Entre espinas y seda escarlata CAPÍTULO 10 #3
46%

CAPÍTULO 10 #3

Alana prefirió mantenerse lejos y no dar pasos en falso, pues ignoraba si él tenía un arma.

En la posición en que se hallaba, el hombre podría agarrarle las pantorrillas y hacerla caer o inclusive lastimar a Leonna.

Alana miró cómo el desconocido se movió con esfuerzo, pero en esta ocasión el gemido de dolor fue más agudo.

Se arrastró hasta que el cuerpo estuvo más cerca de la acera, pero aún no fuera del callejón.

Ella pudo verle mejor el rostro. Tenía una cicatriz profunda en la frente.

—Yo… ¿Puede ponerse de pie? —indagó, nerviosa. No sabía qué más hacer o decir, pero era consciente de que la pregunta que acababa de decir era absurda.

—¿Tiene la capacidad de sostenerse lo suficiente para incorporarse?

—intervino Leonna, su voz sonaba más firme y segura—.

Si hace algo que podría parecer sospechoso, tenga la seguridad de que llamaré a la policía y le echaré gas pimienta —dijo sacando el espray de la cartera. Siempre lo llevaba consigo donde sea.

—No… Escuchen … No voy a hacerles daño —susurró muy débil—. Solo denme la mano… He perdido mucha sangre. Siento que voy a desmayarme…

Alana tenía dos opciones. Irse y dejarlo atrás para que el universo decidiera la suerte de él.

O bien ayudarlo para que estuviera por completo en la acera, pues solo así podría verlo mejor e intentar —quizá— hacer un torniquete donde sangraba.

No creía que Leonna estuviese entrenada en primeros auxilios o ya habría hecho algo al respecto.

Las dos mujeres se miraron en ese instante. Leonna hizo un asentimiento.

Alana extendió la mano y él la tomó. Pero se soltaron al instante debido a que estaba resbaladiza por la sangre, pues el hombre estuvo presionándose la herida para evitar desangrarse.

Alana se miró los dedos sucios con el líquido viscoso.

La recorrió un temblor fruto del shock. En cuatro intentos más, él logró quedarse al fin lejos del callejón.

La luz de la farola, que estaba algo lejana, apenas le iluminaba el rostro.

Las manos de Alana temblaron un poco al agarrar los kleenex que le ofreció Leonna, para que se limpiara las manos, y sin querer se ensució la ropa. Esta escena era un caos.

—¿Qué le pasó? —preguntó Leonna en un murmullo—. Voy a llamar al 911.

—Sí… —replicó él acostado en la dura superficie. Con los ojos cerrados.

—¿O tiene algún familiar? ¿Quizá tiene un contacto de emergencia en el móvil? —preguntó Alanna a continuación. Él tosió e hizo una negación con suavidad.

—No tengo a nadie en quien pueda confiar, no tengo teléfono…

—¿Dónde está herido? —pregunto Leonna.

—Un disparo en el abdomen, en la pierna y cerca de la clavícula… Me partí varios dientes… Estoy lleno de sangre… —se quejó—. No quiero morirme… 911…

Alana necesitaba pensar con rapidez. Si llamaba a emergencias, tal como había sido su primera opción y lo sugerido por Leonna, pues ahora tenía sangre en las manos, le empezarían a hacer preguntas, llegaría la policía, y si el hombre decía que tenía heridas de bala, todo sería peor.

Aparte tendría que llamar a su padre y este, debido a la situación, no dejaría de hablarlo con Sandy.

Su madre crearía un alboroto si se enteraba de que una Pemberton estaba involucrada en un sórdido evento.

«¿Cómo le explicaría que no le parecía bien dejar morir a una persona? ». Imposible.

—Yo llamaré… —empezó Leonna, decidida, y sacó el móvil.

—No, yo me encargo. Deme un momento. No me deje sola, por favor —susurró Alana.

La mujer miró el reloj—. Conozco a una persona que puede resolver esto sin involucrar a las autoridades, porque…

Porque mi familia es muy conocida en la ciudad y sería un gran problema para mí si se llegase a filtrar mi identidad —dijo.

Leonna hizo una mueca.

—Esta clase de situaciones se manejan con la policía —refutó.

—Por favor… —pidió Alana de nuevo.

—Como quieras, pero no me vas a meter en este embrollo. Te acompañé porque pudiste estar en gran peligro, mas no te conozco de nada y si te quieres hacer cargo de esta situación ya queda en tus manos —dijo con la intención de irse.

—Espere —dijo Alana. De inmediato hizo lo que consideró menos problemático: llamó a Taylor.

Su amiga respondió al instante y le pidió que le diera la ubicación.

Alana abrió el Google Maps —tragó saliva al ver cómo manchaba la pantalla con los dedos— y le envió la dirección.

Le pidió a Taylor que se diera prisa —. Listo —agregó cerrando el teléfono y mirando a Leonna—.

Una amiga organizará el traslado sin costo.

