CAPÍTULO 5 #3
—Eso… —había meneado la cabeza, horrorizada ante la posibilidad de convertirse en el molde de las mujeres como su madre: tenían una profesión o una afición, pero la intercambiaban por dedicarse a solo ser mamás, olvidándose de sí mismas y su identidad como personas—.
Eso es ir demasiado lejos —había completado la frase de un modo que sonara amable, pero no pudo ocultar su enfado—.
Esta me parece una conversación apresurada y no estoy lista para…
—Precisamente —había intervenido él con suavidad— por eso quiero estar contigo, no apartado de ti.
Mis negocios pueden reajustarse para coincidir con los momentos en que tú tengas tiempo disponible.
Entiendo que por ahora estás consolidando tu carrera, y que disfrutas ser abogada, pero también que sabes la importancia de una familia, y que esta se convertiría en tu prioridad a largo plazo.
—Lo siento, Brent. Mis ambiciones no se limitan a elegir un rol u otro, aunque este tema no tendría porqué sacarlo a relucir hoy.
Estás buscando algo que no soy y quizá proyectas en mí una imagen que no poseo —había expresado sintiéndose atrapada—.
Lamento si te di alas para creer que podríamos llegar a algo como aquello.
—No fue mi intención asustarte. Solo quise que supieras que voy en serio —había dicho—. Tampoco sé qué es lo que te detiene o si existe otra persona que tenga tu interés… ¿Acaso mi franqueza ha arruinado toda oportunidad contigo…?
Ella, que detestaba enemistarse con las personas, había hecho una negación. Pero notaba también la pregunta pasivo-agresiva y sus instintos entraron en alerta.
—Lo que significa, Brent, es que podemos continuar siendo amigos como siempre —había contestado—.
Discutir asuntos de familia cuando nuestra relación no ha llegado a ese punto…
Tengo demasiadas responsabilidades por ahora —había concluido y evitó mencionar lo que de verdad le impedía abrirse por completo: Aaron Weston y sus juegos de menosprecio que había aplicado en ella.
Tampoco le había gustado la insistencia de Brent.
Parecía diferente esa noche, pero no había logrado imaginar de qué iba—.
Prefiero enfocarme en mi carrera y desligarme de la vida social.
Él había meditado la respuesta y su expresión se había vuelto afligida.
—Para mí es imposible no pensar en ti como la mujer que deseo —había afirmado, acariciando suavemente el interior de la muñeca de Alana con el dedo.
Ella no había sentido ningún cosquilleo, ni tampoco emoción alguna.
—Quizá me has idealizado o quizá necesitas algo de mí —había expresado frunciendo la nariz esta vez—.
¿Existe alguna razón para que sea yo, y no otra persona, en quien estás tan interesado cuando hay tantas candidatas con las que puedes pensar en hacer planes a largo plazo? —había indagado súbitamente, suspicaz.
Brent había soltado una exhalación.
—No, Alana —había comentado apartando la mano con una expresión incrédula—.
Tu comentario me parece insultante, aunque comprendo que otros pudieron acercarse a ti con las mismas intenciones que varias mujeres lo hacen conmigo: dinero, la influencia de mi apellido, el prestigio de mis conexiones... ¿No?
—No fue mi intención insultarte. Pero tienes razón, lo pensé —había murmurado—. Lo lamento… Prefiero hablar de temas más ligeros, ¿de acuerdo?
—Disculpas aceptadas —había dicho sonriendo—. Tu mensaje está claro.
—Brent… —había murmurado Alana, sintiéndose incómoda—. A ojos de los demás haríamos una pareja ideal, pero, a pesar de que eres encantador conmigo, no me siento capaz de mentirte para intentar llenar las expectativas de terceras personas.
Él había soltado una risa queda, meneando la cabeza.
—No sientes que podrías llegar, con el tiempo, a enamorarte de mí, ¿es eso?
—No lo sé —había replicado con suavidad—. El amor no está en mis planes. No estoy en un momento de mi vida en el que quiera algo con nadie. No es por ti.
Brent había hecho un gesto de decepción y burla hacia sí mismo.
—Incontables ocasiones me burlaba de algunos amigos cuando decían que se habían enamorado a primera vista o que creían en ello —había expresado agarrando una copa de champán y luego bebiendo un par de sorbos, mirándola—. Qué irónico.
Alana había abierto y cerrado la boca.
Antes de que pudiera responder, los habían interrumpido para ofrecerles el postre y, al cabo de media hora, Brent se excusó argumentando que tenía que levantarse temprano para atender algunos asuntos.
Le había dado un beso en la mejilla a Alana, no sin antes susurrarle al oído que si alguna vez cambiaba de opinión, él estaría esperándola y dispuesto a demostrarle que podía conquistar su corazón.
Ella tan solo lo había visto marchar y soltado una exhalación.
