Entre espinas y seda escarlata CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

Ahora, ella tendría que pasar los siguientes dos meses pretendiendo ser la prometida del primitivo de Callahan.

Además, tenía que hallar la manera de que su rostro no diera a entender que no le hacía gracia estar al lado de un chantajista.

Sin embargo, al tratarse de un contrato —en términos de Russell: un acuerdo de colaboración social sin remuneración— Alana también tenía la potestad de negociar.

Durante la firma no estuvo Rhys, de lo contrario ella quizá no hubiera logrado guardar sus réplicas mordaces e impropias de su usual prudencia.

Alana estableció que los días domingos eran solo para ella, y que bajo ninguna circunstancia compartiría ese día con el multimillonario.

También exigió que sus actividades profesionales se respetaran y que nada vinculado a su gestión en McKenzie y cuando todo acabe, entonces podrás hablarlo sin reprimirte», reflexionó.

Alana soltó una larga exhalación. Ahora caía en la cuenta de que a Taylor tendría que mentirle.

Entre ellas siempre habían sido lo más sinceras posible.

Eso le dolía y era otra razón para detestar a Rhys.

Apagó el ordenador y echó la cabeza hacia atrás contra el respaldo de la silla.

Cerró los ojos unos instantes. Al rato, con algo parecido a la resignación, agarró su bolsa y abandonó la oficina.

«Necesito un baño relajante antes de salir… ».

Alana se aplicó unas gotas de perfume. Le gustaban los aromas frutales y el de pera con toques ligerísimos de vainilla era su preferido.

El baño le había sentado muy bien. Durante el tiempo que se arregló frente al espejo recordó que tenía que restar importancia a las fotos que circulaban en internet de Rhys con otras mujeres.

Había cometido el error —inconsciente— de pensar que la gente no creería que un hombre que salía con acompañantes que poseían un cuerpo delgado y atlético, la consideraría a ella —siendo tan opuesta al molde usual de Rhys— como la persona con la que quería casarse.

Luego su voz interior, enfática, condenó esa reflexión de absurda inseguridad y la instó a blindarse del mejor modo posible: vestirse con las prendas que la hicieran sentir más guapa y atractiva, para ella; que usara un maquillaje tan delicado que exaltara sus pómulos y ojos con toques precisos; y que dejara su cabellera larga y suave caer con libertad bajo sus hombros, pero recogida a un lado con una horquilla.

Con renovada seguridad, no menos nerviosa —porque jamás había vivido una situación como esta— eligió un vestido midi azul noche, de corte limpio y sin pretensiones.

Nada que sugiriera esfuerzo. Porque se trataba de sentirse bien ella, mas no de impresionar a un idiota.

Buscó sus tacones Manolo Blahnik que le daban un poquito más de altura a un metro con sesenta y ocho, dieciocho menos que Rhys.

Alana comprobó que su móvil estuviera con la batería completa y después tomó una larga inhalación para prepararse.

No sabía qué esperar. Solo quería que las siguientes semanas pasaran rápido y que Ingrid encajara con las personas que iba a conocer, pues no todas eran agradables, aunque poseyeran las conexiones que una aficionada a la moda buscaba.

Alana agarró su bolsa y guardó el labial, al ver un BMW Alpina aparcando frente a su jardín delantero.

Ella vivía en una casa de fachada en piedra rojiza oscura, de dos pisos, con su característica escalinata de entrada, en Back Bay.

Al contrario de lo que hubiera pensado —considerando los antecedentes— Rhys bajó del coche y llamó a la puerta, en lugar de cometer la grosería de tocar el cláxon esperando a que ella saliera de la casa y subiera al automóvil, mientras él permanecía en el asiento del conductor.

Alana abrió con suavidad y elevó el rostro.

Podría invitarlo a pasar, pero no era esa clase de relación.

Todo era falso. Ella no estuvo preparada para el impacto de verlo de nuevo.

Más allá del fastidio que sentía hacia él, no podría recordar a otro hombre que luciera mejor un traje como Rhys.

De chaqueta color azul oscuro, pantalones a juego, camisa interior gris sin corbata y dos botones abiertos, la ropa le quedaba tan bien que sus músculos se ajustaban perfectamente a la tela; cada prenda parecía que estaba diseñada para contener los instintos salvajes de un hombre que aparentaba extremo control, pero subyacía la amenaza de que pudiera desatar su verdadera naturaleza de un momento a otro.