No sabemos si él cuenta con un seguro médico. ¿Se quedará…?

La mujer hizo una mueca, poco convencida.

—De acuerdo… Te acompañaré hasta que venga tu amiga. Si no llega pronto, entonces llamaré a la policía —expresó la mujer. No eran amigas y eso estaba claro.

Alana murmuró un agradecimiento y luego bajó la mirada hacia el hombre.

—¿Cuál es su nombre, señor? —preguntó ella—. ¿Intentaron robarle?

—Aquiles… —susurró—. Sí… Quisieron robarme… ¿Traerán ayuda?

—Claro que sí —replicó Alana—. No tengo ningún recurso a la mano para darle algo de tomar. No sé primeros auxilios… Siento mucho lo que le ha pasado.

—Son los riesgos de trabajar de noche… —tosió y luego soltó un gemido de dolor—. Los turnos… Los turnos del día son menos riesgosos, pero mal pagados.

Ella contaba los segundos para que apareciera su mejor amiga.

Al cabo de veinte cruciales minutos llegó Taylor y, a la vez, Leonna se marchó deseándoles buena suerte. La mujer prefirió no involucrarse más en algo ajeno.

Entre las dos amigas acordaron que lo mejor sería llevar al hombre a una clínica en la que ellas, por sus apellidos, no pudieran ser reconocidas.

Un amigo del hermano de Taylor era dueño de un centro médico y también, claro, atendía emergencias.

Pronto, la ambulancia llegó y el personal fue eficiente para trasladar al herido.

No se presentó la policía, ya que nadie denunció el hecho.

Taylor le aseguró a Alana que el amigo de su hermano pasaría esta situación con perfil bajo, a pesar de que se tratara de un herido de bala.

Alana estaba manchada de sangre; se sentía asqueada y asustada.

Cuando entraron al centro médico, al haber sido Alana quien encontró al hombre, tuvo que identificarse.

No quedó de otro modo, pero lo hizo bajo la promesa de que su identidad jamás se filtraría.

Todo sucedió de forma muy discreta. Y esa noche, ella reconoció el privilegio de tener los contactos correctos en los momentos necesarios.

Si no fuese por Taylor, que estaba siendo muy racional y pragmática, Alana no sabría qué habría sido de ella esa noche.

Lo que había empezado como un día entretenido y una velada interesante con alguien atractivo, terminó en un desastre.

La adrenalina, mezclada con el miedo, la incertidumbre, el peligro y la sangre de un hombre moribundo, resultó demasiado para una sola noche.

Una enfermera asistió a Alana tomándole la presión y los signos vitales.

Le dio un tranquilizante para que dejara de temblar, no de frío, sino porque su cuerpo por fin parecía reaccionar.

Taylor estuvo a su lado y llamó a su chofer para que le llevara ropa.

Después de un rato, Alana guardó sus prendas ensangrentadas en una bolsa desechable, se lavó las manos para limpiarse la sangre en el pequeño cuarto de baño.

Miró a su mejor amiga y esta le dio un gran abrazo diciéndole que había sido temeraria, pero salvó una vida.

—¿Saldrá bien de la operación? —preguntó Alana a uno de los médicos, en referencia a Aquiles—. Me comentó que tenía varias heridas y sangró muchísimo.

—Solo puedo responder a familiares cercanos, pero dado que el señor comentó que no tenía a nadie y que usted era la persona que lo ayudó —sumado a que el dueño de la clínica es también un gran amigo—, le diré la verdad.

Perdió bastante sangre y para alguien de sesenta y cuatro años es crítico.

Está en la mesa de operaciones, estable según entiendo, pero no saldrá hasta dentro de unas horas.

Si desea desentenderse de todo esto, lo puede hacer ahora mismo. Aquí termina todo.

Taylor iba a aceptar y marcharse, pero Alana le sostuvo la mano y negó.

—¿Podríamos venir mañana de visita?

El doctor se rascó la cabeza.

—En la noche, mañana, tengo guardia de nuevo. Durante el día nadie va a poder atenderlas sin requerir más información de la que ustedes quieren dar —dijo.

Las dos amigas se marcharon. Alana llamó a su madre para decirle que iba a quedarse a dormir en casa de Taylor, porque ya era muy tarde y prefería quedarse a cotillear un rato más sin la prisa por volver; Sandy tan solo le pidió que no se quedara despierta hasta tan tarde porque le saldrían arrugas. Alana ignoró ese comentario.

La ropa con sangre la dejaron en la bolsa de desechos tóxicos del hospital, y luego fueron a descansar a casa de Taylor.

Aunque la única que consiguió dormir fue esta última, pues Alana tuvo pesadillas sobre la sangre, el impacto de ver a un hombre moribundo y verse las manos ensangrentadas.

Tampoco le sirvió de mucho que la escena previa a la situación hubiera sido el imbécil del escocés comprando cocaína, como quien iba a comer hamburguesas por el drive-through. No quería saber más de él.