CAPÍTULO 7
Boston, Massachusetts.
Estados Unidos de América.
Años atrás.
Rhys.
La seguridad exterior era más apropiada para una reunión de presidentes, en lugar de la celebración de una fiesta de cumpleaños.
Aunque, por supuesto, se trataba de la mafia y esta poseía más enemigos que cualquier político.
Rhys tuvo que pasar varios filtros antes de que le dieran paso al interior.
A pesar de que llevaba una jeringuilla, no le hicieron preguntas ni tampoco lo retuvieron más de lo que hicieron con los demás invitados.
Él asumía que estaban al corriente de que tenía la autorización de no crearle problemas, sino darle facilidades.
El esmoquin le quedó como si hubiera sido hecho por alguien que conocía bien cuáles eran sus medidas.
Ya no se inmutaba ante este tipo de detalles, pues aceptaba que la mafia conocía el perfil completo de las personas que se vinculaban a la organización.
Aparte, desde que se convirtió en recadero, había empezado a estudiar sobre las diferentes familias de todas partes del mundo que conformaban estas entidades que trabajaban bajo su propia ley y condicionaban la vida de muchas personas.
Algunas películas parecían exagerar lo que señalaban los libros de historia, pero Rhys había escuchado rumores que daban a entender que Hollywood era solo un muestrario menos cruel de lo que era la realidad.
Aunque no tuviera conocimiento profundo de cómo funcionaba el sistema de Vipers Reign —pues entendía que cada mafia se conducía de manera distinta—, solo se necesitaba sentido común para comprender que todas tenían un detalle que no variaba: se obedecía sin hacer preguntas, a menos que le dieran la opción de hacerlas.
Por otra parte, Rhys se sentía un poco inquieto al hallarse en un tipo de trabajo diferente al que llevaba tiempo ejecutando.
No tenía demasiados detalles o directrices en un ambiente que le era ajeno.
Solo llevaba un pequeño auricular en una oreja —invisible a la vista— y todavía no le daban ninguna orden a seguir.
Solía ser paciente en algunos aspectos, pero en esta ocasión se trataba de tener éxito en su encomienda si quería continuar vivo.
Pero lo más importante: necesitaba que su padre se salvara.
No existía espacio para cometer errores.
Empezó a caminar, fingiendo que estaba habituado a estos eventos. Si actuaba como si no encajara, llamaría la atención. No quería eso. Sus pasos eran mesurados.
Al entrar en la mansión se quedó maravillado ante la cantidad de lujos y la magnífica decoración que solo había visto en películas.
Todas las personas, no podría decir la cantidad porque eran más de las que podía contar con un simple vistazo, vestían ropas cuyo costo de seguro podría cubrir un año entero de su universidad.
Los camareros iban y venían de un lado a otro con una agilidad que ni siquiera él había logrado aprender durante el tiempo en el que trabajó en el restaurante.
Continuó caminando a la espera de que el auricular se activara, pero no sucedió.
Se dio el tiempo de recorrer los alrededores, mezclándose entre la gente sin hablar con nadie en particular, mientras buscaba el rostro de la fotografía y que había memorizado.
Se trataba de un hombre de aproximadamente treinta años, su rostro podría haber salido en las tapas de revistas si no fuese por una marcada cicatriz en la mejilla izquierda.
Ese detalle afeaba la simetría de sus facciones angulares.
Rhys se preguntaba por qué razón le interesaba al capo.
A este último no lo veía por ninguna parte.
Su inconsciente lo traicionó al intentar buscar a Sloane.
La había echado en falta. Esa era la verdad.
Pero había hecho un trato, así que la vida de su padre era su prioridad.
Estaba a punto de aceptar una copa de champán —sí que había probado esa clase de bebida, pero sabía que la calidad que se ofrecía esta noche él no podría pagarla— cuando vio a Sloane a lo lejos.
No estaba sola, sino rodeada de un grupo de amigos y parecía estar divirtiéndose.
Lucía hermosa con un vestido color vino que se ajustaba a su cuerpo.
Llevaba el cabello recogido en un tocado que realzaba el cuello delicado.
Los pendientes que colgaban de sus orejas eran de color esmeralda.
Se preguntó qué diría si lo viese en esa fiesta; si acaso pensaría que la estaba buscando porque tenía la intención de pedirle que volvieran o si lo despreciaría por no haber tenido las agallas de decirle a la cara que la relación no podía continuar.
Debido al movimiento constante en su línea de visión, Rhys observaba a Sloane a destiempo.
Lo más preocupante era que todavía no lograba encontrar al hombre de la fotografía, a pesar de que había sido sigiloso y que procuró no distraerse demasiado con su ex.
Al cabo de unos minutos, cuando de repente volvió la atención al patio, Sloane ya no estaba con el grupo de amigos del inicio.
Frunció el ceño, desconcertado, porque fue como si se hubiera esfumado entre los invitados.
