CAPÍTULO 9 #3
—¿Qué dices… ? —dijo meneando la cabeza.
Él tan solo se encogió de hombros, mientras terminaban de comer. Esta noche Rhys había pedido un Filete de Buey de Kobe, y ella un Wagyu A5 Japanese Ribeye.
—Gajes del oficio —dijo con sarcástica arrogancia—. No dejo nada al azar.
Alana se sintió demasiado expuesta. No le gustó.
Le daba igual si el estúpido de su ex recibía la visita del mismísimo presidente del país.
Pero que Rhys supiera la razón de que hubiese terminado con Aaron, le parecía atroz.
Sintió el rostro ruborizarse, se tocó las mejillas.
A pesar de todo, con gran esfuerzo mantuvo una expresión amable por hábito aprendido.
Pero necesitaba espacio de él. Aire, urgente.
—Voy a ir al aseo de damas —expresó con la intención de levantarse.
Rhys, consciente de las miradas —y no era un bruto de la selva—, le hizo un gesto para que no se moviera.
Se puso de pie, rodeó la mesa y le ayudó con la silla para que ella se levantara.
Al hacerlo, quedaron muy cerca del otro.
Eso pareció un peligro al estar en público, pero a la vez una puesta en escena espontánea para que los cotillas que quisieran «pruebas» tomaran discretamente alguna foto con el teléfono.
Él notó que los ojos de Alana parecían dos lagunas agitadas.
No era por la cercanía, sino por lo que acababa de revelarle.
Pero no iba a disculparse por la verdad.
Quizá no fue el momento preciso para expresar lo que sabía, mas no se caracterizaba por seguir las reglas de nadie, sino las propias.
Le puso la mano en la cintura, la detuvo.
—No fue una ofensa —dijo Rhys en tono firme.
—¿Estás disculpándote por entrometerte tanto en mi vida personal?
—Por supuesto que no —replicó él—. Y me alegra que cumplas bien tu rol.
La actuación no era la fortaleza de Rhys, así que se limitaba a hacer con Alana lo que jamás haría con una pareja temporal o una cita en público: tocarla o mostrarse cercano.
La expresión de su rostro para el resto continuaba igual: estoica e indiferente; mas procuraba que con su acompañante fuese distinto, porque si tenían un acuerdo, él no sería quien lo pusiera en riesgo.
Con ella surgía de manera natural su lado menos hostil.
Aunque cuando solo estaban los dos, había reparado en que sus diálogos lo provocaban al punto de querer aplacar a Alana de la forma más primal posible.
—Debes sentirte con suerte, Rhys —murmuró—, porque aunque jamás he cometido un asesinato, no sabes lo cerca que estoy de clavarte un cuchillo en el cuello.
Él soltó una risa queda. Los demás, pendientes de esta pareja que combinaba lo clásico de una mujer distinguida en Boston, con alguien que no poseía el mismo estatus, cotilleaban sobre lo bien que se los veía juntos.
Otros, susurraban que era imposible que una Pemberton estuviera en una cita con alguien con la reputación de Callahan.
Pero los más suspicaces repararon en el detalle más importante: el anillo.
—Por hoy ha sido suficiente exposición social —replicó él a cambio—. Me encargaré de la cuenta. Cuando regreses nos marcharemos. Procura no tardar.
—Tardaré lo que necesite —farfulló dándole la espalda y manteniendo una expresión cálida, mientras se alejaba para ir al aseo de damas. En el camino notó que algunos la observaban con disimulo. Lo sabía porque ella aplicaba tácticas similares.
«Idiota entrometido», pensó abriendo la puerta del baño.
Alana sintió alivio de que aquel episodio de su juventud, el que guardaba en secreto con su mejor amiga, no hubiera llegado a conocimiento de Rhys.
Estaba segura de que, si lo hubiera sabido, él ya lo habría sacado a colación.
Por fortuna, al día siguiente era domingo.
Y no cualquier domingo, sino el primero desde que había blindado esos días en el contrato.
Eso significaba dos cosas. La primera, que no tendría que lidiar con este hombre que la exasperaba y que, a la par, parecía provocar que sus hormonas se sacudieran como si les hubiesen puesto un chute de adrenalina.
