Entre espinas y seda escarlata CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Años atrás.

Boston, Massachusetts.

Alana estaba habituada a que hubiera camareros para una reunión tan pequeña, pues su mundo estaba construido de comodidades.

Al contar con un grupo de amigos que poseían las mismas facilidades y accesos a formas de divertirse, ella había pensado que todas las personas vivían igual.

Pero esa perspectiva cambió cuando su padre la llevó, con unos doce años, a repartir víveres a un albergue de niños de su misma edad.

Darren le explicó que lo que ellos y su grupo de conocidos daban por garantizado —tener personas a su servicio, posibilidades de comprar lo que quisieran o viajar en jet privado si no existía cupo en primera clase en los vuelos comerciales— no formaba parte de la realidad de la mayor parte de la sociedad.

El shock inicial había dejado a Alana sin palabras.

Desde ese día, ella aprovechaba la vida que tenía sin darla por garantizada.

Jamás se le cruzó por la mente discriminar a quienes no poseían su misma posición económica.

Inclusive cuando escuchaba a alguno de sus amigos expresarse despectivamente de los becados en Harvard, los reprendía y argumentaba que tener esa beca implicaba un mérito adicional, porque esas personas tuvieron que luchar por obtener una plaza y a la par compitieron con otros postulantes igual de preparados que ellos y que buscaban entrar a esa universidad. Desmerecerlos no le parecía justo.

—¿Te gustaría que te lleve a casa, Alana?

—le preguntó Kiernan cuando ya casi eran las once de la noche.

Taylor se había ido más temprano, porque tenía que acompañar a sus padres al aeropuerto para recibir a unos familiares de Texas—.

Nos contaste que tu chofer no estaba disponible y que tu coche está en el taller.

Eugene, que también se ofreció a llevarte, no parece estar muy interesado en marcharse aún.

Alana no tenía por costumbre aceptar esta clase de ayudas.

No le importaba si se trataba del hombre más atractivo del campus o si era descendiente de los vikingos.

Ella siempre optaba por ir con amigos o en su coche o llamar al chofer de su familia.

Pero, tal como acababa de mencionar Kiernan, esas posibilidades ahora no existían.

—Mmm, no sé —respondió con una sonrisa—. Creo que…

—Los escoceses manejamos del lado contrario, algo raro, lo sé —interrumpió riéndose—. Pero te aseguro que soy el mejor conductor de Edimburgo en Boston.

Alana soltó una risa suave. Miró a sus demás amigos, que estaban hablando de naderías, y la verdad era que no le apetecía quedarse más tiempo, aunque la pasaron estupendo.

Consideró que si Isabelle, la anfitriona y alguien muy selectiva para elegir a sus invitados a casa, había incluido a Kiernan, entonces todo estaba bien. Asintió.

—De acuerdo, muchas gracias —replicó ella—. Vamos.

Después de despedirse de todos sus amigos, bajo la promesa de que se verían pronto para ir a esquiar un fin de semana a Aspen, Colorado, Alana salió del barrio Newton.

Kiernan conducía un Ferrari negro. Ella no era muy partidaria de esa clase de automóviles, porque los consideraba poco prácticos, pero apreciaba la increíble capacidad del motor.

Además, su padre tenía un hangar en el que coleccionaba coches de lujo y, si tenía suerte, solía permitirle conducir alguno.

Durante el trayecto a casa, Alana se entretuvo hablando de las materias que estaban estudiando en ese semestre.

Pero cuando llevaban ya varios kilómetros recorridos y su atención estuvo en el trayecto, no en el perfil atractivo de Kiernan o en hablar apasionadamente de tópicos políticos, se dio cuenta de que estaba en una zona por completo desconocida.

Empezó a sentir inquietud, aunque el GPS tenía como destino la dirección de su casa.

De hecho, la ruta estaba marcada, tan solo que en esta ocasión era un poco más larga.

No quería ofender al escocés diciéndole que estaba equivocado de camino cuando era evidente que no se trataba de eso, sino que había elegido la ruta con más desvíos.

Aun así no le pareció demasiado agradable, y pronto una sensación de inquietud la invadió.

—¿Elegiste el camino más largo para hablar conmigo a propósito?

—preguntó en un tono bromista, aunque apretando el bolso que tenía sobre las piernas con más fuerza de lo normal—.

Esta ruta suelo evitarla cuando voy a casa en mi coche, porque hay varios baches que con el tiempo afectan el automóvil… —murmuró con recelo.

Él esbozó una sonrisa tranquilizadora.

—Eres muy cuidadosa como conductora entonces —replicó Kiernan.

Alana hizo una mueca. No le gustaban las respuestas.

No le gustaba hacia dónde parecían dirigirse: no era a su casa evidentemente, aunque la ruta estuviera marcada.

Empezó a decirse a sí misma que Isabelle era una persona selectiva y que no invitaría a alguien que pudiera causar daño a otros o que le provocara desconfianza.

Intentó no hacerse escenarios catastróficos en la mente. Respiró profundamente.

