Entre espinas y seda escarlata CAPÍTULO 10 #2
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CAPÍTULO 10 #2

—¡Ufff! ¿Qué tal si hubieras pensado en eso, en lugar de comprar drogas?

Solo a un subnormal se le ocurre esta imprudencia.

¡Paga lo que les debes o regrésales la mercadería!

—exclamó agarrando la bolsita y agitándola.

Con una mano, él se la arrancó de las manos para guardarla en el bolsillo izquierdo de la camisa—.

Detente. Quiero que detengas este Ferrari.

¡Hazlo! No quiero saber de ti ni tus adicciones.

Kiernan estaba sudando frío, porque tenía miedo. Lo que hizo fue estúpido, sí, pero llevaba días sin consumir y no creía que pudiera continuar sin volver a probar aunque fuese un gramo de cocaína. Por eso les había escrito a sus usuales vendedores.

—No sé en dónde estamos, Alana —dijo exasperado—. Puedo ir a la casa de un amigo y guardar el coche en el garaje. Contamos con ventaja y estaremos seguros.

—No —zanjó ella, no quería asociarse con esta situación—.

Déjame fuera de este enredo, Kiernan, porque no es mi asunto.

¿Acaso crees que burlándolos, ellos se darán por vencidos?

Me basta el sentido común para saber que si hoy no te encuentran, lo harán cuando menos lo esperes.

La gente de las calles vive y muere por la ley de quien tenga el mando.

¿Cómo pretendes pasar la carrera de leyes haciendo imbecilidades?

—preguntó. Nunca en su vida había maldecido tanto como esa noche.

Cruzaron hasta una zona cercana al centro.

A pesar de la insistencia de Alana, Kiernan continuó y no detuvo la marcha.

—Soy más listo que ellos —replicó con arrogancia—. El coche que traen no tiene la misma velocidad. Además, tengo dos proveedores, no solo esos estafadores.

—¿Quieres que te felicite? —preguntó con hastío—. ¡Para el maldito coche!

Atravesaron el puente de Congress Street.

A los pocos minutos, él detuvo el automóvil en la acera más cercana.

El frenazo los impulsó a ambos hacia adelante con un rebote fuerte.

—Pues entonces bájate y que te vaya bien —dijo él—. Estoy tratando de darte una salida, pero tú prefieres quedarte en donde sea que nos encontremos ahora.

—Jamás debiste meterme en esto para empezar, Kiernan. No solo has sido egoísta, sino también un tonto. Busca ayuda —replicó ella abriendo la puerta.

Empezó a caminar con rapidez y el Ferrari se alejó chirriando las llantas.

Alana maldijo en silencio. La zona en la que estaba parecía ser de estudios y oficinas empresariales, pero no de lujo, sino más bien de tipo estándar o medio.

«Menos mal aquí no se siente amenazante o peligroso», pensó, aunque la incertidumbre y el enfado que sentía por la imprudencia de Kiernan no acababan de disolverse.

Notó que en algunos edificios, en un par de pisos, aún quedaban luces encendidas.

Ella asumía que quizá era el personal que se dedicaba a la limpieza, pues a esa hora ya nadie trabajaba, y así podían moverse alrededor sin que les ensuciaran de nuevo lo que dejaban limpio.

Su andar era rápido y miraba a todos lados, como si la estuvieran persiguiendo; su corazón continuaba acelerado.

Sacó el móvil y le envió un mensaje a Taylor contándole en pocas palabras lo que acababa de ocurrir.

Le aseguró que, aparentemente, estaba bien.

Y que iba a tratar de encontrar un lugar público e iluminado para regresar a casa.

Su mejor amiga no respondió el mensaje, pero Alana sabía que más pronto que tarde lo haría o si no, le tocaría llamarla e interrumpir el momento familiar que estaba viviendo al ir a ver a sus seres queridos al aeropuerto.

Alana buscaba un sitio al estilo de un Cumberland Farms —el equivalente a un 7 Eleven en Boston—, porque eran tiendas que atendían las veinticuatro horas.

Así tendría un espacio iluminado, pediría un café caliente y llamaría un Uber.

Prefería eso a quedarse en la vereda sola, en especial si la temperatura era 2 grados Celsius.

Se arrebujó en su abrigo y se ajustó la bufanda.

Anduvo con celeridad casi cinco minutos cuando finalmente vio un CVS.

Soltó una exhalación. Eso era mejor de lo esperado.

Se dirigió hacia el letrero brillante rojo con blanco.

Estaba a solo tres cuadras de distancia.

Cruzó la calle y sostuvo un ritmo de caminata que le provocó calor.

Cuando iba a girar en la última cuadra, escuchó un ruido agónico.

Se paró en seco, porque parecía un animal herido.

Frunció el ceño, pero procuró no prestar mayor atención.

No era su asunto. Luego volvió a escuchar lo que parecían gemidos de dolor entremezclados con un balbuceo.