Eso le pareció algo extraño, pero no podía perder el tiempo haciendo hipótesis, porque tenía un asunto por resolver.
Se obligó a enfocarse. Maldijo por lo bajo, pues ignoraba dónde carajos estaba la persona con los rasgos que él se había aprendido de memoria.
Empezó a caminar hacia otras áreas de la planta baja.
No veía a nadie con una jodida cicatriz.
Se pasó los dedos entre los cabellos. «Mierda.»
—Callahan —dijo una voz siniestra y desconocida a través del auricular.
Él se detuvo en seco y casi tropieza con una elegante anciana. Murmuró una disculpa y se dirigió a una zona cubierta por árboles en la que había gente fumando. Pasó de largo, hasta que encontró lo que era un pequeño jardín dentro del principal.
—Sí, escucho —replicó. No preguntaría quién era, porque no se lo diría—. He buscado al objetivo, pero no lo encuentro. ¿Cuánto tiempo tengo para hacerlo?
—Tu trabajo es seguir nuestras órdenes —dijo la voz masculina, ignorando el comentario. Su tono era firme y frío—. Sal del puto jardín y sube al segundo piso.
Rhys empezó a caminar siguiendo las instrucciones, consciente de que estaba siendo observado.
¿Desde qué parte o cómo? Nunca lo sabría.
Se abrió paso entre los invitados que bailaban a gusto con la música a tope.
Las risas se mezclaban entre charlas breves apenas audibles.
Además, había un bufé de comida instalado con una longitud equivalente a varias mesas.
Durante su camino, Rhys notó por el rabillo del ojo que el capo estaba conversando con una señora a la que llevaba del brazo; asumía que se trataba de la esposa.
Pero por ninguna parte veía a Sloane. No conocía a las hermanas sobre las que ella le había hablado, así que no podría identificarlas.
Continuó su recorrido, hasta que alcanzó el segundo piso.
Esa área tenía dos pasillos y llegaban los sonidos de la fiesta, pero con menos intensidad que en la zona de los invitados.
Él había tomado la ruta que le indicó la voz: ir a la segunda planta sin que nadie lo notara, entrando antes por la cocina trasera —entre el agitado trabajo de chefs y el equipo de catering— y luego dirigirse al pasillo de la derecha. Hacia la primera puerta.
—Estoy afuera de la puerta —dijo en voz baja Rhys.
—Entra. Se trata de un estudio. Abre el segundo cajón del escritorio. Agarra la 9mm. Guárdala en tu bolsillo para que sea rápida de sacar. ¿Comprendiste?
Rhys se quedó unos segundos en silencio, mientras cumplía la consigna.
Esperó a que la voz le diera más instrucciones.
—Hecho… Eh, jamás he utilizado un arma de este calibre —expresó el joven arriesgándose a que de repente alguien se acercara para matarlo o sacarlo a rastras.
El hombre del auricular, en tono escueto y rápido, le explicó cómo utilizarla.
—No puedes fallar, ni dudar, Callahan.
—Entendido —replicó el joven, inquieto—. ¿Cuál es el siguiente paso?
—Dirígete hacia el otro pasillo. Rápido.
Abre sin llamar a la quinta puerta del lado derecho.
Cuando lo hagas, lo primero que harás es avanzar hacia el hombre que vas a encontrar.
El de la fotografía. Mátalo. El arma tiene silenciador.
No importa la cantidad de disparos —dijo la voz con frialdad—. Después, mata a su acompañante.
Rhys se quedó estático por un instante. Se le secó la garganta.
—Yo…
—Tu padre se queda sin su trasplante, y tú recibes un regalo al fallar una orden de la mafia: la muerte. ¿Dos decesos en la familia serán agradables para tu hermano y para tu madre? ¿Soportarán sobrevivir de ese modo? —preguntó irónico, pérfido.
—No… No estoy dudando. Sé lo que acordé con el capo. Sí…
—Mira, pendejo, no tengo tiempo. Actúa en este instante. Al acompañante del hombre le clavas la jeringuilla. Da igual la parte del cuerpo. Solo hazlo. ¿Copiado?
Rhys había visto el contenido de la pequeña jeringuilla.
Tenía 5 ml de un líquido transparente, aunque lucía algo espeso.
No tenía ningún olor. Ahora, por la orden que acababa de recibir, comprendía para qué finalidad servía.
Inhaló profundamente para darse fuerzas.
Nada de esto había sido contemplado por él cuando aceptó ser un recadero de la mafia, menos cuando aceptó el trato con Blynth.
Estaba sin salida en una situación creada por sí mismo. Él no era un asesino, pero iba a convertirse en uno más de la lista. ¿No decían que el fin justificaba los medios? En este caso, para Rhys, no podría ser más cierto. El costo moral, altísimo.
—Sí —replicó tragando saliva. Su pulso estaba superagitado. Habría dado lo que fuese para tener un trago de agua—. Entendido. Lo haré.