Entre espinas y seda escarlata CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

—El matrimonio no ha sido nunca una prioridad —comentó Alana.

En un acto que la tomó desprevenida, Rhys tomó la mano en la que tenía el anillo.

De inmediato sintió una descarga eléctrica.

Se miraron a los ojos como si eso no se lo hubiesen esperado—.

La clase de hombre con la que hubiera salido no es como tú.

Rhys no estaba habituado a tocar a una pareja espontáneamente.

Pero había notado a un hombre que le sonaba de alguna parte y parecía interesado en Alana, pues su mirada no era para los dos —como curiosidad— sino solo para ella.

La mesa en la que se encontraba era apenas visible.

Se preguntó quién demonios sería. Rhys ni siquiera iba a tomarse la molestia de perder el tiempo analizando su propia reacción.

Alana bajó la mirada a los dedos que acariciaban el contorno de su anillo.

No eran suaves como los de los hombres con los que había salido.

Estos tenían callos apenas perceptibles en las yemas, la señal de manos acostumbradas a algo más exigente que firmar documentos.

El toque era firme y con esa aspereza sutil que solo dejaba el trabajo de quien había levantado peso de verdad, usando herramientas o cosas que pesaban.

Ese detalle, contra toda lógica, provocó que se le erizara la piel.

—No me digas, ¿y qué habrías elegido? —preguntó él mirándole la boca.

Procuró ignorar la punzada de enfado que le causó el comentario de Alana, pues era como si vertiera alcohol sobre una herida abierta en él: rechazo a sus orígenes.

Como si no fuese suficiente labrarse un camino entre espinas y lograr llegar a la cumbre.

Además, le recordaba que los hijos de puta que formaban parte de los círculos sociales de ella eran los que se entrometían en sus proyectos multimillonarios—. Ilústrame.

Ella, aunque notó el súbito tono gélido en Rhys, lo ignoró deliberadamente.

En esta ocasión eligió responder con sinceridad.

No estaba calculando la respuesta, pero ningún hombre con el que había salido —sin importar la duración o las razones— le había hecho esa pregunta en mucho tiempo.

Sabía que su falso prometido no esperaba una respuesta sincera o sin ironía. Sin embargo, iba a dársela.

—Alguien que busque detrás de los cristales de las apariencias e intente conocerme por lo que soy, en lugar de usarme porque mi apellido e influencia puede ofrecer oportunidades sociales o conexiones corporativas únicas.

Alguien que tenga nobleza y que sepa valorar la vida, a pesar de lo que tenga que sacrificar para mantener esa vida saludable o en serenidad, en especial si se trata de un ser querido —expresó, pensando en Darren—.

Que intente llegar a un punto medio entre sus sueños y que no anule los míos, sino que los impulse. Sinceridad abierta. Un apoyo… y pasión.

Rhys ladeó la cabeza. La contempló un instante. No había esperado una respuesta tan honesta, menos que le hiciera notar que detrás de esas palabras existía algo que compartían: creer que el esfuerzo por sus seres queridos merecía la pena.

—Para ser alguien cuya prioridad no es casarse, lo tienes todo claro —comentó utilizando un atajo para no darle importancia a la ligera apertura que ella acababa de darle sobre sí misma—.

Supongo que cuando el dinero no es un problema, las mujeres prefieren elegir las cualidades por sobre la supervivencia. Algo que no se debate, creo.

Alana consideró sus palabras e hizo un breve asentimiento. Le sorprendió que la respuesta de Rhys no hubiese sido hiriente. Por ahora, él parecía más civilizado, pero ella sabía que de un momento a otro podría retomar su actitud insufrible.

—Es coherente saber lo que quieres, a pesar de que no sea lo más importante en el presente, pero podría serlo en el futuro.

Porque eso define hacia dónde vas y te marca la pauta de los objetivos a trazarte, como persona y profesional —contestó y distraídamente, casi sin darse cuenta, sus propios dedos jugaron con los de Rhys.

—¿Cuántas de esas sonrisas que repartes son de verdad?

—indagó él, consciente de la forma en que la piel de ambos podría asemejarse a un cerillo contra la lija: los roces constantes provocarían que ardiera.

Rhys debería repudiarla y rehuir el contacto siempre que fuera posible, pero al tocarla parecía estar acariciando una tela de seda.

Quizá seda escarlata, aquel color que se agitaba advirtiendo peligro.

Alana frunció el ceño. Pero sus dedos ni los de Rhys se apartaron.

—Las justas para sobrevivir en este mundo que me tiene cansada —contestó con frontalidad—.

Llevo años, como si fuese un entrenamiento, lidiando con personas de toda clase social.

Las más llevaderas y sencillas no pertenecen a mi entorno habitual.

Por eso gestiono casos pro bono en mi oficina.

Con quienes tienen pocos recursos económicos no necesito fingir, porque de verdad me importan.