—Suelo serlo —dijo ella—. En serio, Kiernan, prefiero que redirijas la ruta hacia la vía más corta. Podemos quedarnos conversando en el coche o te puedo invitar un café. Sé que apenas bebiste en la reunión y esa fue la razón de que viniera contigo.

—No pasa nada, mujer —contestó con simpleza—. Solo tomé un desvío.

—De eso acabo de darme cuenta, y no me gusta. Y ahora acabas de detener la marcha. Dime el porqué —preguntó en tono cauto, cuando él aparcó el coche en un área algo solitaria. Sirenas de alerta sonaron en su mente—. Quiero saberlo ahora.

Él la miró como si estuviera volviéndose loca o sobreactuando.

—Calma. Solo voy a retirar algo cerca —argumentó—. No me tardo. Solo mantén el seguro en las puertas. Aunque esta zona es tranquila es mejor prevenir.

—¿Prevenir qué? ¿A qué te refieres? —preguntó mirando alrededor.

No había ni un alma. La luz de las farolas era débil. Miró a la esquina del fondo y esta lucía mejor iluminada que la que tenía justo enfrente. Retuvo a Kiernan.

—Voy a recoger algo, Alana —sonrió, y ella le soltó el brazo en el que puso su agarre para que no se fuera sin antes darle una contestación—. Será muy rápido.

—Pero…

Sin más, él salió y caminó hacia el sitio que lucía más iluminado.

Los instintos de Alana no bajaron la alerta, porque el movimiento de Kiernan le parecía anormal.

¿Por qué necesitaba hacer ese desvío y qué era lo que tenía que recoger?

El coche tenía vidrios polarizados, y desde fuera no podía verse hacia el interior.

Nadie sabría que ella estaba dentro y sola.

Los minutos pasaban, pero no había señales de su crush .

Alana jugó con el teléfono, pasándolo de una mano a otra, y considerando si llamar o no al 911.

Pero, ¿qué iba a decirle a la operadora si no existía ningún riesgo y tampoco estaba siendo amenazada por nadie?

También consideró escribirle a Taylor, pero ella le preguntaría lo mismo que una operadora: cuál era la emergencia.

Así que intentó relajarse y no elucubrar historias fatídicas.

Cuando transcurrieron seis minutos, contados por reloj, Alana vio por el retrovisor que Kiernan iba hacia el coche corriendo como si hubiera visto un demonio.

No porque estuviese desesperado para entrar en el Ferrari, sino que —para horror de ella— dos jovenzuelos iban persiguiéndolo con la misma rapidez.

No tuvo tiempo de reaccionar cuando él abrió la puerta, entró y puso el motor en marcha a toda velocidad.

Habría parecido una carrera sin sentido —considerando que los dos desconocidos iban a pie—, hasta que notó que, casi al instante, otro automóvil empezó a perseguirlos.

Kiernan maldijo, pero en ningún instante atinó a explicar qué ocurría, aunque Alana se preguntó.

Lo que sí hizo fue dejar una bolsita en el pequeño espacio entre asientos.

Ella la agarró por curiosidad y vio el contenido, color blanco.

—¡¿Qué rayos pasa, por qué estamos en esta carrera?

! —preguntó a gritos. Sentía que sus palpitaciones se incrementaban.

Jamás había tenido un ataque de pánico, así que no tenía la intención de permitirse perder los estribos.

Pero este idiota parecía estar haciendo todo lo posible para causarle un colapso nervioso—. ¡Dime!

Kiernan miró por el retrovisor, a un lado y a otro, y no se pasó el semáforo. Estaba por completo desviado de la dirección de la casa de Alana. No servía de nada el GPS, pues él conducía sin un rumbo y tratando de dejar atrás al otro automóvil.

—Fui a comprar algo y me dieron menos cantidad por lo que pagué —expresó con fastidio—. Colabora y deja de hacer preguntas, a menos que quieras que nos alcancen. Porque si llegaran a hacerlo, los dos vamos a pasarla fatal, ¿comprendes?

Llevaban ventaja de varios kilómetros por la velocidad del Ferrari.

—¿Los dos? ¿Estás demente, pedazo de idiota?

¡Me ofreces llevarme a mi casa, pero decides detenerte a comprar cocaína!

Aparte, tienes la osadía de robarles a los vendedores y esperar a que no te pase nada.

¡Menudo estúpido estás hecho! —gritó otra vez agitada y preocupada—.

Quiero que me dejes aquí. ¡Ahora! —exigió Alana.

Desde que volvió al Ferrari, sin dejar de pisar el acelerador y controlando cada movimiento, él la miró por primera vez.

Su expresión era una mezcla de dos aspectos: temeridad y agitación.

Pasaron varias avenidas, a esa hora de la noche había poca circulación vehicular.

Parecían estar en una carrera al estilo de la F1, menos dramática.

—No tengo ni puta idea en dónde estamos y bajo ningún concepto voy a permitir que te bajes, ¿cómo voy a dejarte tirada en una calle cualquiera a esta hora?

Ella soltó una risa de incredulidad y se frotó el puente de la nariz pidiendo serenidad. De tanto apretar el bolso tenía los nudillos casi blancos. Soltó el agarre.