Entre espinas y seda escarlata CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

El trabajo de Leyton había sido eficiente y directo.

El resultado se continuaba extendiendo como un veneno entre los círculos sociales de Boston.

El efecto de un rumor resultaba devastador cuando no se basaba en suposiciones, sino en hechos concretos.

Eso era exactamente lo que estaban retratando en la prensa tradicional y digital sobre las personas que —seleccionadas por Leyton y con la aprobación de Rhys— estuvieron en la PreGala de Debutantes.

La exposición mediática era el primer movimiento calculado de la partida que Rhys había visualizado para vengarse por lo que le habían hecho a Ingrid.

De hecho, Leyton tenía la consigna de continuar alimentando al monstruo de los escándalos, pero a cuentagotas.

Esa estrategia era más dañina y duradera.

Además tenía una lógica: una nueva publicación hacía recordar la anterior y eso era equivalente a reforzar el patrón que señalaba al mismo perfil de personas.

Así que los intocables de Boston continuarían en vilo, preguntándose quién sería el siguiente o si todo había acabado con el último escándalo publicado.

El miedo y la incertidumbre eran dos herramientas interesantes que Rhys disfrutaba utilizando.

Ambos provocaban, con el tiempo, un comportamiento errático en los afectados y los volvían vulnerables.

¿Qué hacían las personas vulnerables? Cometían errores.

Rhys, desde Australia, se sintió satisfecho al leer los titulares de cómo iban cayendo las máscaras que recubrían los trapos sucios de la élite social.

Además, consideró una excelente decisión de su parte haber aceptado la oferta de visitar Sídney justo en esa temporada en particular.

Su acuerdo con Gabriel St. James y Knox Wentworth —socios de Aussie Equinox— había superado todas las expectativas iniciales, así que firmaron un contrato de colaboración que se extendería durante cuatro años.

La sintonía entre los tres multimillonarios fue tal que Rhys agregó más días a su agenda internacional para visitar, además de Sídney, Brisbane y Gold Coast.

Cuando regresó a Estados Unidos, el magnate ya había identificado quién era ese eslabón débil en la cadena entre los perfiles cuya información obtuvo Leyton.

Notó quién tenía el mayor riesgo de perderlo todo, y que no solo podría perjudicar a la persona en sí, sino a todo un legado, porque poseía uno de los apellidos más antiguos y respetados.

Un apellido que podría darle a Ingrid acceso a oportunidades sin igual, porque nadie se atrevería a contrariar las decisiones de los Pemberton, y mucho menos las de la única heredera.

La alta sociedad se vería obligada a aceptar a Ingrid —con los brazos abiertos y sin mirarla por sobre el hombro— por el simple hecho de asistir a los mismos eventos en compañía de una mujer que mantenía un historial social pulcro.

Al menos eso era lo que otros pensaban. En el caso de Rhys, después de leer el dosier sobre su historial profesional y académico, además de rasgos personales, supo cuál era el Talón de Aquiles de la mujer que —sin ella saberlo— había agitado sus instintos más primitivos como ninguna otra.

Ahora conocía más que su nombre: sabía cuál era su punto de quiebre y la razón por la que había cometido un grave error.

Esa clase de equivocaciones que permanecen invisibles porque nadie busca secretos sobre quien parece intachable, como era el caso de Alana Pemberton.

Hasta que, por supuesto, llegó Rhys.

—Me pareces una persona de moral despreciable —expresó Alana dejando la bolsa sobre una mesita de vidrio y luego se acomodó en el sillón frente a él.

Lo miró con altivez sin dejar entrever el terror que se había apoderado de ella—.

Explícame por qué lanzas una amenaza sobre mi carrera, invades mi propiedad privada y, además, tienes la osadía de intentar dar la voz de mando en un sitio que no es tuyo —exigió.

Él sonrió de medio lado. La mujer ignoraba que, en otros tiempos, si alguien tenía la más leve inclinación a contradecirlo o enfrentarlo acababa muerto.

No pudo evitar preguntarse qué haría si supiera que él era un asesino.

No podría utilizar la palabra «reformado», porque jamás fue a una terapia o estuvo en prisión para pagar sus crímenes.

El hecho de que su dinero no llegara a costa de apretar un gatillo, no implicaba que el título de asesino a sueldo desapareciera.

Como los alcohólicos o los drogadictos: lo siguirían siendo el resto de sus vidas, aunque hubieran dejado el vicio.

—La opinión que pudieses tener de mí me tiene sin cuidado —dijo Rhys mirándola a los ojos—.

No lanzo amenazas, dicto sentencias y las cumplo.

Considerando que eres aficionada a los eventos sociales, así también debes tener afinidad por los cotilleos.