Ellos ven la verdad de quién soy, y a cambio recibo lo mismo, porque ambos buscamos una meta en común: justicia sin importar el precio.

Y cuando el precio no importa, entonces defender a una persona no es un negocio, sino un asunto de compromiso.

De repente, Alana se dio cuenta de que había dicho más de lo que él acababa de preguntarle.

Básicamente, porque —a diferencia de otras personas— la estaba escuchando.

No la interrumpió, sino que permitió que se expresara con libertad.

«¿Estaba recolectando información para luego usarla en su contra? », se preguntó ella.

—Es lo más sincero que he escuchado de alguien que pertenece a un grupo que desprecio profundamente —expresó Rhys.

Luego apartó la mano y a cambio agarró la copa de vino.

Fue consciente de que esta súbita comodidad al hablar con ella, lanzándose pullas o no, se salía del guion que tenía trazado.

Debía recordar que esta mujer además de beneficiar a Ingrid, era también parte de su revancha.

Verla colgada de su brazo y sonriendo ante otros, mientras por dentro lo detestaba, tenía algo de justicia.

La heredera Pemberton que respetaban y cuya imagen social era impecable, reducida ahora a un instrumento en sus manos.

Que la mujer que admiraban en la alta sociedad llevara su anillo sin poder confesar que era una farsa.

Esa era la otra parte de su venganza: la silenciosa.

—¿Qué habrías elegido tú, si no estuvieras chantajeándome y pensaras en casarte con alguien? —preguntó ella. Porque sintió curiosidad. Cuando él apartó la mano de la suya sintió que la frágil conexión empezó a perder fuerza con rapidez.

Él sonrió de medio lado. Sardónico.

—Habría elegido lo mismo que decidí hace años: alguien interesante para follar y no aburrirme. El resto me da igual —replicó regresando a su habitual crudeza.

Alana notó el cambio de inmediato y lo que fuera que habían creado se rompió al instante por completo. Volvió a erigir sus barreras, y conservó una actitud serena.

—Suena prometedor, sin duda —dijo ella con una sonrisa estudiada.

La clase de expresión que daba a entender a otros que estaba complacida, feliz y a gusto.

Recordó que su máscara social no podía romperse, por mucho que Rhys saliera con sus respuestas idiotas.

Había demasiado en juego para ella. Al fin y al cabo, el acuerdo era simular que estaban comprometidos—.

Y ya que retomamos este asunto del contrato, Rhys, la versión será simple: nos conocimos hace varios meses en la presentación de un famoso saxofonista.

Me invitaste a cenar, pero te rechacé las primeras veces, porque estaba viéndome con alguien.

Luego me convenciste de darte una oportunidad, porque te tomaste la molestia de averiguar qué era lo que de verdad me sacaba una sonrisa: caminar por la playa y disfrutar del aire después de cenar en algún restaurante nuevo, de esos con una gastronomía que se sale de lo convencional.

No fuimos exclusivos hasta pasado un tiempo.

Y decidimos mantenerlo en secreto, hasta que me propusiste matrimonio en mi casa de Edgartown y acepté. ¿Qué tal?

Rhys enarcó una ceja. Pocas cosas salían de su conocimiento sobre Alana.

—Sé perfectamente con quién salías: Brent Cabot —replicó con fría indiferencia—. Al parecer tiene una fijación contigo. Lleva tiempo persiguiendo tus atenciones. Ese es el único detalle de tu versión que no necesita ensayo —finalizó.

—Cualquiera diría que trabajas para la CIA —dijo ella, cabreada.

—Si alguna vez te aburres de ser abogada, en el caso de que no pierdas tu licencia, por supuesto —dijo a propósito para recordarle que esto era un chantaje—, te veo un brillante futuro como creadora de historias. Tu versión suena creíble.

—Vaya, muchas gracias. Sin ese halago, ¿qué sería de mi autoestima?

—Creo que superaste el haber tenido un ex al que le gustaba machacarte sobre tu peso y te sugería ir al gimnasio, porque te consideraba gorda y se burlaba de tus curvas.

—Alana abrió y cerró la boca, horrorizada—.

Así que, considerando que el atuendo que has elegido y que ha provocado que más de uno en este restaurante te devorara con la mirada al verte entrar, diría que tienes un cuerpo que no necesita la clase de ejercicios que ofrece un gimnasio —expresó lacónico, pero en sus ojos existía un destello parecido a la lascivia—.

Y por si te preguntas, tu ex está a punto de recibir la visita de la DEA.

Una pena que ocupara su tiempo traficando drogas con Italia.

—¿Cómo sabes sobre algo tan… personal? —farfulló consternada—. ¿De dónde sacas el asunto de las drogas? ¿La intervención de la DEA? Estás alucinando.

—Tengo mis métodos y casi siempre existe alguien que me debe algún favor, no lo cobro en dinero, por supuesto —expresó bebiendo con calma de su copa—. Aunque algo tiene que ver que Weston acostumbre a irse de la lengua y ser infiel.