de ellos se volvió casi un ritual de conversaciones.
El hombre, aunque a veces confundía fechas o hechos o se quedaba de repente en silencio antes de terminar una historia, la veía como la hija que nunca tuvo.
Recordó que se había divorciado dos veces, pero no tenía interés en buscar a sus exesposas para que le contaran qué ocurrió en esos años de su vida.
Alana estudiaba en el college de Harvard, preparándose para luego entrar a la Facultad de Leyes, y casi no tenía mucho tiempo libre de lunes a viernes.
Así que acordó con Aquiles que lo visitaría todos los domingos, a menos que tuviera demasiado por estudiar, alguna actividad familiar o viajes.
Poco a poco, el vínculo entre ellos fue estrechándose.
Las conversaciones eran largas, amenas y entretenidas.
El hombre sabía mucho de asuntos legales y eso la sorprendía, pues no contaba —según Aquiles— con una titulación en leyes, sino en economía.
Con el paso de las semanas y meses, las visitas a Aquiles se convirtieron en un momento en el que ella podía expresarse libremente sin ser juzgada, podía quejarse o expresar sus dudas —tampoco era un libro abierto, claro, mantenía sus reservas como estaba segura de que Aquiles también guardaba las propias— y no necesitaba usar una máscara.
Podía relajarse. El hombre había ido poco a poco recordando más cosas, pero, en general, se frustraba al no poder mantener el libreto completo en algunos temas al charlar.
Los meses dieron paso a años. La confianza entre ambos se afianzó.
Alana lo consideraba como aquel tío ocurrente, gruñón e irreverente que solía existir en casi todas las familias.
Aunque no en la de los Pemberton. Así que entre jugar una partida de ajedrez, charlar tomando café o debatir sobre algún tema en específico, las dos horas que ella lo visitaba se pasaban muy rápido.
El hombre le comentó en uno de esos domingos que se sentía agradecido de que fuese su amiga, a pesar de que él era un viejo cascarrabias que despotricaba contra el sistema y era intolerante a las banalidades.
Ella le respondió que los puntos de vista que él le ofrecía, al conversar, le servían mucho para afilar sus argumentos como abogada, porque Aquiles no utilizaba filtros ni decía lo políticamente correcto.
Él solo se encogía de hombros y cambiaba el tema, pues era de las personas a las que los halagos no les sentaban bien.
—Bueno, quizá le falta un poco de amor en su vida, Aquiles —le había dicho ella una mañana—.
Saphire lleva viuda desde hace unos años.
—Él había fruncido el ceño, porque no le sonaba de nada el nombre—.
Su vecina de enfrente, la que siempre viene a traerle comida con la excusa de que está probando nuevas recetas, parece bastante interesada en ser más que amigos. ¿Por qué no la invita a salir un día?
Él se había cruzado de brazos y ladeado la cabeza, pensativo.
—Mmmm. La mujer cocina fatal —había replicado—. Creo que si las balas de aquella noche no me mataron, lo más probable es que sí lo haga esa comida. Uggg.
Alana había soltado una risa franca y sonora.
En alguna ocasión, le había sugerido que buscara quizá un lugar rodeado de una vida social más versátil con otros adultos mayores, en lugar de continuar viviendo en el edificio al que se había mudado al salir del hospital.
Pero Aquiles le había dicho que prefería un perfil bajo y que solía ser más alérgico a las personas de lo que ella pensaba. Alana no había insistido.
—Saphire es un amor. Lleva cinco años viuda y tiene su misma edad.
¿Qué tal si lo intenta? —había preguntado Alana—.
Mantendremos nuestro ritual de los domingos, tal como acordamos, pero no me importaría invitar a una amiga suya.
Inclusive yo podría servir como intermediaria para que su mal humor no la ahuyente.