¿Acaso no has leído sobre la terrible reputación de quienes parecían ser unos ciudadanos ejemplares, últimamente? —preguntó con regocijo.

Ella abrió y cerró la boca.

—Tú… —empezó en tono acusador.

—No estoy aquí para debatir o entretener tus oídos con asuntos que menospreciarían tu inteligencia sobre lo que, parece obvio, ya has comprendido que puedo hacer sin ensuciarme las manos o perder mi tiempo —zanjó y luego agarró un sobre que estaba junto a él, en el sillón, y se lo entregó a Alana—.

Mientras lo abres —continuó— te haré un resumen de lo que encontrarás.

—Ella agarró con desconfianza el sobre azul, en el que no había reparado porque su mente estuvo concentrada en asimilar lo que estaba ocurriendo—.

Te vas a familiarizar con el contenido, porque pertenece a tu propia historia.

Tus propios errores —agregó—. Así podrás recapitular al intentar juzgar mi moral, cuando la tuya no es tan distinta.

Alana sacó los documentos y empezó a leer. Controló el temblor de las manos.

Elevó la mirada un instante hacia Rhys, incrédula, furiosa y consternada.

—¿De dónde sacaste esto? —preguntó retóricamente. Él no iba a decírselo.

—Tu familia posee un portafolio interesante de negocios, pero el que ha estado durante generaciones como parte intrínseca del apellido, a través de Galerías Pemberton, ha sido todo aquello vinculado al arte —continuó Rhys—.

Como proveedores de coleccionistas privados y casas de subastas reconocidas, ser los intermediarios por excelencia los había convertido en negociantes prósperos.

Y hablo en pasado, como acabas de notar.

Tu padre cometió un error, da igual si a propósito o porque fue engañado, pero autenticó y vendió piezas falsificadas, poniendo en riesgo el legado familiar.

Es tan alta la confianza de la gente en Darren que no se les ocurriría dudar de la veracidad de las posesiones que adquirieron gracias a él.

Alana apretó la mandíbula. Su pulso estaba agitado y su mente iba a mil por segundo estudiando todas las hipótesis sobre qué demonios habría traído a este hombre a su casa en la playa.

Quería saber el porqué, a diferencia de los demás de su círculo social, el responsable de todo el caos la estaba visitando, en lugar de continuar disfrutando a distancia —como de seguro lo había estado haciendo hasta ahora— el resultado de sus manipulaciones, a través de los diferentes titulares de la prensa.

Estaba segura de que  no existía ninguna consideración en esta visita, sino algo más complicado.

Mucho se temía que esta noche no acabaría bien. Al menos, para ella.

—No sé a dónde quieres llegar al decirme todo esto y mostrarme documentos a los que no deberías tener acceso —replicó Alana—.

Mi padre es un hombre con fallas, como todos, pero jamás perjudicaría a otros en el afán de aumentar su fortuna o poner en riesgo lo que nuestros antepasados construyeron con tanto esfuerzo.

Existe una explicación, mas no eres digno de recibirla —defendió ella con seguridad.

—¿Digno? —preguntó carcajeándose. No de un modo alegre, sino sarcástico y también con un toque de arrogancia—.

Debo asumir, sin equivocarme, que el asunto de la procedencia del «dinero nuevo» en la sociedad de Boston, como todos los que son iguales a ti, dirían de empresarios que nos hemos hecho a nosotros mismos a lo largo de la vida, tiene algo que ver con lo que implica tu concepto de «dignidad».

—Si por «iguales a mí» te refieres a personas con sentido común y delicadeza, que saben que meterse a la casa de un extraño no solo es contra la ley, sino además algo propio de gente inculta, puedes pensar lo que se te dé la gana —replicó Alana.

No le diría que su padre tenía un tipo de demencia llamada frontotemporal, que deterioraba el juicio y la toma de decisiones tan silenciosamente que ni quienes lo rodeaban lograban detectarla.

Ella lo supo, porque su padre le confió el secreto durante un viaje que hicieron a Italia para celebrar el cumpleaños de Sandy.

Esta última, siempre pendiente de la vida social más que de las emociones o contratiempos familiares, no podía darse cuenta de lo que sucedía con su esposo, porque el cambio era sutil y de progresión lenta.

Pero, aparte, ella pasaba más tiempo tratando de llenar los espacios en su agenda personal, mientras su esposo trabajaba o viajaba fuera.

Ambos solían llevarse bien, mas no como una pareja de esposos, sino como buenos amigos que —después de tantos años juntos— habían perdido la pasión o el interés en adaptarse a los cambios de la edad o interesarse más por las necesidades del otro.