CAPÍTULO 5 #5
Al final de la comida pidió una margarita y disfrutó cada sorbo.
Como ya la conocían en la zona de Edgartown, los propietarios se acercaron a saludarla brevemente.
La maravilla de Martha's Vineyard era la interconexión entre los distintos pueblitos, las calles estrechas —más preparadas para bicicletas que para coches en temporada alta—, los comercios personalizados —en lugar de grandes cadenas—, la naturaleza de árboles frondosos que se mezclaba con el panorama playero y un toque bohemio en el aire.
Pero lo que más llamaba la atención en Edgartown, conocido por ser el lugar donde las familias de la época de oro de Boston poseían sus propiedades amplias y lujosas, era la arquitectura: colonial de madera blanca inmaculada, contraventanas negras, porches discretos y jardines que evocaban otros tiempos pero que, ahora, se fusionaban con lo moderno.
El ritmo de vida era distinto al de Boston.
Cuando regresó de su cena, satisfecha y feliz, ya había oscurecido.
No le importó haberse olvidado de encender las luces antes de marcharse, pues el área no solo era supersegura, sino que además allí se sentía relajada.
No tenía que vestir de una manera específica para seguir un protocolo, así que había optado por un vestido turquesa de tirantes, que le llegaba hasta las rodillas, y ofrecía un aspecto tentador a su figura.
Llevaba el cabello suelto, cayendo como cascadas de seda, bajo los hombros, y no tenía ni una gota de maquillaje.
Sus sandalias bajas eran cómodas y combinaban con su pedicura color morado claro.
La libertad de la soledad y la playa eran únicas.
Con una sonrisa abrió y luego cerró la puerta.
Anhelaba dormir con el sonido de las olas rompiendo en la orilla como fondo para arrullarse, la calefacción encendida a la temperatura ideal, mientras se acurrucaba bajo las sábanas de algodón egipcio.
Al siguiente día su plan era caminar y explorar la playa, recoger algunas caracolas con las que solía redecorar una pequeña estatua que había hecho cuando era solo una cría.
—Para una abogada, a pesar de vivir en un área tranquila, ser demasiado confiada en que nada malo va a ocurrir podría considerarse una debilidad —dijo una voz desconocida, pero tan profunda y masculina que tuvo el eco fuerte de un trueno.
Alana soltó un grito y su instinto fue agarrar lo primero que encontró, un jarrón que valía miles de dólares, y lanzarlo contra el hombre que estaba cómodamente sentado en su sillón favorito junto a la ventana.
El sillón en el que leía largas horas. Él, con el instinto de un felino, lo esquivó sin problema moviendo el cuerpo hacia un costado.
Apenas se notó el gesto, y a continuación él enarcó una ceja con arrogancia.
—¡Lárguese de mi casa! —explotó Alana, mientras agarraba el móvil.
—Si fuera usted, abogada Pemberton, evitaría hacer esa llamada. Si lo piensa y respira con calma, notará que no tengo un arma, pero sí maneras de evadir la ley.
Ella no sabía qué hacer, sus sentidos estaban alertas y sus nervios agitados.
—No… No sé qué hace aquí, señor… —dijo con enfado y desconcierto.
Él esbozó una sonrisa depredadora. Casi cruel.
—Ya nos habíamos visto de lejos, pero qué terrible error no presentarme antes de entrar en esta bonita casa.
Una que quizá, después de todo lo que he leído sobre usted, no sea en realidad suya —replicó haciendo un gesto hacia el sillón que estaba justo frente a él.
Alana lo ignoró deliberadamente, no se acercó—.
Oh, vaya. De nuevo confundiendo los roles, qué terrible de mi parte, me invité yo solo a su propiedad y estoy ofreciéndole sentirse cómoda.
Puede hacer lo que mejor le parezca: estar de pie o sentarse —la recorrió con la mirada— interesante atuendo.
En absoluto parecido a esos trajes tan formales o los vaporosos vestidos de gala que suelen ser «adecuados».
—Quiero que se vaya de aquí… —exigió perdiendo la paciencia.
Se sentía vulnerable de todas las formas posibles.
Como si esa mirada, que jamás había logrado borrar de su cabeza, la estuviera desnudando y, al mismo tiempo, juzgándola.
Esto último, sin embargo, no poseía ningún toque de burla o crítica, sino algo parecido a un deseo contenido entre lo inevitable y lo imposible—. No me gusta repetirme.
Él ignoró el comentario de Alana, pero no logró hacer lo mismo con la eléctrica sensación que pareció atraparlos de repente.
Para alguien que no creía en esas cosas, resultó un problema que no había previsto.
Aun así, sus ojos devoraron las curvas generosas que sus manos de repente desearon recorrer.
Apretó la mandíbula brevemente, como si con ese gesto sus instintos pudieran anularse. Eso no sucedió.
—He considerado que, luego de lo que vamos a conversar, será mejor tutearnos —replicó él, sarcástico—.
Aunque algunas personas te dicen Lani , me parece que pierde un poco el toque de firmeza de tu nombre: Alana.
Y, antes de que me olvide de algo tan importante, llámame Rhys.
Señor Callahan suena muy formal, ¿no lo crees así?
—preguntó, mientras ella agarraba otro objeto y fallaba en su segundo intento de atacarlo.
Él tan solo dejó escapar una carcajada sin alegría—. Siéntate.
—¡Tú no vas a ordenarme en mi propia casa! Estás invadiendo mi casa.
Rhys perdió la sonrisa.
—Te conviene sentarte, Alana, a menos que prefieras estar de pie para enterarte de cómo tu vida va a cambiar de ahora en adelante.
Empezando por la posible pérdida de tu licencia profesional de abogada en el estado de Massachusetts —zanjó él.
Su tono era serio, firme y peligroso—. ¿Qué vas a elegir? —preguntó.