CAPÍTULO 6 #4
—Abrir puertas con la única llave que mi fortuna no puede comprar: un apellido antiguo.
Que Ingrid sea aceptada e integrada de verdad.
Que los proyectos de construcción de mi compañía, en zonas específicas y de mayor rango de plusvalía en ubicaciones únicas, no sean boicoteados por los hijos de puta que creen ser dueños de esta ciudad, porque tienen complejo de conquistadores de otros siglos —replicó.
Ella hizo una mueca.
Conocía que las amistades de sus padres solían jugar sucio y crear un entramado que les garantizaba, antes que a otros, obtener los permisos en las zonas comerciales o residenciales con más plusvalía.
Dejaban a los otros competidores con desventaja u obstaculizaban el camino.
Pero no solo en el ámbito de la construcción, sino en diferentes áreas de negocios.
A veces les salía bien la trastada, otras, no tanto.
Asumía que alguien con la persistencia de Rhys habría ganado gran parte de esas contiendas, pero debería estar interesado en alguna en la que aún no había ganado.
—Yo voté a favor de Ingrid. Estás hablando con la persona equivocada…
—Mi hermana no necesita tu conciencia tranquila o tus explicaciones vacías —interrumpió Rhys—. No se te ocurra intentar pasarte de lista y sabotearme, Alana.
—Nadie va a creer que tú y yo…
—La gente cree en lo que ve, y como serás tan buena actriz, lo creerán.
—No pienso tener ninguna clase de acercamiento físico contigo —dijo ella—. Aparte, llevo semanas distanciándome de todo ese entorno social. Me he retirado de muchos clubes y organizaciones, porque estoy priorizando otros asuntos —concluyó.
—Ese es un problema tuyo, no mío. Solo tienes dos opciones: los eventos sociales conmigo como mi prometida, ayudando a Ingrid, o los tribunales federales que se llevarán tu licencia profesional y la buena imagen de tu familia. Tú decides.
—Eres un malnacido. ¿Acaso crees que voy a cambiar mi estilo de vida por ti? —preguntó quitándose el anillo y dejándolo caer sobre el suelo de parqué.
Él ignoró el gesto, porque ese anillo era una bagatela para su presupuesto. Sí, le había costado dos millones de dólares. Porque nadie creería que Alana Pemberton aceptaría menos, y Rhys estaba decidido a ganar esta partida contra la alta sociedad.
—Lo tomaré como un halago —dijo con indiferencia—.
Por cierto, si el anillo te queda grande o muy justo lo puedes enviar a reajustar —expresó Rhys—.
Lo único a lo que mi asistente tendrá acceso es a la agenda que enviarás con un calendario.
El resto de temas, incluyendo el asunto del anillo, lo puedes hablar con Ferdinand Russell, mi abogado.
Porque él redactará el contrato de confidencialidad que vas a firmar, así que estará enterado de pormenores.
Si lo considero oportuno te contactaré o puedes hacerlo tú.
Si bien estoy ocupado para minucias, intentaré ser flexible —se burló.
Alana había escuchado de Russell, ¿quién no? Se trataba de uno de los abogados con dos especialidades: corporativo y penalista. Era excelente en ambas y su estudio jurídico poseía varias oficinas distribuidas a lo largo de la costa este. «Dios mío».
—¿Qué pasa si me niego a esta farsa y chantaje? —preguntó desafiante.
Él se inclinó hasta dejar sus labios cerca de la oreja de Alana. Aspiró su aroma: una mezcla suave de peras con canela. Después le recorrió el cuello con la nariz de arriba abajo con deliberada lentitud, para volver a la oreja; la sintió temblar en silencio.
Ella contuvo la respiración. Sus venas sintieron que les inyectaban adrenalina, y toda su piel se erizó por este contacto. No podía moverse. Se quedó atónita.
—Dicen que en la cárcel no son tan amables —contestó a cambio—.
Te dejaré la tarjeta de presentación de mi abogado en la consola cercana a la puerta.
Llámalo cuando hayas tomado una decisión, y si quieres revisar los términos y condiciones.
Salvo que te consideres infalible en tu profesión, te sugiero conseguir un abogado que sea mejor que el mío para que te defienda de todo lo que saldrá en la prensa y que se cobrará con creces tu reputación —dijo en tono de advertencia—.
Te enviaré un mensaje con mi número. Sería redundante que me preguntes cómo tengo el tuyo.
La hermosa abogada hizo una mueca. Si sabía lo de Darren, su número de teléfono era la parte más fácil de todo este asunto. Sus cuerpos permanecían cerca, pero la calidez de los labios de Rhys se apartó del cuello y la oreja de la heredera.
Alana tenía un conflicto entre pedirle que se acercara de nuevo o llamar a la policía nada más verlo alejarse de su casa.
Esta situación era una absoluta pesadilla.
En especial, porque sentía que estaba tratándola como lo que siempre detestó: un medio para un fin, un puente para aprovechar los beneficios que llegaban asociados a su apellido, una conexión que llevaría —a quien se asociara con ella— a esferas de acceso restringido y le ofrecería oportunidades que otros desconocían o, tal como acababa de decirle el arrogante de Rhys, no tenían forma de acceder a ellas, porque existían aspectos que no poseían un valor tangible y en los que fortuna no servía.
—En realidad no tengo opción, ¿o sí? —preguntó ella retóricamente.
—Tienes lo que resta del fin de semana para que tomes una decisión.
Ese anillo —señaló la pieza que continuaba en el suelo—, lo puedes considerar un obsequio.
Quizá puedas inclusive venderlo para comprarte uno más a tu gusto.
Pero creo que en prisión no permiten a las reclusas, aunque sean de cuello blanco, llevar joyas.
Ella quiso insultarlo con todas las palabrotas que tenía atoradas en la garganta.
—No recibo obsequios de un chantajista inescrupuloso como tú —zanjó.
—Al menos cuando me acusan de ser un criminal, no lo niego —dijo él en tono velado y con una sonrisa pérfida. Apartándose por completo, salió de la casa.