CAPÍTULO 9 #4
El camino de salida del restaurante lo hicieron en silencio.
Los dedos de Rhys ya no sujetaban la cintura femenina, sino que estaban entrelazados con los de ella.
Alana podía sentir la vibra de enfado contenido de Rhys, pero no comprendía la razón, pues había seguido todo el protocolo planeado.
Y si alguien tenía que estar ofendida o enfadada, por la intromisión en sus asuntos privados, debería ser ella.
Una vez que estuvieron dentro del coche, Rhys continuó callado, pero la tensión parecía aumentar a medida que avanzaban más kilómetros.
Al llegar a Back Bay, él aparcó el BMW, después se bajó y rodeó el automóvil para abrirle la puerta.
Esperó a que Alana subiera las pocas escalinatas que llevaban a la entrada de su casa.
—No vuelvas a hacer algo así —dijo él finalmente.
Ella se cruzó de brazos y frunció el ceño. Lo miró sin comprender.
—¿Qué te ocurre? —preguntó con fastidio—. ¿Ahora hablas en clave? No tengo ganas de descifrar tus acertijos, porque estoy cansada. Hoy ha sido un largo día.
Rhys le tomó el rostro con una mano y bajó la cabeza para estar casi a la misma altura. Se miraron varios segundos sin hablar. Lo que pasó entre sus miradas tuvo la carga de una tormenta a punto de estallar. Solo hacía falta que uno de los dos cediera.
—No vuelvas a abrazar a otro hombre mientras lleves mi anillo en tu jodido dedo.
Me importa un bledo si es falso o real este maldito compromiso —dijo controlando a duras penas lo que necesitaba hacer: besarla.
Lo que en realidad lo había cabreado, pero no pensaba expresarlo en voz alta, fue haber visto la sonrisa sincera y la expresión de honesta alegría en Alana con ese amigo de la secundaria—.
Tampoco vas a quedar con el tal Alex para actualizarte de nada. ¿He sido directo y claro, Alana?
Ella elevó ambas cejas. Que su cuerpo no temblara no implicaba que estar tan cerca de Rhys no la afectara. Sentía cómo su sangre bullía y su pulso se aceleraba.
—En ninguna parte del contrato existe prohibición a tener amigos, así que no vas a agregar reglas de un momento a otro —zanjó ella—. Sé lo que debo hacer.
Rhys le deslizó el pulgar sobre el labio inferior.
Lo recorrió de un lado a otro, lentamente, y después presionó con suavidad calculada.
Por simple instinto ella abrió los labios, mirándolo.
Él le introdujo el dedo en la boca. Alana lo mordió y al instante de la garganta de Rhys surgió algo parecido al gruñido de una bestia apenas en control.
—Entra en tu casa —expresó, soltándola y apartándose de golpe, como si ese contacto hubiera estado a punto de envolverlo en llamas.
De hecho, tuvo que utilizar cada gramo de voluntad para no dar pie a que llegara a más—.
Tienes suerte de que sepa contenerme. Procura no provocarme, porque no siempre será así —zanjó.
Ella lo vio darle la espalda y dirigirse hacia el coche.
Su respiración no era calmada, en absoluto. Estaba excitada.
Alana, después de poner la seguridad en la casa, apoyó la espalda contra la puerta tratando de recuperar el resuello. Escuchó el BMW alejándose de los alrededores. Meneó la cabeza, como si así pudiera recuperar el sentido común.
«¿Qué rayos fue todo eso, Alana Pemberton?», se reprochó a sí misma.
Cuando despertó, Alana revisó el móvil. Tenía llamadas perdidas de Sandy —al menos diez—, mensajes de texto de Taylor, y también de personas que se creían en el derecho de hacerle preguntas.
No podía responder a nadie aún. Luego vio en las noticias de sociedad la imagen de ella y Rhys saliendo del restaurante, con los dedos entrelazados; pero también había un zoom del anillo que destacaba en su mano. Relucía, sin duda.
Pero no fueron esos titulares los que lograron borrar la bruma que había nublado su mente la noche anterior, cuando estaba segura de que Rhys iba a besarla y de que ella habría participado activamente en ese beso, y traerla de golpe a la realidad.
En la sección empresarial, el matrimonio Lodge —que también había cenado en Mountain Steaks y al que ella había saludado de camino al baño— ocupaba los titulares.
La fundación benéfica de ellos, Water & Tech, estaba acusada de desviar millones de dólares en donaciones hacia cuentas privadas y pagar sobornos.
Esa misma mañana, Hanner Lodge había roto su silencio con un comunicado escueto negando las acusaciones, mientras la prensa acampaba frente a la mansión familiar.
Todo lo anterior le recordó que había estado a punto de besar al hombre que estaba destruyendo sistemáticamente su entorno. Y que, aparte, la había chantajeado.
«Por suerte, hoy es domingo. No tendré que verlo», pensó e hizo una mueca.
El café de su desayuno necesitaba estar muy cargado para darle suficiente energía.
No podía, ni quería, ir a visitar a la persona que la consideraba su confidente sin la calma que ese encuentro siempre merecía.
Era su secreto mejor guardado. Lo que los unía había nacido de la peor de las circunstancias, y sin embargo se había convertido en uno de los pocos vínculos verdaderos que valía la pena conservar.