CAPÍTULO 8
Alana apenas logró dormir a lo largo de la semana, después de la invasión —pues no iba a llamarla de otra manera— de Rhys Callahan a su casa en Edgartown.
En lugar de tener un espacio de tranquilidad en la playa, el chantaje la había dejado inquieta.
Su mente estuvo lanzando hipótesis de posibles escenarios para librarse de la situación con el irlandés, pero en ninguna existía algo para contrarrestar las pruebas que él poseía.
Inclusive se adentró a investigar su pasado, ya no en redes sociales, sino con la persona que solía trabajar para su familia y que averiguaba qué colecciones privadas de arte estaban a punto de salir a la venta.
Laurence Courtier era excelente para localizar piezas exclusivas, sin importar en qué ciudad del mundo estuvieran disponibles, y así le daba a Galerías Pemberton ventaja competitiva.
El negocio del arte era más sofisticado y complejo de lo que nadie podría imaginar, no solo porque se trataba de piezas únicas, sino también porque una negociación podía tardar meses.
Pero Laurence no logró encontrar nada comprometedor sobre Rhys que pudiera dar a Alana pruebas con el mismo efecto que las de él.
Es decir, un doble chantaje en el que las partes quedaran frenadas a la vez, en un punto neutral. La situación la frustró.
Por otra parte, aunque amaba ejercer de abogada, si la amenaza hubiera sido un procesamiento por fraude federal y encubrimiento, ella podría haberse defendido con todo lo que tenía al alcance.
El abogado de Callahan era una eminencia, sin duda, pero inclusive los más exitosos tenían fracasos.
Alana poseía la perseverancia, suspicacia y sagacidad suficientes para batallar hasta dar con una salida que no incluyera la cárcel.
No obstante, un proceso judicial habría dañado su reputación irreparablemente.
De poco o nada le habría servido encontrar un acuerdo legal viable, en lugar de ir a juicio.
Pero lo peor hubiese sido que sus padres salieran en los titulares noticiosos, porque se habrían convertido en una burla de quienes disfrutaban ver a otros sufriendo un caótico e inevitable declive social.
En el caso de Sandy, jamás se lo perdonaría.
Mas lo que de verdad la llevó a ceder ante el contrato y el chantaje de Rhys no fue su madre, ni el miedo, ni las terribles consecuencias. Fue su padre.
Si ella no hubiera firmado el ridículo documento en la oficina de Ferdinand Russell, Darren habría sufrido, porque él sí valoraba desde un punto de vista sentimental, no material, la herencia que había pasado de generación en generación entre los Pemberton.
Inclusive se sentía orgulloso de pertenecer a una familia que —desde los inicios de Boston— había ofrecido a la sociedad filantropía, apoyos a planes gubernamentales y, ahora en el nuevo siglo, contribuía a que el arte continuara siendo un punto importante del entramado de aprendizaje y cultura, a través de las galerías.
Aparte, cada rama de sus negocios contaba con un proyecto que buscaba integrar a la juventud en actividades que repercutieran positivamente en su formación intelectual.
«¿Cómo podría permitir que su propio padre cayera en la jaula de los lobos para ser destrozado?
». Alana decidió proteger a los suyos, pues no le parecía justo que el trabajo de sus ancestros se diluyera por errores involuntarios de su padre, consecuencia de una enfermedad.
Sus movimientos legales habían sido sigilosos durante tres años —cuando se enteró de lo que ocurría con Darren—, y así habrían continuado si no hubiese aparecido el cretino de Callahan.
Pero esta era la realidad a la que tenía que enfrentarse y la aceptaba.
Ella siempre buscaría defender a los suyos.
Darren era una de sus personas favoritas, no solo por ser su padre, sino porque era el mejor ser humano que conocía.
En incontables ocasiones había presenciado su generosidad y calidez con otras personas, sin importar si eran ricos o pobres o si convenía que integraran su red de contactos.
Quizá ese era uno de los aprendizajes más valiosos que poseía gracias a él, entre otros tantos.
A pesar de que siempre estaba ocupado, por su abanico de negocios o viajando, jamás le negaba un instante de su tiempo para conversar o para detenerse y saber cómo estaba; no siempre lograba llegar a todas sus actividades escolares, pero la llamaba para decírselo.
Todas las promesas que hacía, las cumplía; a diferencia de su madre.
Desde que tenía memoria, Darren la mimó bastante.
Como cuando organizó una fiesta para celebrar sus nueve años con la decoración y réplica exacta de la casa de las hadas madrinas de La Bella Durmiente, hasta ser su inversor cuando ella se graduó de un curso de repostería y decidió abrir una tienda de galletas y postres.
