CAPÍTULO 6 #3
Cuando Rhys se acercó, Alana no sabía si él esperaba que diera un paso atrás.
Ella permaneció en su sitio.
Como si estuviera retándola en silencio, Rhys avanzó otro paso.
Alana no se movió.
La distancia entre los dos se acortó. Mucho.
Ahora, con la luz de la lámpara directamente sobre ambos, hubo un cambio sutil en el aire.
El azul de los ojos de Alana se encontró con la oscuridad de los de Rhys, y lo que surgió entre ambas miradas no tenía nombre o forma de definirse, pero tampoco se trataba solo de hostilidad.
Él estaba complacido de que ella le plantara cara, aunque Alana no podría saberlo, ni tampoco que aquello estaba relacionado con la adrenalina que Rhys experimentaba cada vez que tenía un nuevo reto en la palestra.
—Cuando tengo un objetivo, lo consigo. No siempre en persona —miró su reloj Audemars Piguet de forma distraída, como si quien estuviera quitándole el tiempo fuese ella—.
Mi agenda tiene prioridades —enarcó una ceja—, pero hice una excepción tan solo para elegir el eslabón más débil de la cadena social que cree poseer el privilegio de existir por sobre los sueños de otros.
Entre todos los apellidos relevantes, más allá de la fortuna, buscaba el prestigio.
Aquel que no se compra con dinero, sino con reputación.
Y qué sorpresa la mía al saber que tú no solo formas parte del CBL, sino que eres de las pocas integrantes de una familia con entrada abierta a cualquier clase de actividad restringida o limitada para otros.
El apellido Pemberton encabeza la lista de los más antiguos de Boston —expresó él—.
Y casualmente también tiene como única heredera a la persona que ha puesto en riesgo su propia carrera de abogada y la honra acumulada durante años, para encubrir un delito.
Veintitrés documentos a lo largo de tres años.
Todos con tu firma, registrados ante la Secretaría de la Commonwealth, y muy bien redactados.
Casi impecables, diría yo. El casi tiene que ver con el hecho de que te haya descubierto —dijo de modo burlón.
Un hombre habituado a relacionarse con gente de la peor calaña, así como refinados empresarios, sabía que no podía entrar en una negociación —daba igual de qué tipo— sin antes medir de qué estaba hecho el oponente.
En el caso de Alana, la mujer no solo estaba envuelta en un paquete exquisito de curvas, sino que poseía ese espíritu guerrero que subyacía tras la aparente compostura.
Escondía más de lo que mostraba. Se preguntaba qué sería…
Nada resultaba tan placentero para Rhys que descubrir que volvía débil a otros y luego, poco a poco, verlos caer como planeaba.
La venganza no era un plato que se sirviera frío, sino que se preparaba con antelación para disfrutar la viva satisfacción de mostrar sus cartas ganadoras al final.
—¿Y qué se supone que haga yo con todo lo que estás diciéndome? Porque estás arruinando mi fin de semana, no me agrada tu presencia, Rhys—replicó ella.
—Qué bueno que lo preguntas —dijo él dando un paso adicional—. Y sobre el agrado mutuo o no, Alana, es lo de menos. Solo eres un medio para un fin. Simple.
Los separaban apenas unos centímetros. Suficientes para sentir el calor del otro, no para ignorarlo.
Se miraron en silencio, retándose durante varios segundos: ella intentando anticipar qué demonios iba a decirle él a continuación; y Rhys procurando mantener las manos para sí, porque lo que deseaba no era únicamente vengarse del círculo social de Alana.
Su plan era utilizarla para provocar incomodidad en la gente que la había rodeado desde siempre. Acabaría con la burbuja de perfección.
Que un hombre al que no consideraban uno de los suyos —tan solo por haber surgido de barrios humildes— socializara con alguien a quien ese mismo círculo trataba como si fuese la realeza bostoniana sería interesante.
A Rhys lo respetaban por su fortuna, propiedades e influencia.
Mas no le daban acceso a opciones privilegiadas —que podrían beneficiar sus negocios— porque lo veían como un recién llegado que nunca encajaría en un mundo que, por generaciones, había ido dándole forma a las normas en el ámbito social.
Rhys les daría una lección y vengaría el mal rato que tuvo que pasar su hermana.
Ingrid era la razón de que él estuviera orquestando todo esto.
—No sabes qué emoción me da escuchar eso —replicó ella con sarcasmo.
Él sonrió de medio lado.
—¿Estás interesada en que tu familia se arruine?
—Supongo que es una pregunta retórica —dijo Alana elevando el rostro.
—Exactamente. Lo que se traduce en que no tienes salida más que cumplir con lo que voy a ofrecerte a cambio de no denunciarte y que pierdas tu licencia como abogada por haber cometido un delito al cubrir las estafas de tu padre, al certificar documentos válidos para vender obras de arte robadas y, además, falsificadas —dijo en tono serio—.
