CAPÍTULO 7 #2
—Tienes cinco minutos para cumplir con la consigna. Si no lo haces correctamente, el equipo de limpieza se encargará no solo de la escena, sino de ti —dijo la voz a modo de sentencia, sin admitir réplicas. Luego todo quedó en silencio.
Rhys se preguntó si el sonido de su corazón retumbando en el pecho podría escucharse alrededor, aunque no hubiera nadie.
Él no era imbécil para creer que el «equipo de limpieza» al que se refirió el hombre eran unas mucamas.
Solía leer thrillers de crímenes y juicios, pero jamás pensó que en la vida real escucharía esos términos.
Ahora estaba solo.
Se pasó la lengua sobre los labios. Intentó ralentizar la respiración.
Después se dirigió a la puerta y sacó el arma.
Cuando dejó de temblarle la mano con la que sostenía la 9mm, con la otra giró la manilla y entró rápido.
La escena que tuvo ante él no iba a ser posible de borrar jamás de su memoria.
Así como tampoco podría olvidar la furia ciega que lo embargó al instante.
Parecía que sus ojos todavía intentaban asimilar la cruda escena, pero su cerebro ya había procesado todo de golpe.
No era un estudio en este caso, sino una habitación.
En la alfombra estaban dispersas varias prendas.
Un hombre de espalda con músculos definidos y un trasero que se movía al vaivén de sus caderas estaba follando con una mujer que gemía en un modo quedo, pero imposible para Rhys no identificarlo.
Ni tampoco de quién se trataba. Sus instintos parecieron activarse.
Ninguno de los dos amantes se dio cuenta de su presencia, hasta que apretó el gatillo y el disparo dio en la pierna del hombre.
Este, por instinto se giró, y Rhys notó que era la persona de la fotografía.
Pero no le importaron los gritos de la mujer que, incontables veces, había gemido su nombre.
Apretó de nuevo el gatillo y en esta ocasión, en la postura que estaba el desconocido —mirándolo por sobre el hombro, entre el asombro y el dolor—, la bala entró directo en la sien.
El hombre cayó con todo su peso sobre Sloane y esta soltó otro alarido con desesperación, apartando ese cuerpo de inmediato.
Manchada de una sangre que no era suya, con los muslos aún separados, la mujer estaba en shock.
Rhys mantuvo el arma levantada. No temblaba.
Sentía como si hubiera hecho esto toda su vida, cuando era la primera ocasión en que mataba a alguien.
Por breves segundos pareció entender que las motivaciones para cometer un crimen solo requerían de un aliciente que removiera las emociones más primarias de una persona.
—Zorra —dijo él con desprecio hacia Sloane, acercándose.
Ella reptó hacia atrás, pero no calculó bien la distancia y cayó sobre el colchón. Se recuperó rápidamente y volvió a acomodarse. Le temblaba la barbilla. Tenía miedo.
—No… Por favor, no —susurró y agarró la sábana para cubrirse—. Te lo puedo explicar, Rhys —dijo con lágrimas cayendo sobre las mejillas—. Escúchame.
—¿Desde cuándo, maldita seas? —preguntó y le puso el cañón del arma en la frente.
Ella sollozó—. Todo lo que me decías eran puras mentiras.
Con cuántos más habrás follado, mientras jurabas que me querías.
Cuando me contabas tus estúpidos sueños.
¿Es ese el hombre con el que ibas a casarte?
¿Eh? —preguntó presionando el cañón, hasta que la presión hizo que ella trastabillara y cayera de nuevo en el colchón.
Rhys se inclinó sobre ella. Su mirada había perdido calidez y acababa de ser reemplazada por algo parecido a la oscuridad que atrae a las almas en pena: vacía.
—N… no… —susurró Sloane—. No es con quien iba a casarme… No…
Él estaba cegado por la rabia, la traición y una profunda decepción.
Había creído hacer lo correcto al alejarse de ella.
Quiso buscarla esta noche inclusive para hablar, un instante, sin embargo, desistió y prefirió mirarla desde la distancia.
Pero jamás pensó que quedaría como un reverendo idiota, un cornudo nada menos, pensando en los sentimientos de Sloane cuando la mujer follaba con otro hombre.
«¿Cuánto tiempo habría durado la aventura? ¿Cuánto tiempo burlándose de él?».
Rhys recordó la razón de estar en esa habitación.
Solo tenía cinco minutos.
Su vida o la de este par de hijos de perra. Uno ya estaba aniquilado.
Dejó el arma sobre la mesilla de noche y sacó la jeringuilla.
No le dio tiempo a Sloane de reaccionar o tratar de agarrar la 9mm, sino que con rapidez le clavó la aguja en el cuello con más fuerza de la que habría sido necesaria.
No pudo evitarlo; quería verla sangrar; quería verla suplicar y llorar de dolor.
Las emociones que experimentaba no eran propias de él, sin embargo, parecía estar poseído por un lado oscuro que quizá siempre había necesitado salir, y que en ese instante encontró la grieta necesaria para colarse a la realidad.
La rabia lo tenía cegado, la adrenalina no le permitía pensar con claridad, pero el instinto de supervivencia y la razón de que estuviera en esa maldita fiesta no se le olvidó: una oportunidad de vida para su padre.