Esto último fue un éxito que duró poco tiempo, pero el gusto por cocinar se mantenía.
De hecho, hacía las tartas de cumpleaños de su familia.
Sandy tenía la manía de criticar si el postre quedaba muy o poco dulce, pero a Alana le daba lo mismo, porque sabía que al final su padre era el que los disfrutaba.
«Todos cometen errores y eso no significa que han fracasado, sino que tienen la posibilidad de mejorar en la siguiente oportunidad», le solía decir Darren cuando ella llegaba a casa con alguna mala nota de la escuela o cuando estaba aprendiendo a andar en bicicleta y se caía las primeras veces que intentaba mantener el equilibrio.
Lo mismo ocurrió cuando aprendió a nadar; las veces que tragaba agua o se frustraba, él la animaba a que volviera a intentarlo.
No era el clásico padre que la regañaba con gritos o condicionamientos emocionales.
La forma en que le hablaba era pragmática.
—Papá —le había dicho en una ocasión, ella tenía doce años—, no entiendo por qué no despediste a Milla. La vimos que estaba llevándose el dinero que dejaste sobre la mesita del otro salón. Ese dinero era para ir esta tarde al cine con mis amigas.
Darren le había hecho un gesto para que se sentara junto a él en el sofá.
—Milla tiene cuatro hijos. Todos tienen más o menos tu misma edad. Ella ha trabajado con nosotros desde antes de que nacieras, Lani, y acaba de cometer un…
—Error —había interrumpido ella, completando la frase—. Pero existe una diferencia entre equivocarse y cometer un delito. Robar es un delito, papá. Merece castigarse. ¿Acaso no es lo normal en cualquier circunstancia? —había preguntado.
El hombre de ojos celestes la había mirado con una sonrisa.
—Entiendo tu punto, pero, ¿acaso le preguntaste por qué tomó el dinero?
—Claro que no, porque el motivo no importa, papá —había replicado—. No quiero ser mala, porque Milla es buena con nosotros, pero hay que ser justos en todo.
—Bueno, después de que tú me comentaras lo sucedido, yo sí fui a hablar con ella, Lani.
—Alana había elevado ambas cejas—. Lo que tú creías que era un robo, en realidad se trató de que Milla tomó el dinero y fue a guardarlo en mi cajón del estudio.
Cuando fui a comprobar, efectivamente, los treinta dólares estaban ahí. Completos.
—Yo…
Darren le había hecho una caricia en la cabeza.
—A veces, querida hija, las personas cometen ciertos actos que van contra todo pronóstico de considerarse justos o coherentes.
En ocasiones son culpables, en otras —como el caso de Milla— no.
Pero siempre existe un trasfondo, una realidad, una historia.
Si quieres ser abogada, como tantas veces me lo has dicho, entonces debes comprender que inclusive los delitos más graves están cometidos por seres humanos.
Por ende, tienes que analizar sus circunstancias con nombres y apellidos, no como anónimos que llegan a tu escritorio para ser condenados. ¿No lo crees así?
Ella se había sentido avergonzada e hizo un asentimiento.
—¿Y qué tal si hubiera robado el dinero de verdad? —había preguntado Alana.
—Entonces, le habría preguntado la razón.
—¿Así nada más?
—Hay algo importante en todo esto, Lani.
De algún modo, me alegra que haya sucedido y que fueses tú la testigo de la situación —había expresado mirando a su hija—.
Procura siempre darle a la persona frente a ti la oportunidad de explicarse.
Si la ofensa que cometen es muy grave, no te apresures a emitir un juicio: medítala.
Pero siempre pregunta qué ocurrió para que esa persona haya llegado a cometer un delito.
Alana había hecho una mueca.
—Supongo que le debo una disculpa a Milla…
—Así es, señorita —había sonreído el multimillonario—. Ve y habla con ella.
Desde esa conversación ya habían transcurrido quince años.
Aunque tenía presentes las palabras de Darren, en medio de la agitada vida del ejercicio profesional a veces se le olvidaban.
Además, no todo era blanco y negro; muchas personas no merecían ser escuchadas.
Sin embargo, ella hacía lo posible por intentar ser justa.
El problema radicaba cuando la contraparte no le correspondía.
La ironía era que tenía que aplicarse a sí misma la lección de esos años.
Por supuesto que había cometido un delito, pero existían razones importantes detrás.
No era de extrañar que Rhys nunca le hubiera hecho preguntas sobre los porqués, porque al parecer ese no era su estilo.
Tan solo actuó, en lugar de preguntar, chantajeándola.
Pero, al igual que ella, tal como cualquier persona, seguro él también tenía secretos.