CAPÍTULO 6 #2
Alana, preocupada, pensó en todas las actividades en las que su padre estaba involucrado en términos comerciales.
Se tomó varios meses investigando sigilosamente, como abogada, transacciones y documentos.
Cuando encontró las inconsistencias en Galerías Pemberton, la decisión de salvar la reputación de Darren —aún a costa de lo que podría costarle a ella: su carrera como abogada y un posible juicio al cometer un delito— y todo lo que a su padre le importaba no dudó en llegar.
Jamás habría imaginado que alguien la pudiera descubrir.
Porque tan solo había limpiado las huellas de Darren, pues él ya no era consciente de algunos fallos que cometía.
Después de ello, le sugirió que nombrara a un experto que lo reemplazara en los temas de las galerías, aunque él continuase realizando viajes o asistiendo a ciertas reuniones con clientes, pero ahora en calidad de Presidente Ejecutivo.
Para cada uno de los otros negocios de la familia, ya existía un CEO que llevaba la batuta.
Su argumento para él fue que ya era tiempo de que disfrutara más y bajara el ritmo de compromisos.
Ella no mencionó lo que había hecho para salvar el prestigio familiar.
—Me consideras alguien inculto, pero mi dinero me redime de algún modo.
Porque o si no, si hubiera estado aquí vestido con algo comprado en tiendas de clase popular, habrías salido corriendo sin escuchar ni una sola palabra nada más verme; sin importar el peligro.
¿Te seguiría pareciendo inculto, aunque me haya graduado con honores en una universidad de la Ivy League? —preguntó él en tono burlón, irónico.
—La imagen que tengo ahora de ti es la de un matón de barrio que se hace pasar por alguien refinado, que no tiene decencia y que, además, siente gusto por causar daño a otros por una equivocación cometida en un simple evento social —replicó sin cortarse—.
Lo más probable es que otras personas te consideren civilizado, porque debo reconocer que eres un excelente actor: contenido, determinado y con manerismos que te hacen pasar como alguien refinado.
Pero ya veo que tu verdadera esencia sale a relucir cuando no tienes público.
La educación no viene de la universidad en la que te gradúas, sino de cómo tratas a las demás personas sin importar su clase social o si acaso tiene o no un portafolio multimillonario —zanjó.
Rhys ladeó la cabeza. La mujer tenía agallas, lo reconocía.
—Te concedo que me llames matón de barrio —contestó en modo irónico y con un toque de acidez—.
Pero ni tú, ni tu grupo de amistades, son más educados.
¿Acaso te pareció correcto cómo Ingrid llegó ilusionada a ese ridículo lugar, tan solo para ser detenida como si fuese una criminal, en la entrada.
Así, sin más? —preguntó, mordaz—. El que se atreve a tocar a mi familia no sale indemne. Ahora lo sabes.
—Claro que no. Lo que hicieron no estuvo bien. Hubiese sido o no tu hermana. Ingrid me parece una joven encantadora y sí estaba en la lista de…
—Ahórrate las explicaciones —cortó Rhys—.
Lo que sea que quieras decir ya no tiene efecto.
Tengo las copias de las actas. Los votos no favorecieron a mi hermana y, aún así, le enviaron una jodida invitación.
Si querían hacer una demostración de que ella no pertenecía al grupo de debutantes, porque no nació con una cuchara de oro para alimentarse, se equivocaron de persona. Y ahora lo están pagando. Muy caro.
Alana no insistió en tratar de explicarse ni preguntar de dónde sacó las actas. No tenía importancia y él no iba a creerla. Así que, por ahora, tan solo lo dejó pasar.
—Serías un pésimo juez, porque permites que el sesgo de tus prejuicios se cierre a escuchar razones. Lo que más abunda en ti es un ego descomunal —dijo ella.
Rhys enarcó una ceja, le miró la boca y posó la mirada sobre el escote del vestido. Ella notó el curso de ese recorrido, pero, en lugar de cruzarse de brazos, replicó el gesto de él: enarcó una ceja. Rhys notó los pezones erectos sobre la tela.
—Menos mal no soy uno de aquellos jueces de la Corte, ¿no lo crees? —preguntó retóricamente—. Pero existen otras áreas en la que soy excelente juzgando y recibo gemidos como agradecimiento —expresó con una sonrisa de suficiencia.
—Qué vulgar y de mal gusto —dijo Alana con rabia—. Termina de una buena vez con lo que sea que hayas venido a decirme y luego quiero que te vayas de aquí.
Rhys le hizo un guiño. No era juguetón, sino la antesala de una bomba.
Por lo general, él prefería a las mujeres que usaban la boca para darle placer y separaban los muslos con el mismo fin.
En asuntos de negocios era diferente, porque no mezclaba lo personal con lo profesional.
Nunca. En esta ocasión se trataba de algo diferente, porque ella era la catalizadora ideal para que las metas y propósitos de Ingrid se cumplieran y, a la par, enseñarle el costo que implica menospreciar a los demás.