La segunda, que se reencontraría con ese pasado que un día la persiguió, aunque ahora de forma distinta.
El resultado se había transformado en una gran compañía.
Al cabo de diez minutos salió del lavabo.
La última persona que hubiera pensado encontrar, la detuvo.
—Lani Pemberton —dijo la inconfundible voz de Alex Saltonstall, sonriendo—.
La única razón por la que no me acerqué a tu mesa fue porque estás acompañada y no quise interrumpir.
Han pasado varios años desde que nos vimos.
Sigues igual de hermosa —sonrió el hombre de ojos verdes y al que ella le entregó su virginidad en el baile de graduación de la secundaria—.
Supongo que sigues sin ser fan de la NFL.
Ella lo miró con una sonrisa que iluminó su rostro y luego se rio.
—¡Alex! —exclamó y le dio un abrazo—. Oh, por Dios.
Ha pasado tanto tiempo. Y sí —mantuvo la sonrisa—, los deportes definitivamente siguen sin interesarme.
¿Cómo así estás en Boston? Creía que te habías mudado con tus padres cuando te dieron el pase para irte a jugar a otra universidad. ¿Me equivoco? —indagó.
—Sí, lo hice, pero hace cinco días firmé contrato con los New England Patriots como quarterback .
Estoy alquilando una casa hasta encontrar una adecuada, y también les compraré otra a mis padres, que están organizando la mudanza para venirse conmigo a Boston.
Lani, ahora tú y yo podríamos reunirnos y hablar de lo que han sido estos años —comentó el famoso jugador.
En la zona en que se encontraban no llamaban la atención—.
Me dijeron que este lugar es exclusivo y, en medio de la cantidad de fans que tiene la NFL, opté por venir a cenar con la garantía de que no iba a ser molestado.
Estaba ya a punto de marcharme, ¿me das tu número?
Me encantaría quedar contigo. Mis padres se alegrarán de saber que te he visto —sonrió.
Alana notaba los cambios en su exnovio y amigo. Solo tenía bonitos recuerdos con él. Ahora era todo un hombre, más fornido, más alto inclusive y guapísimo. Le había perdido la pista porque, era cierto, a ella no le gustaba el fútbol americano.
—Oh, por supuesto…
—Cariño —intervino Rhys, tomando a Alana de la cintura y rompiendo por completo la dinámica del reencuentro entre los dos amigos—.
Llevabas rato en el baño de mujeres, así que vine a ver si pasaba algo.
—Luego miró al hombre, que era tan alto como él —: Rhys Callahan —extendió la mano. El deportista la estrechó.
—Qué tal, Rhys —replicó el otro—. No quise acercarme a saludar, porque los vi muy compenetrados conversando —sonrió con buen rollo—. Soy Alex Saltonstall.
Alana sintió los dedos de Rhys apretarle la cintura posesivamente. Lo miró.
—Fuimos compañeros en la secundaria. Nos perdimos la pista porque cada uno siguió un rumbo diferente —comentó ella, cálida—. Si me hubieras dado un poquito más de tiempo, Rhys, habría podido contarle a Alex que estamos prometidos.
—Oh, mi enhorabuena —replicó Alex—. Justo le contaba a Alana que acabo de firmar contrato con los New England Patriots y que estaré viviendo en la ciudad.
—Ahora recuerdo de qué me sonaba tu cara, aunque no veo mucha televisión —replicó Rhys. La explicación del otro hombre no le agradó—. Espero que seas lo que el equipo estaba buscando. Ya tenemos que marcharnos, Alex. Que vaya bien.
—Me ha encantado verte —dijo Alana con sinceridad, alegre de ver un rostro conocido y el único referente masculino de que se podía tener una relación bonita, breve y recordarla con cariño después de los años—.
Saluda a tus padres de mi parte. Estoy trabajando en McKenzie & Trader.
Aunque tengo mi agenda bastante ajustada, al igual que la tuya, seguro podemos hallar un punto intermedio para hablar, Alex.
—Fantástico, Lani. —Le dio un beso en la mejilla. Después le extendió la mano a Rhys—. La mujer con la que vas a casarte es encantadora. Qué afortunado.
—Lo sé, gracias —replicó Rhys en tono distante.