Todo lo anterior implicaría un escándalo mucho mayor que esos conocidos tuyos que han sido expuestos mediáticamente y cuyas vidas ya no son tan privadas como deseaban —sonrió con malicia—.
¿Sabes por qué? Porque tu apellido es el que tiene más peso.
Y porque es el que necesito para que Ingrid sea feliz.
—Para ser un hombre de pocas palabras, hoy pareces estar dando un discurso.
—Lo puedo dar cuando hay que establecer reglas claras, Alana —dijo mirándole la boca—.
De ahora en adelante —metió la mano en el bolsillo y sacó una bolsilla de terciopelo, lo suficientemente discreta para que no causara incomodidad al llevarla— vas a usar este anillo.
Cuando te pregunten por qué lo llevas en el dedo del compromiso, les dirás a todos que es porque te has comprometido con Rhys Callahan.
—¿Qué dices? —preguntó ella con sorpresa y también confusión.
—Ábrela.
—No estoy interesada en…
—No me repito. Y si no haces lo que te digo, Alana, saldré por esa puerta y te aseguro que mañana toda tu familia, tu reputación y tu carrera quedarán en la ruina.
—Ella apretó los dientes y agarró la bolsilla de terciopelo.
Al abrirla el anillo con un diamante solitario brilló bajo la luz—.
Póntelo. No es algo romántico. Es un chantaje.
Alana contó mentalmente hasta tres. Podría cortarle la cara con el anillo.
—¿Satisfecho? —preguntó cabreada, mientras la pieza de oro blanco estaba en su dedo—. No sé por qué piensas que van a creer que yo estaría contigo…
Esta vez, la sonrisa de él fue sincera. Y eso la dejó sin aliento por un segundo.
—Porque así como tienes que actuar en la Corte o ante tus clientes, pretendiendo que todo está bajo control y que conoces exactamente cómo resolver cualquier inquietud o imprevisto, así también vas a convencer a otros de que tú y yo hemos estado saliendo discretamente durante un tiempo y que este fin de semana hicimos una escapada —expresó—.
En tu casa de la playa, te propuse matrimonio.
No te esperabas mi llegada, en jet privado, porque yo debería estar inaugurando uno de mis hoteles en Hawaii.
Mi vicepresidente fue quien en realidad se hizo cargo y así pude permitirme sorprender a mi futura esposa —relató con una media sonrisa.
Ese gesto, al parecer, era su marca registrada cuando el sarcasmo tomaba el control.
—No te he visto de rodillas —farfulló con altivez y burla. Sentía el peso frío del anillo en el dedo. Jamás había tenido fantasías sobre el matrimonio o una propuesta romántica, pero le parecía ofensiva la manera en que Rhys trataba el tema.
—Creo que no tendremos esa etapa. Aunque si es una propuesta sexual la que estás haciéndome en estos instantes, no me interesa.
Otras ya satisfacen mis necesidades, pero aprecio el gesto —dijo Rhys y alcanzó, por sus reflejos, a detener la bofetada que Alana iba a darle.
Le sujetó la muñeca con firmeza. Ella forcejeó, pero fue inútil—.
Deja de moverte, Alana, y escucha lo que voy a decirte claramente.
—Eres un hijo de perra —dijo entredientes. Si bien era una mujer diplomática en su trato con la gente, la canallada de este hombre no merecía de su consideración.
—Peores cosas me han llamado —replicó él—.
Si quieres mantener tu carrera como abogada y a tu familia lejos del ocaso de un desprestigio, luego de tantas generaciones liderando la alta sociedad, vas a ser mi prometida.
No es una petición con intención de casarme contigo, sino de fingir que es la finalidad.
Durante el tiempo que yo decida que ha sido suficiente, tú abrirás el abanico de oportunidades que merece Ingrid quien, por cierto, jamás debe saber la verdad.
Ni ella, ni nadie. Vas a organizar una agenda social con actividades que sean relevantes.
Le enviarás ese calendario a mi asistente para que coordine con los demás asuntos de mi día a día, porque lo más importante es que los eventos que elijas tienen que ser en beneficio de mi hermana.
Ella está interesada en asuntos de diseño de modas —explicó—.
Y en lugar de lanzarme miradas hostiles y actuar como si yo fuese tu peor enemigo…
—Has hecho hoy todo lo posible para que te considere de ese modo —interrumpió zafándose del agarre de Rhys, y él no hizo intento de tocarla de nuevo.
Él acababa de erigir una jaula de oro para ambos.
La puerta estaba abierta. Ella podría elegir entre ver el mundo desde el interior con ese jodido anillo, cumplir un tiempo y luego alzar el vuelo para siempre; o tan solo ignorar el chantaje, salir y dejarlo atrás.
El inconveniente era que volar hacia su libertad tendría un precio muy alto.
—¿Y qué ganas tú? —preguntó Alana—. Porque no creo que el altruismo sea una de tus cualidades positivas más destacadas. Y eso creyendo que las tienes…