Las reacciones de Alana a sus respuestas o preguntas no solo eran interesantes, sino que al notar cómo ella se sonrojaba al enfadarse lo llevó a preguntarse qué ocurriría si la tuviera bajo su cuerpo; si esa piel tersa se sonrojaría también; si el color de los pezones sería rosáceo o acaso más oscuro y a qué sabrían al contacto de su lengua.
Que él la tocara significaría probablemente lo más bajo que ella podría caer.
Así que hallar la forma de avergonzarla, frente a los hipócritas del círculo social que ella tanto apreciaba y que habían ofendido a Ingrid, sería interesante.
Todo lo haría en la medida que su hermana no se viese afectada.
Cuando su plan acabara, cuando sintiera que había reparado la ofensa a su familia, entonces olvidaría a Alana. Punto.
—Qué hospitalaria —se mofó Rhys—. El asunto del buen o mal gusto, tal como lo mencionas, no tiene que ver conmigo, sino con esos documentos que acabaste de leer.
—Alana hizo una mueca de disgusto—. Algunas obras de tu galería familiar son de una procedencia que va más allá de un fraude comercial ordinario: arte robado.
Aquellas colecciones fueron obtenidas mediante el saqueo sistemático de Europa durante la Segunda Guerra Mundial.
Como abogada debes saber que un delito federal de esta clase no prescribe y no existe un documento capaz de ocultarlo —expresó e hizo una pausa calculada.
Ella cruzó las piernas, un inequívoco gesto de que estaba a la defensiva y no tenía intención de ser flexible.
«Ya veremos», pensó él—. Sin embargo, algo curioso que noté fue que alguien sí intentó cambiar ese detalle; alguien que al ser un experto en derecho corporativo creyó ser más inteligente.
Y probablemente pensó que nadie se daría cuenta jamás, y firmó con su propio nombre.
Alana nunca había sentido ganas de ahorcar a alguien. Salvo ahora.
El rostro varonil poseía una expresión tan arrogante que quiso borrársela de una bofetada.
Ella no era una mujer con tendencia a la violencia, pero este hombre insoportable y descarado parecía poseer la capacidad de sacudir los impulsos propios de una persona brusca y sin autocontrol.
Alana jamás había intentado lanzar un objeto contra otro ser humano, ni tampoco había sentido como si su cuerpo pareciera vibrar de forma natural tan solo al ver a alguien de quien tan solo conocía por rumores.
Ahora ella no necesitaba pruebas para aceptar quién estaba detrás de la ola social de escándalos, menos consideraría una casualidad que la mayoría de esas víctimas fueran varios de los asistentes al evento en el que Ingrid pasó un incómodo momento.
Con esta charla —si podría llamarla así— su inicial sospecha se volvía más que obvia, pero no le había dado mayor importancia, porque —según la prensa financiera— Rhys estaba en Australia.
«¿Quién en su sano juicio —a más de un día de vuelo de distancia de su país de residencia y con negocios por coordinar al otro lado del mundo— se daba a la tarea de planear cómo arruinar la reputación de otros?
», se había preguntado ella. La respuesta era bastante simple: un psicópata funcional.
—Al parecer —dijo Alana con frialdad, dejando a un costado las copias de los documentos—, tienes una gran capacidad para invertir recursos en los asuntos ajenos.
Yo habría preferido que alguien con ese nivel de alcance hubiera optado por indagar los sucesos, antes de actuar, y así entender que hay errores que ocurren bajo un contexto.
Incluso podría haber pedido explicaciones y llegar a sus propias conclusiones, en lugar de usar un evento como plataforma para amenazar a los presentes que pagarían una afrenta.
Pero supongo que eso requeriría diplomacia…
Ella no se sentía capaz de seguir sentada. Se puso de pie, cruzó los brazos y, tal como lo haría una reina ante un plebeyo, miró a Rhys. Este sonrió de medio lado y con deliberada lentitud la imitó. Pero al igual que hizo Alana, no se quedó sentado.
El magnate avanzó, rodeando la mesa de centro, hasta quedar cerca de ella.
Alana sabía que los juegos de poder no solo eran con palabras.
Los gestos a veces eran mucho más elocuentes.
En varias ocasiones se enfrentó a idiotas que se creían mejores abogados, porque el ego de ellos era más elevado que la capacidad de sus neuronas.
Pero esta clase de oponente —alguien que invadía su privacidad tal como Rhys Callahan hacía— no era igual a otras, aunque mantenía la similitud en la arrogancia.
Ella no estaba acobardada, sino preocupada porque detestaba hallarse en un escenario desconocido y ante el que no tenía defensa.
Su fortaleza como abogada radicaba en la capacidad que poseía de prepararse con rapidez, y al detalle, sobre temas que surgían y que eran necesarios para aportar en una diligencia.
Por eso sentía que su principal arma no estaba con ella: el conocimiento. No le gustaba la desventaja.