El precio a pagar: quitar dos vidas a la vez.
La mujer, al intentar agarrar a Rhys, cayó sobre la alfombra.
Se llevó la mano a la garganta. Abría y cerraba la boca. Le costaba respirar.
—Ojalá no te hubiera conocido… He perdido lo único que tenía valor para mí: la humanidad —dijo Rhys y, en un gesto ajeno a sí mismo, le escupió en el rostro.
Ella se limpió el escupitajo, pero las lágrimas seguían cayendo.
Intentaba hablar, pero su garganta estaba cerrándose. Como si un puño la estuviese ahorcando. La sustancia empezó a paralizarle el cuerpo. Sloane jadeaba.
—Rhys… Perd… Perdóname… Por…
Él la quedó mirando, no dijo nada. La furia que llevaba dentro no se calmaba.
Y por esa razón, aunque sabía que no era la orden que le dieron y que la jeringuilla ya había hecho su trabajo —porque Sloane se estaba apagando— tomó una decisión impulsiva.
Esos ojos que todavía permanecían con un hálito de vida, cada vez más débil, estaban llenos de lágrimas, miedo y súplica silenciosa.
No tenía voz, no podía hablar ni moverse, menos defenderse.
Algo en Rhys no pudo tolerar verla de ese modo.
No quiso verla agonizar, ni que así fuese el último momento entre los dos.
Agarró el arma y disparó.
Sloane quedó sin vida. Su cuerpo inerte.
La sangre empapando la alfombra blanca con beige.
Restos de materia cerebral se mezclaron con el suave material del acolchado.
Él no tenía idea de cuánto tiempo se quedó en ese estado.
Contemplando el cuerpo inerte, pero a la vez sin observar nada. Hasta que la voz le habló de nuevo.
Rhys reaccionó, como si saliera de un trance, parpadeó varias veces. Y a la par se dio cuenta de lo que acababa de hacer, más allá del asesinato: no solo le había quitado la vida a Sloane, su exnovia, sino a la hija predilecta del capo de Vipers Reign.
—Buen trabajo. Ha concluido el tiempo —dijo el hombre—. Sal de la casa.
—La persona que acompañaba al hombre de la foto… —susurró Rhys.
—El jefe lo sabe y lo planeó de esta manera —replicó la voz de un modo rápido y en el mismo tono monótono, frío—. Lárgate de esa habitación. Te quedan cuarenta segundos para desaparecer. Lleva el arma contigo y también la jeringuilla.
Rhys no miró atrás. Tan solo, como un autómata, bajó las escaleras.
Tomó en esta ocasión un pasillo que llevaba a la salida de servicio y se fundió con la noche.
Cuando empezaba a alejarse volvió a escuchar la voz en el auricular.
En esta ocasión, le habría gustado que se quedara en silencio y no haber conocido la información que el hombre le dio.
Porque, a partir de ese instante, su corazón perdió toda nobleza.
—No habría represalias contra ti —habló el desconocido—. Sloane estaba vendiéndole información a ese hombre. Creyó ingenuamente que el capo lo ignoraba.
—Yo…
—Tú fuiste una distracción. No existe ninguna herencia de la abuela, Callahan, así que el dinero de Sloane provenía de vender información de Vipers Reign al mejor postor.
Su inocencia es tan genuina como la bondad de Lucifer —comentó, ignorando que cada palabra era como una cuchillada en el plexo solar de Rhys y también aniquilaba toda posibilidad de volver a contemplar el vínculo con una mujer bajo un concepto distinto al de una compañía desechable y temporal.
Cada palabra mataba cualquier resquicio de empatía que hubiera existido en él—.
Esta era la única forma de deshacerse de ella.
Se considerará una situación sin resolver.
El capo elegirá un chivo expiatorio para culpar, y ese no serás tú. Has cumplido muy bien con tu parte.
—Su propia hija… —alcanzó a farfullar Rhys.
—En los negocios de la mafia, la familia es la más importante; tan importante como la lealtad. La falta de ella se paga con la muerte sin considerar el grado de parentesco, Callahan. Este es un mundo de decisiones complejas para sobrevivir.
—Sloane… Mierda…
—Ella estaba embarazada de ese hombre —expresó con indiferencia—. Abortó hace tres semanas. El jefe no tiene piedad. Todo lo que hace es calculado.
—¿Qué…? Esto es demasiado… Yo… —murmuró y apoyó la mano contra la pared más cercana. No podía creer lo que estaba escuchando, aunque fuese real.
—No soy psicólogo —replicó el otro hombre con hostilidad—. Deja el auricular, el arma y la jeringuilla en el primer bote de basura de la siguiente esquina. Un equipo se encargará de esa minucia, Callahan. El jefe estará satisfecho contigo.
—Pero era su jodida hija… —dijo sin poder evitarlo.
Del otro lado se escuchó una carcajada indolente.
—Procesa lo ocurrido. Sabes seguir órdenes. Y si quieres ganar mayor dinero que siendo un repartidor de mercadería, puedes ser parte del equipo de asesinos a sueldo. Los sicarios ganan muy bien. Recibirás un correo. Acéptalo —exhortó.