A pesar de sus compromisos en la firma legal, Alana sí se dio el tiempo de buscar razones tras lo sucedido con Ingrid Callahan.
Pero todo el equipo del CBL, al menos las integrantes más prominentes, estaban fuera de la ciudad en la inauguración de un spa en Arizona.
Sin embargo, no se dio por vencida y acudió a los registros.
Se enfadó al comprobar que la lista no era la que Alana había leído como documento final y dado —al igual que el resto de los miembros del CBL— su aprobación.
El texto había sido deliberadamente alterado y no existía invitación como futura debutante para Ingrid.
¿Cómo podría reclamar si, conociendo tan bien a las mujeres del comité, ninguna aceptaría haber cometido una infracción?
Insistir implicaría una discusión en la que Alana no se guardaría nada y se resquebrajarían las relaciones que su madre tanto apreciaba, es decir, con las familias de las involucradas.
Y esta clase de situaciones eran precisamente las que Alana quería dejar atrás. Pero iba a hallar a la responsable.
Por otra parte, sabía que su voto no fue en vano, porque aquella noche —a pesar de tener todo en contra— Ingrid Callahan dio un ejemplo de lo que era la entereza, al exponerse ante tantos desconocidos en el afán de expresar sus pensamientos.
Si esperaba una explicación de las líderes del CBL, al ser alguien tan inocente en estos asuntos, jamás iba a ocurrir, porque las mujeres como Celine, Riley o Vania, jamás admitirían sus errores públicamente.
Menos —tal como sospechaba Alana— eran intencionales.
Se cubrían las espaldas. Si ella no se había enterado de los cambios de último momento sabía que ocurrió a propósito porque, al haberle dado su voto de aprobación a Ingrid, Alana sí habría exigido una rectificación inmediata.
Considerando que los asistentes habían estudiado en las mejores universidades del mundo, su comportamiento —esas miradas ajenas, altivas e indiferentes— dejó mucho que desear en cuanto a esa supuesta educación.
Alana había seguido de cerca el conteo de votos de cada candidata y estaba cabreada por lo ocurrido.
A ella no le correspondía firmar ningún documento ni encargarse de archivarlos, porque esa responsabilidad recaía en las tres principales integrantes del comité.
Así que no quería pecar de hacer acusaciones, porque —tal como sabía— Celine, Riley y Vania tenían la tendencia a delegar todo cuanto pasaba por sus manos, porque —según ellas— siempre estaban con el tiempo justo, pues tenían una agenda social copada.
Lo más probable era que le hubieran dejado la tarea de las invitaciones a otra persona.
Aun así, ¿quién había tomado la decisión de quitar un nombre de la lista aprobada?
Esa noche de la gala, Alana tuvo la intención de acercarse a Ingrid para decirle que sí formaba parte de las debutantes oficiales y que esperaba que disculpara el error y asistiera al evento de presentación oficial en unas semanas.
No obstante, en el momento en el que Alana había tenido la intención de apartarse de Brent para cumplir su propósito, la imponente presencia de Rhys Callahan llenó el salón creando un silencio que no era incómodo, sino expectante.
El hombre poseía un magnetismo que parecía haberse expandido alrededor con autoridad, como si fuese una onda sutil y firme a la vez, aun cuando su atención no estuviera dirigida hacia alguien específico.
Por otra parte, Alana no creía que los sucesos que habían adornado los titulares mediáticos fuesen una casualidad.
Tampoco lo era que algunas compañías estuvieran siendo auditadas por la agencia fiscal, ni que un par de negocios en los puertos hubieran sido clausurados por falta de cumplir las normas de salubridad.
Los involucrados en estas desavenencias, aunque no todos, eran personas que estuvieron en la lista de invitados de la PreGala.
Si todo lo que estaba ocurriendo era producto de las maquinaciones del hermano de Ingrid, entonces él poseía mucho más poder del que muchos estarían dispuestos a reconocer. Lo anterior resultaba peligroso.
Alana se preguntaba cómo sería enfrentarse a un hombre como ese irlandés, en una mesa corporativa en donde había cientos de millones de dólares en juego y la tensión se palpaba en el aire.
Ella, como abogada, disfrutaba de una discusión coherente, argumentada y afilada para defender los intereses de sus clientes.
Podría apostar un millón de dólares, sin miedo a perder, que quienes negociaban con el multimillonario de ojos oscuros lo hacían como si fuese una batalla campal sin tregua.
Por las conversaciones que tuvo con Taylor, Alana sabía que existía cierta inquietud entre la élite de Boston.
Todos tenían algo que esconder, claro, pero esta vez era diferente: ignoraban quién podría convertirse en el siguiente objetivo.
Podían sospechar que Rhys estaba detrás de aquellas publicaciones, porque sus amenazas habían sido muy claras, y lo que estaba ocurriendo concordaba con sus palabras.