CAPÍTULO 8 #4
—Aquí aparece la verdadera Alana —dijo él con burla—.
Dudando de si seré capaz de encajar entre los tuyos y de usar la misma máscara que los que te rodean.
Pero te informo que, a diferencia de ti y de tus amigos, mi única herencia fueron las ganas de salir de los barrios bajos en los que viví antes de ser multimillonario.
Y aun así, aprendí a moverme entre lobos mejor que cualquiera que naciera entre ellos.
Así que descuida, yo sabré fingir que te tolero lo suficiente para haberte dado un anillo.
Ella enarcó una ceja.
—Encajas en mi círculo, Rhys, lo sabes. Pero tu hostilidad es un punto en contra —replicó Alana—. Y con el interés que tienes en ayudar a tu hermana, la actitud que tengas cuando salgamos, con o sin ella, marcará una gran diferencia.
—Mi interés es comercial, no busco amistades con una panda de hipócritas.
—Pues finge lo contrario. O esto no funcionará.
Al fin y al cabo, la idea de chantajearme fue tuya —expresó mirándolo—.
Aparte resulta muy hipócrita de tu parte despreciar al grupo del que formo parte, y no necesitas decírmelo para darme cuenta de tu fastidio al respecto, pero a la vez buscas que tu hermana encaje y forme parte de él.
¿Doble rasero, no te parece? —preguntó retóricamente—.
Los rumores que se esparcen sobre lo cruel y despiadado que puedes ser en los negocios, sin que te importe nada, también pueden afectarme desde el punto de vista de que estoy asociándome contigo.
Así que te sugiero disminuir tu actitud antagonista.
Sigue siendo tú, me da igual. Pero si no vas a decir nada bueno, mejor mantente callado y déjame a mí hacer la parte social porque soy experta en eso —comentó ella, determinada.
Rhys no se movió de inmediato. La miró un segundo más de lo necesario, como si evaluara algo. O como si estuviera debatiéndose entre las decisiones a tomar.
—Solo recuerda, Alana, lo que está en juego para ti —dijo acercándose hasta que sus bocas casi se toparon—.
No intentes aleccionarme. No me provoques si no quieres sufrir las consecuencias.
—Ella sentía que su ritmo cardiaco empezó a acelerarse y vio las pupilas de Rhys dilatadas.
De repente, los ojos café oscuro se volvieron invitadores y sugerentes, peligrosos—. ¿He sido claro o no? —indagó él.
—La de los interrogatorios, por lo general, suelo ser yo, y me pagan un estupendo salario por mi trabajo.
No respondo preguntas que no merecen respuesta.
Ahora, ¿te importaría apartarte? A menos, por supuesto, que planees darle a mis vecinos un espectáculo que no consta en el contrato que firmamos días atrás —dijo.
—Un espectáculo… —murmuró perdido en el tono de la voz que era mandona, pero suave y melódica a la vez.
Miró esa boca que parecía rogar ser mordida a modo de castigo—.
No, Alana. Si por espectáculo te refieres a hacer algo más que simplemente besarte con pasión, te equivocas.
Cuando una mujer gime mi nombre, lo hace en privado.
Varias veces. Y muy alto. Aunque, ya que lo mencionas, quizás tú sí querrías público —concluyó Rhys, sarcástico—. O quizá lo has tenido, ¿es así?
Ella contó mentalmente hasta tres.
—Te cruzaría la cara de una bofetada si la marca no fuese a generar interés al llegar al restaurante —replicó, consciente de que se había sonrojado del enfado.
El muy canalla poseía la habilidad de girar las tornas en su contra con rapidez.
Menos mal no había elegido ser abogado, porque si se hubieran enfrentado en una Corte, lo más probable era que el juez los hubiese sancionado por desacato y detenido por intento mutuo de homicidio premeditado—. Ahora, quítate de mi espacio personal.
—Si tienes suerte, Alana —dijo con arrogancia sosteniéndole el mentón entre los dedos, mientras con la otra mano sacaba las llaves del bolsillo—, quizá me sienta generoso y te enseñe que algunos gestos tienen efectos diferentes en otros escenarios.
Pero como te comenté en alguna ocasión, la satisfacción la buscaré en otro sitio.
—Siempre que seas discreto, me da igual —mintió. Porque algo en ella se rebeló ante la idea de saber que podría acostarse con otra mujer—. Pero deberías tener en consideración y recordar las cláusulas del contrato —sonrió sin emoción.
—Que te dé igual es la respuesta de una mujer a la que nunca han follado bien. Lo suficiente para seguir sintiéndolo al día siguiente —dijo Rhys en tono crudo.
Ante la velada insinuación sexual y el último comentario, Alana agradeció que él no tuviera la capacidad de utilizar superpoderes para darse cuenta de que ella tenía las bragas húmedas.
En lugar de permitirle responder, Rhys se apartó y ella se hizo a un costado.
Él abrió la puerta del copiloto para que subiera.
Luego rodeó el automóvil, se acomodó en el asiento y encendió el motor.
No volvieron a hablar, hasta que llegaron al restaurante.
Quizá podrían sobrevivir a esta primera cena juntos.