Entre espinas y seda escarlata CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

La mesa que les asignaron en Mountain Steaks era una de las más bonitas, pues no solo tenían vista a la ciudad, sino que la ubicación era estratégica para ver y ser vistos, tal como era el propósito principal de la noche.

Los atendieron casi de inmediato para tomarles la orden y luego les ofrecieron exquisitas entradas de cortesía.

Para Alana el escenario era una réplica exacta de aquello que llevaba años haciendo: pretender que disfrutaba una velada, cuando en realidad lo que sentía era ganas de regresar a su casa de inmediato.

Estaba usando la máscara de la perfecta socialité que todos conocían.

Durante el tiempo que ella redujo considerablemente su asistencia a fiestas o eventos, su vida pareció más calmada; así que regresar a la rutina que tanto la fastidiaba no era agradable.

Con una discreta mirada recorrió los alrededores.

Reconoció a unas parejas con las que antes jugaba tenis: Grace y Marlo Meeks, Laureen y Charles Parkles; una familia con la que sus padres solían viajar a Egipto porque eran entusiastas de esa cultura: los Lodge, y aparte notó a un grupo de mujeres con las que había colaborado para recolectar víveres y dinero para un monasterio de clarisas que subsistía gracias a las donaciones.

Todo ese pequeño barrido visual fue muy rápido.

Además, le permitía distraer su mente de la persona que estaba acompañándola y también de la sensación de claustrofobia —y no en un sentido negativo, sino más bien vinculado a la urgente necesidad de alejarse de Rhys, como si él fuese una dinamita y, aun así, ella quisiera tratar de desactivarla—, durante el trayecto en coche.

—Qué interesante notar cómo tu expresión cambia por completo cuando estás en un ambiente social en el que tus conocidos son clientes frecuentes —expresó Rhys, atrayendo la atención de Alana—.

Tú lo haces porque te gusta, yo por negocios y, aun así, me cabrea tolerar a la gente imbécil.

En tu caso —sonrió de medio lado, notando cómo Alana enarcaba una ceja, ante su afilado comentario—, parece como si estuvieras reemplazando en una progresión que resulta casi cinematográfica, si la pusiera en cámara lenta, una máscara distinta a la de la persona que he conocido yo: protestona, impulsiva incluso, altiva si te apetece y con tendencia a decir lo que tiene en mente sin importar lo que yo pudiera pensar.

Te transformas en alguien distinta, aunque es difícil determinar si más accesible o más proclive a proteger a tu «yo» real.

A ella no le gustó la facilidad con la que él se dio cuenta de ese cambio ligero, porque solía ser sutil en la manera en que iba acoplando sus actitudes, según el tipo de personas con las que tuviera que lidiar.

Pero Rhys la había leído con rapidez. Esa no era una habilidad común.

En la universidad, Alana tuvo una clase de criminalística y de forma breve, no profunda, le mostraron cómo crear el perfil de una persona para determinar patrones de comportamiento y posibles reacciones.

Como ella no tenía particular interés en ser abogada penalista, la clase le pareció un borrón en su malla curricular.

Pero sí le había quedado el comentario del profesor, un prominente abogado, que señalaba que algunos individuos tenían un olfato natural para detectar lo que a él y a muchos profesionales —incluyendo forenses— les costaba aprender.

Así que ella podría considerar que la afinada percepción de Rhys lo convertía en uno de esos casos extraños.

No le agradaba ese aspecto, al ser ella el foco de atención.

—No me importa lo que puedas pensar de mí —replicó, mirándolo.

Estaban frente a frente. A pesar de la música ambiental y el leve ruido de alrededor, Alana sentía que el entorno estaba desdibujado y lo único nítido eran los dos—.

Las circunstancias bajo las que estamos aquí, y en general, están basadas en un chantaje.

Posees información que puede arruinarme.

Lo más probable es que me consideres una delincuente de cuello blanco, así que no necesito perder mi tiempo en agradarte.

Rhys la observó por sobre el borde de su copa de vino tinto y esbozó una sonrisa cínica, porque ella no podría ni imaginar que sus acciones eran un juego de infantes, en comparación con el número de homicidios que él había cometido.

Por ahora se regocijó en ver a Hanner y Wanda Lodge, una pareja cercana al círculo de Alana y que estuvieron en la infame noche que fue la detonante de que estuviera en ese restaurante con la mujer de ojos azules.

Había notado cómo fruncieron el ceño y se mostraron contrariados al ver que él se sentaba a la mesa con la que, según el mismo Leyton le había comentado, era la referencia de la perfecta socialité.

Rhys tan solo los miró con suficiencia. Después envió un breve mensaje de texto a su mejor amigo.

Lodge Constructions era una de las empresas que competía con la suya: Green Wood.