«No eres detective, Alana. Así que continúa tu camino para regresar a casa», pensó sin detenerse.

No podría llamar a su madre o a su padre a contarles que estaba en alguna parte del centro de Boston, después de haberse ido con un chico —porque le pareció guapo— y que se detuvieron a comprar cocaína.

Sandy habría puesto el grito en el cielo.

No sabría cuál habría sido la respuesta de su padre, pero de seguro no iba a felicitarla ni darle palabras reconfortantes.

«¿Qué iba a responderles?». Prefirió arreglárselas sola, además le quedaba poco para llegar al CVS.

El quejido débil continuó, pero esta vez parecía como un clamor de ayuda.

Si los alrededores hubieran estado más llenos, quizá Alana no habría escuchado nada.

Estaba ante el típico caso de las películas de terror en el que todos los espectadores le gritaban al protagonista, desde sus butacas, que no se le ocurriese ir a comprobar qué estaba sucediendo.

El problema con Alana era que solía seguir sus corazonadas, a pesar del peligro, o quizá a su edad era un poco ingenua o quizá algo idealista o tonta.

No como Kiernan, eso seguro. Así que decidió ralentizar el paso, aunque en ningún instante dejó de mirar de un lado a otro, alerta.

No era la única deambulando en esa zona, quizá había unas cuantas personas por ahí, pero cada cual en su propio rollo.

Se dirigió hacia el sitio del que surgían los sonidos ininteligibles.

«¿Estás de broma? Alana, no eres Dennis Lehane y esto no es Mystic River, así que no tienes que resolver ningún misterio», le gritó su voz sensata.

Sin embargo, el lado que no quería quedarse con la intriga ganó esta vez.

Ella siguió la ruta que la llevaba al sitio desde el que provenían esos sonidos agónicos.

Su andar se volvió lento y cauto. En la secundaria había integrado el equipo de atletismo, así que no existía razón por la que temiera no ser capaz —a pesar de sus botas— de correr velozmente si lo requería.

Se detuvo abruptamente ante lo que era la entrada de un callejón al ver una cabeza de cabello abundante sobre el concreto. Alana conservó bastante distancia.

Notó que había sangre en el pavimento como si la persona —era un hombre— se hubiese arrastrado, hasta llegar a este sitio.

Él pareció sentir su presencia, porque se quedó callado como si esperara a que ella le causara daño o le diera el golpe final.

Alana observó que había una señora que se dirigía hacia esa dirección, iba algo distraída con el móvil, así que decidió llamarla.

No iba a quedarse en ese sitio a solas ni tampoco acortaría la distancia para acercarse a ese hombre.

Fue corriendo hasta la mujer. Esta levantó el rostro, apartándolo de la pantalla iluminada, y frunció el ceño.

—Disculpe, señora —dijo Alana algo agitada y con expresión de inquietud por lo que acababa de observar—.

Hay una persona tirada en el piso —señaló el lugar con el brazo y la otra mujer siguió el gesto con la mirada— y está herida.

No quiero acercarme sola… Me sabe fatal dejarlo o no sé si llamar a una ambulancia… Yo…

—Calma —replicó la mujer, quizá tendría alrededor de cincuenta años, guardando el móvil—, respira.

Eso es. A ver, ¿qué ha pasado? . —Alana se lo contó rápidamente—.

Bien. Te acompañaré, pero al primer indicio de peligro nos vamos.

Y es necesario que llamemos a la policía o inclusive al 911, porque no somos policías.

—El hombre está herido. Hay sangre en el pavimento —se pasó los dedos sobre la bufanda—, no sé. No me sentiría bien conmigo misma si lo dejó tirado…

La mujer le dio una palmada en el hombro e hizo un asentimiento.

—Soy Leonna —murmuró, mientras avanzaba junto a la joven.

—Alana, encantada, gracias por no correr en la otra dirección —dijo.

La señora de ojos negros esbozó una sonrisa leve.

Las dos se acercaron al sitio en el que estaba la persona herida.

Lo hicieron manteniendo una distancia prudencial, hasta asegurar que él no podía moverse o que hubiese otras personas alrededor y se tratara de una trampa.

Cuando Leonna notó que el área estaba semiiluminada, que el cuerpo del hombre estaba la mitad a la vista y la otra mitad oculta en el callejón, el pavimento estaba manchado de color rojizo, comprendió que no había peligro de que fuese una artimaña para algo retorcido.

Los alrededores, que ella conocía bien porque vivía a pocas calles, estaban tranquilos.

—Solo está él —expresó Leonna a la joven—. Veamos qué se puede hacer.

—Mmm… ¿Hola… Señor…? ¿Llamo al 911…? —preguntó Alana con tiento.

Él tosió y luego soltó un quejido parecido al de un animal acorralado.

—Por… Por favor —jadeó el hombre—. Necesito ayuda… Estoy herido…