CAPÍTULO 7 #3
—¿Es una orden…? No creo que pueda volver a…
—Tienes el instinto, la rapidez y sigues órdenes. Te falta entrenamiento, como a cualquiera. Serían los miles de dólares más fáciles de obtener: apretar un gatillo —dijo. No volvió a hablar. Eso era todo. El encargo había llegado a su final.
«Misión cumplida», pensó Rhys con ironía.
Después de deshacerse del arma, la jeringuilla y el auricular, vomitó.
Su cuerpo temblaba. Sentía una pesadumbre en el pecho que no era capaz de explicar.
Necesitaba sentarse, pero no podía hacerlo, porque prefería regresar a casa.
Pero, a la vez, no sabía con qué cara miraría a su familia.
Él no era ni sería jamás el mismo Rhys que se había despedido de ellos esa noche, argumentando que iría a una fiesta para ayudar como valet parking, porque ese Rhys había muerto en el instante en el que apretó el gatillo; en el instante en el que la vida de Sloane y su amante se apagaron a causa de sus disparos y lo que, imaginaba, era un veneno inyectable.
Daba igual. Jamás podría ver la vida del mismo modo.
La ilusión o la esperanza tan propia de su edad había sido despedazada, porque había pagado el precio de intercambiar su moral y su humanidad por la oportunidad de que su padre pudiera mejorar su vida.
Necesitaba estar a solas y bañarse.
Quería embriagarse, pero eso no borraría sus acciones.
Se sentía sucio, aunque en el traje ni en las manos tenía gotas de sangre o suciedad.
Lo que estaba manchada era su conciencia.
Lo que estaba destruida era la confianza en el sexo opuesto y cualquier indicio de pensar en una mujer como algo más que un coño para satisfacer sus necesidades.
Lo que había sido aniquilado por completo era su concepto del amor, ahora sabía que era una triste y fútil invención.
Cuando llegó el correo semanas más tarde, Rhys no lo meditó demasiado.
Su padre había sobrevivido y estaba en proceso de recuperación, luego del trasplante.
Eso era lo único que importaba. El resto —la moral, la culpa y ese peso extraño e indescriptible que todavía sentía en el pecho cuando intentaba dormir— era un lujo que no podía permitirse, porque para Rhys era más importante salir de las cloacas de South Boston.
No solo por él, sino por su familia: su madre, su hermano y su padre.
Aceptó la oferta para convertirse en sicario de la mafia.
Cinco días después, le dieron las instrucciones para empezar su entrenamiento.
Durante el proceso, Rhys notó algo peculiar: la curva de aprendizaje le resultó corta, porque la parte más compleja —que era cruzar la línea entre la moral y el crimen— él ya la había pasado.
Además, en el transcurso de las semanas entendió que ese ligero, casi imperceptible, tirón en el pecho antes del primer disparo en cada encargo no desaparecía nunca, sino que dejaba de tener importancia.
Se volvía costumbre al repetirse tantas veces y parecía adherirse al trabajo como parte de él.
Uno de los aspectos que le pareció muy útil fue aprender a leer el lenguaje corporal de sus objetivos, definir el momento y segundo exacto en los movimientos para que el proyectil impactara en el sitio preciso.
Desperdiciar balas convertía la misión en un acto descuidado y Rhys, como estudiante de ingeniería civil, prefería lo controlado y organizado.
Coordinar su vida de alumno regular en la universidad con los encargos de Vipers Reign no fue fácil, menos justificar sus ausencias en casa de sus padres.
Por ese motivo, él eligió mudarse a un pequeño estudio y así tener mayor independencia.
Pudo pagar los estudios de su hermano que, a pesar de que era listo, no logró ingresar a la carrera médica a través de una beca.
Así que gracias al dinero que ganaba, pagos siempre puntuales y generosos de la mafia por su excelente desempeño, Craig logró obtener su título universitario.
Su padre se recuperó por completo. Durante un tiempo, la familia pareció recobrar un poco de serenidad.
En cuanto al capo, Blynth, jamás mencionó el asunto de Sloane.
Fue como si no hubiese ocurrido. Las noticias apenas se hicieron eco del tema, porque la mafia estaba detrás y eso evitaba que se publicaran ciertos titulares e información.
Para el resto del mundo, Sloane McCain se había suicidado. Nunca se mencionó al amante.
En esos años como sicario, Rhys construyó dos cosas: una cuenta bancaria sólida que si no hubiera aceptado la oferta de la mafia jamás hubiera logrado sostener, al menos en pocos años.
Con ese dinero, aprendió a realizar pequeñas inversiones que le daban intereses.
Lo segundo fue obtener su título como ingeniero civil, graduado con honores, porque le había prometido a su madre que iba a sentirse orgullosa de él cuando acabara la universidad.
Y era ese título académico el recordatorio que lo ayudaba en aquellas noches oscuras, en las que el trabajo se volvía pesado y la frialdad parecía apropiarse por completo de él, y lo hacía fijarse en que no solo aniquilaba vidas, sino que sus manos e intelecto poseían la capacidad de crear.
Rhys deseaba más que nada bosquejar proyectos únicos que alguna vez pudiera ver hechos realidad.
En lo profesional y familiar, todo funcionaba. En lo personal, era otra historia.
Por supuesto que hubo varias amantes, el detalle era que ninguna duraba más de lo que él consideraba que merecía la pena.
Sus necesidades variaban y también sus gustos.
Fueron épocas en las que podía gastar mucho dinero, pero siempre pensaba en el futuro y que provenía de un ambiente de carencias.
Un ambiente que no quería replicar de nuevo y por eso, aunque proveía a su familia, también era inteligente y sabía administrar lo que ingresaba en su cuenta bancaria con cada encargo de la mafia.
Rhys, con las mujeres, se encargaba de establecer los términos desde un inicio.
Si buscaban que él les arreglara la vida o les hiciera obsequios caros, las dejaba.
Él no era un cajero automático ni pretendía mantener a nadie.
Se volvió cínico. No volvió a creer en lágrimas, historias tristes, menos se interesó por los sueños de las amantes que pasaban por su cama.
Él follaba, la pasaba bien durante unas horas o días, pero no volvió a darle el beneficio de la duda, ni tampoco su confianza, a ninguna mujer.