No ganaban las licitaciones de proyectos por ser los más idóneos, sino porque pagaban sobornos.

Él, a pesar de que podría incurrir en el mismo proceder, consideraba que ya había cometido suficientes crímenes. No necesitaba agregar otros.

Él hizo un asentimiento breve mirando a Alana.

—Un comentario válido —dijo el magnate—.

Ahora, ya que estamos conversando tan civilizadamente —se burló— vamos a crear una historia de cómo nos conocimos.

No tengo inclinación de hablar de mi vida personal, pero puedes encargarte de darles una versión corta que satisfaga a esas hienas ávidas de cotilleos cuando surja la ocasión.

Me imagino que se sentirán conmocionados de que una mujer que se considera «uno de ellos» esté con un hombre de «dinero nuevo».

El idílico pedestal en el que te han puesto, probablemente, se empezará a resquebrajar.

Una lástima. Poco a poco, te puedo asegurar, los tuyos te darán la espalda, cuando los dos meses hayan pasado.

Pero —se inclinó hacia adelante, sin dejar de mirarla a los ojos— eso será ya asunto tuyo, porque para entonces mi hermana tendrá lo que busca.

No quiero que sea debutante. Los Callahan no recibimos migajas de otros, ni rogamos.

Cuando entraron en el restaurante, él había posicionado su mano en la espalda baja de Alana.

El gesto pareció tomarla desprevenida, mas no hizo amago de apartarse, sino que elevó el rostro para mirarlo.

Por un fugaz momento, un instante de alteración de su cordura, Rhys se preguntó cómo sería si esta charada fuese real.

—Eso queda claro —replicó Alana con frialdad.

La comida de repente le supo insípida. Dejó el tenedor a un lado—.

Me estás usando como una pieza en un tablero que en tu cabeza retorcida tiene sentido.

Solo recuerda que habría preferido ir a la cárcel, pero, al igual que tú, mi familia tiene más importancia que lo que pueda pasarme.

Además —elevó el mentón—, lo que dije de Ingrid es cierto: me parece una jovencita muy agradable.

Tuve la oportunidad de conocerla brevemente y…

—Para, Alana —interrumpió Rhys—. El interés que tengo en saber tus comentarios relacionados con mi hermana, si se conocieron o se hablaron o lo que fuese, me da igual.

Vamos a ceñirnos a lo que me compete —expresó.

Si alguien viese su rostro, no podría deducir si estaba siendo hostil o amable con Alana, pues Rhys se caracterizaba por no dejar entrever sus emociones si no quería; era neutral—.

La versión sobre cómo nos conocimos. Eso es importante hoy. Escucho tus sugerencias.

Alana lo miró un instante. Una vez más, su parte irracional —la que se podría dejar llevar por las emociones y cometer idioteces— pareció activarse.

Llevaba años practicando el autocontrol, pero Rhys poseía una maldita forma de cabrearla como ningún otro ser humano.

Ella recordó que si perdía los estribos, su imagen —que se convertiría en la comidilla de todos, después de que supieran que estaba con Rhys— tendría otro rasguño adicional.

No quería dar munición al ejército de cotillas, menos recibir la llamada de su madre —que llegaría de todos modos, pero si podría retrasarla qué mejor— pidiéndole explicaciones de cómo era posible que hubiera caído tan bajo.

Alana esbozó una sonrisa. Sí, aquella tan estudiada y que parecía natural.

—Primero, aprecio que consideres que tengo más imaginación y sentido común que tú para darte ideas sobre lo que, al parecer, disfrutas: contar mentiras.

Segundo, te propongo empezar por lo más lógico —dijo en un tono aparentemente dulce y dócil, pero en realidad contenía suficiente arsénico para matarlo si las palabras fuesen armas.

Sin saberlo, eso complació a Rhys—. Podríamos, por ejemplo, decir la verdad: entraste a mi casa como un vulgar intruso, una persona sin modales y con un sobre que contenía información para chantajearme, mientras, a la par, actuabas como si el dueño de esa casa en la playa fueses tú.

Y todo por creer que contribuí a la afrenta que se cometió contra tu hermana en una actividad social.

¿Suena convincente? —preguntó mirándolo como si él tuviera el secreto del Santo Grial… del Infierno.

Él soltó una risa queda. El sonido le recorrió la columna vertebral a Alana como si hubiese recibido una caricia que provocó que sus sentidos se agitaran.

—Podrías decir eso, sí —dijo él, impasible—.

Aunque no sería la clase de explicación que alguien como tú daría, en especial si aceptaste un anillo.

¿Verdad? —comentó Rhys sin esperar una respuesta, consciente de que algunos comensales los observaban de reojo.

Para los demás, los gestos de ambos no denotaban una discusión sobre la farsa que estaban poniendo en práctica, sino que lucían muy a gusto juntos.