CAPÍTULO 5 #4
Sin embargo, el magnate —según las noticias de la sección de economía— llevaba un par de semanas en Australia gestionando una posible alianza con Aussie Equinox, una firma de capital de inversiones que además desarrollaba un software innovador con inteligencia artificial para empresas constructoras.
Así que resultaba difícil imaginar que un hombre tan ocupado se tomara el tiempo de orquestar la caída pública de un grupo de personas desde el otro lado del mundo.
La élite de Boston no era estúpida. Sabía que a Rhys lo precedía una reputación de manipulador inclemente.
Lo que no terminaban de entender era la escala de lo que tramaba contra ellos, ni hasta dónde estaba dispuesto a llegar.
Además, el avispero social estaba por ahora en descanso: ya había pasado más de una semana desde la última publicación.
Meryl Tanner, fundadora de una cadena de tiendas de perros de raza pura, fue acusada de maltrato animal y de tenerlos en condiciones crueles de confinamiento.
Ella había sido el objetivo más reciente de la prensa, víctima de sus propios errores y maldades.
Alana consideraba que el súbito cambio de interés de los medios locales —ahora más enfocados en las tarifas arancelarias, asuntos deportivos internacionales, el impacto del fenómeno de El Niño en el mundo, la hambruna en África, la muerte de especies por contaminación y demás— tan solo era temporal.
Casi similar a lo que ocurría antes de un tsunami: el terreno se agitaba, el mar se retiraba antes de regresar con una fuerza capaz de arrasar con todo, sin distinciones, sin piedad y sin avisar.
Y si esa marea regresaba con la fuerza que Alana sospechaba, nadie estaba a salvo.
Ni siquiera ella. Si eso ocurría, lo que estaría en juego sería mucho más que su reputación.
Pero con tal de proteger a la persona que siempre estaba dispuesta a todo por su bienestar, Alana haría lo que fuese.
Su padre era su apoyo y quien la motivó a que, a pesar de la insistencia de Sandy de que estudiara administración de negocios, ella siguiera su pasión: la abogacía.
Su secreto fue la única forma de salvar a su familia.
Saturada de trabajo, harta de las llamadas constantes de Sandy para que asistiera a una tarde de té en el club Diamond Marine y de sus mensajes preguntándole cuándo volvería a verla junto a Brent, Alana aprovechó el primer fin de semana en el que no tenía trabajo acumulado para ir a su refugio en Martha's Vineyard: su preciosa casa frente al mar.
El clima primaveral todavía conservaba los vestigios fríos del invierno, pero no era eso lo que le impedía zambullirse en el agua salada, sino la marea alta y las corrientes peligrosas.
A pesar de que podía llegar a ser osada, no era idiota, así que en esta ocasión no habría baño en el mar, pero sí lo haría en su piscina climatizada.
Apenas llegó, dejó el espacio preparado para disfrutarlo durante los dos días de estancia planeada.
Después salió a su restaurante favorito.
Le encantaba la comida mexicana y este local, Enchiladas Bravas, llevaba casi una década funcionando en una zona muy pintoresca y llena de vida.
A ella le habría gustado llegar más temprano, pero salir de Boston un viernes por la tarde fue, como siempre, una lenta tortura hasta llegar a Woods Hole.
Una vez en la cubierta del ferry se relajó al sentir la brisa salobre.
No se arrepentía de haber llevado el coche, aunque el trayecto completo, hasta su destino final, tomara dos horas y media completas desde que salía de casa.
Podría haber tomado un vuelo —como hacía la mayoría de la gente— pero la facilidad de moverse una vez en Marta´s Vineyard, sin depender de otros, le parecía mejor.
Pero si era honesta, la bicicleta le ganaba a cualquier otro medio de transporte en la isla.
Ella le había dado el fin de semana libre al ama de llaves, que se encargaba de mantener la propiedad y también cocinaba, porque Alana necesitaba soledad.
Therese Clayton era un amor. Cuando la joven abogada le pedía que se quedara un rato más a tomar un café, la señora aceptaba siempre con una sonrisa y solía contarle historias interesantes recopiladas a lo largo de sus sesenta años.
Alana la consideraba como la figura de una abuela.
Sus abuelos —tanto los padres de Darren como los de Sandy— fallecieron antes de que ella cumpliera los cinco años, así que Alana no tenía recuerdos vívidos de ellos, ni conocía la experiencia de cultivar esa clase de vínculo afectivo.