Entre espinas y seda escarlata CAPÍTULO 8 #3
38%

CAPÍTULO 8 #3

El cabello abundante, algo ondulado y suave, estaba peinado hacia un lado; muy al estilo de John F.

Kennedy Jr. Pero fue la mezcla de la mirada masculina —profunda y casi secreta, recorriéndola de arriba abajo sin reparos— junto a la colonia que poseía un aroma similar al pecado, a la tentación y al peligro, lo que consiguió que el cuerpo de ella reaccionara.

Lo sintió en cada poro de la piel, pero logró controlar el ligero temblor que la atrapó.

Le parecía injusto que el universo conspirara para que la persona que estaba jugando con su reputación y la de su familia la afectara así.

Ella tenía práctica en despistar a la gente sobre su verdadera opinión, a través de una sonrisa y, además, siempre tenía una frase amable para no volver a hablarles durante el resto de la velada, el evento o el encuentro.

Resultaba una pena que en el momento que más necesitaba esa habilidad, como ahora, no pudiera hacerlo.

No por falta de voluntad, sino porque ese jodido contrato se lo impedía. «Dos meses.»

—Buenas noches, Alana —dijo Rhys con frialdad, pues lo que menos deseaba era que sus instintos tomaran la delantera.

Se recordó que esta mujer representaba todo lo que él despreciaba en la sociedad y que formó parte de la humillación de Ingrid.

Tenía las pruebas—. Qué bien que estés lista, porque detesto la impuntualidad.

Solo para dejar clara esta situación: no es una cita, sino un asunto contractual.

Procura no malinterpretar ciertos gestos, creyendo que me interesas más allá del pacto que hicimos.

Recuerda lo que está en juego. Sobre Ingrid, al detalle, hablaremos luego.

Alana se debatió entre darle una patada en los testículos o cerrarle la puerta en la cara. Las palabras de él actuaron como un balde de agua fría, y cualquier extraño trance que su cuerpo hubiera podido experimentar se desvaneció. «Calma. Calma.»

—Qué encantador, Rhys, no esperaría menos de ti —replicó con sarcasmo.

Para evitar continuar frente a él, lo rodeó y siguió su camino hacia el BMW—.

¿La caballerosidad es solo para la sociedad o quizá alcanza también para abrirme la puerta?

—preguntó en un tono dulce y engañoso, que solía usar cuando alguien le caía mal.

El magnate se acercó y apoyó una mano a cada lado de ella, sobre el metal frío de la puerta, atrapándola, y bajó el rostro hasta que sus alientos prácticamente se mezclaron.

La distancia no superaba los diez centímetros.

No se trataba de un error táctico de Rhys.

Durante toda esa semana, desde que la vio en Edgartown, su enfado había ido en aumento.

Inclusive buscó a Corinne, una mujer con la que pensó follar de nuevo, pero después de tomar un par de tragos en la barra del hotel en el que se habían citado, él decidió terminar la velada antes de tiempo.

Su libido pareció no sentir el estímulo suficiente.

Al llegar a casa, cabreado, fue a su gimnasio privado y se dedicó a entrenar, hasta quedarse exhausto.

Ese fue el único modo para desahogar la frustración.

Pero le bastó el recuerdo de la expresión dolida y agobiada de Ingrid, para pensar en la razón de que hubiera orquestado sistemáticamente esa venganza.

Por otra parte, su viaje a Martha's Vineyard se trató de una estrategia de intimidación planeada, aparte fue una vía discreta y sin testigos.

Se sorprendió al conocer una versión distinta de la que mostraba la prensa sobre Alana: sencilla, pocas joyas, el cabello suelto en lugar de los peinados impecables de las fotos, y una expresión relajada.

No la perfección en estilo y postura que exhibía en los eventos, sino algo más real.

Una versión que, estaba seguro, muy pocos habían visto de ella.

Ese rostro calmado cambió cuando notó que él la esperaba en el interior de la casa.

A Rhys no le gustaba su jodido instinto, propio de alguien habituado a estudiar perfiles antes de un asesinato, que le gritaba que esa mujer escondía algo más allá de los documentos que encontró Leyton.

De otro modo, ¿por qué habría exigido que los domingos quedaran libres de compromisos con él o con Ingrid?

De hecho, los domingos eran las mejores ocasiones para mostrarse en público y así afianzar la idea sobre su compromiso falso.

Él había aceptado la cláusula de Alana porque existía una ambigüedad y pensaba aprovecharla.

De ese modo conocería lo que ella escondía.

—Esta noche habrá gente observando y también escuchando.

Los camareros son cotillas, porque conocen la clase de gente que va a Mountain Steaks.

Al tratarse de un sitio de moda nada pasará desapercibido.

Hay reporteros especializados en comida que estarán haciendo alguna crítica gastronómica y podrían reconocernos —dijo Rhys, sin apartarse ni un centímetro.

Esa cercanía le permitía, tal como hacía una semana, ver de cerca los expresivos ojos azules.

Esta vez, él era quien le transmitía un mensaje de hostilidad—.

Así que durante la cena vas a sonreír como si estar juntos te hiciera feliz.

Como si ser mi prometida fuera algo especial e importante para ti.

Ella podía sentir el calor que emanaba del cuerpo masculino.

Estaba rodeada de esa energía potente y algo parecido al deseo.

¿Química, tal vez? Le había sucedido la primera vez que lo vio en la PreGala, aun estando lejos y sin saber quién era.

Se repitió en la playa. Y ahora, en plena calle.

Se preguntaba si la percepción era mutua.

—Mi profesión no es ser actriz, pero como abogada mi trabajo, entre otras cosas, consiste en fingir frente a un público adverso que estoy a cargo de la situación y que ellos tienen más que perder que el cliente al que mis colegas y yo representamos —replicó ella, sosteniéndole la mirada, sin acobardarse.

Procuró no fijarse en la boca sensual de Rhys, porque de lo contrario perdería toda posibilidad de armar frases coherentes.

Que hablara sin tartamudear ya era un éxito—.

Así que la pregunta sería si tú sabrás estar a la altura al ser mi acompañante o si vas a tener esa habitual expresión de indiferente arrogancia.

Porque te recuerdo que si bien yo puedo hacer bien mi rol y ayudar a Ingrid, eso sería solo el cincuenta por ciento. El resto es tuyo.

Los ojos de Rhys destellaron peligrosamente ante la franqueza y provocación. Ella estaba recordándole la diferencia de mundos sociales a los que pertenecían, y que nada tenía que ver si eran o no parte de una red similar debido a sus bienes y fortuna.