CAPÍTULO 5 #2
Lo anterior enfadaba a Alana, aunque llevaba tanto tiempo inmersa en esa rutina social que ya le restaba importancia.
Durante la velada no pudo evitar saludar a algunos conocidos y se sorprendió —relativamente, conociendo a Sandy— de encontrar a Brent.
Su madre tenía sus planes de casamentera y ella lo sabía, así que no hizo ningún comentario al respecto.
Al final, Brent la hacía sentir a gusto y ella, por iniciativa propia, había aceptado salir con él, aunque sin poder definir exactamente qué eran: llevaban semanas sin verse y jamás había intentado presentarlo ante otros como algo más que un amigo.
Su mejor amiga, Taylor, le había dicho que entre más rápido tomara una decisión —es decir: seguir o no aceptando invitaciones de Brent— más pronto el destino determinaría si era él el hombre de su vida o si le enviaba otro más a su medida.
Ante la ocurrencia de Taylor, Alana se había reído, porque su amiga siempre había sido peculiar y directa; lo primero que le llegaba a la mente, lo dejaba salir sin tanto pensarlo.
Las dos hacían un gran equipo y solían estar presentes la una para la otra en los momentos altos y en los tristes.
Aunque nadie reemplazaría jamás la falta de su hermano Rochester, Alana consideraba a Taylor como una hermana.
—Me habría gustado verte más seguido, Alana, en todo este tiempo.
Han pasado semanas —le había dicho Brent durante el momento de la cena—.
¿Hice algo que te molestara o dije algo incorrecto la última vez?
Estuve pensando en sorprenderte en tu oficina, pero imaginé que lo habrías considerado una imposición.
Ella había decidido dar un paso más con Brent, eso era cierto, pero esa intención perdió la fuerza con el paso de los días.
Lo debatió en su cabeza como si dos fuerzas inexplicables estuviesen retándose: una le decía que con cualquier hombre tendría las mismas inquietudes, y otra le exigía comprender que si Brent fuese el correcto no se autocuestionara tanto al respecto.
La idea de que fuese él quien rompiera con sus temores aún persistentes —desnudarse y ser vulnerable en la cama— ya no le parecía una decisión cómoda ni correcta, sino todo lo contrario.
Desde la PreGala, Alana había marcado distancia a propósito con Brent, sin decírselo directamente.
Por eso había evitado aceptar sus invitaciones, y sus respuestas eran más cordiales que el tono cercano que había empezado a tener con él antes del evento.
Si bien era frontal, la posibilidad de herir sentimientos ajenos —en especial cuando la persona no había hecho nada para merecerlo— le sentaba fatal.
Y algo en Brent era demasiado adecuado, si acaso tal cosa existía.
Decía las palabras correctas, la trataba de manera impecable y dejaba entrever lo mucho que la deseaba.
Casi como la promesa de un cuento de hadas al que le faltaba el villano.
Llegó incluso a buscarlo en redes sociales, rastreando rumores incómodos o señales de alarma.
Nada. Su perfil resultaba creíble y confiable.
«¿Por qué, entonces, no podía soltar el ancla?
», había pensado. «¿Quizá porque la perfección, en lugar de tranquilizarla, la inquietaba? ».
—No, no has dicho nada inadecuado —había replicado ella, mientras los camareros servían los platos, y las risas de alrededor se mezclaban con la música, en un ambiente agradable.
El matrimonio Pemberton siempre había sido famoso por su calidez y buen gusto como anfitriones—.
Me gusta tu compañía y conversar contigo.
Él había ladeado ligeramente la cabeza.
—Alana, eso lo podrías decir de un buen amigo. ¿Es así como me percibes? Porque, al menos yo, jamás habría besado a una amiga como lo he hecho contigo —había expresado en tono que no logró ocultar su decepción por la respuesta de ella.
—Honestamente, Brent…
—Lo que te comenté hace un tiempo no ha cambiado en absoluto —había interrumpido con suavidad, tocándole la mano.
Aunque ellos no lo notaron, el gesto no había pasado desapercibido para Sandy—: Te deseo y me gusta la manera en que logras hacer sentir a las personas a tu alrededor: siempre bienvenidas, o cómo te conviertes en el centro de atención sin ningún esfuerzo.
Compartimos una química que yo siento muy fuerte.
Sin embargo, noto que te contienes conmigo todavía, por alguna razón, y me gustaría saber al respecto. ¿Qué te detiene? ¿Qué puedo hacer?
—No es un asunto que pueda discutir en estos instantes, Brent…
—había dicho—. Y tampoco es algo que esté roto en mí y que necesite arreglarse, así que mencionarlo tampoco tiene ningún sentido.
Se trata más bien de llegar a un punto en el que pueda dejarme llevar por completo y…
—carraspeó— no siento que esté ahí todavía contigo.
Además, detesto ser el centro de atención.
Supongo que eso es un detalle atípico cuando muchas personas buscan que las tomen en cuenta a toda costa.
Brent había hecho un ligero asentimiento.
—Parece inevitable que las personas tiendan a orbitar hacia ti —había contestado haciéndole un guiño—.
¿Sabes? Me habría gustado, cuando te conocí hace años, haber sido más directo sobre el interés que tenía por ti e invitarte a salir con más insistencia.
Pero si no estabas estudiando, para mi mala suerte ya salías con alguien.
«Entonces no tienes las agallas suficientes para conseguir lo que de verdad te interesa», había pensado ella de inmediato.
Además, se había dado cuenta de que la distancia, en lugar de haber enfriado el interés de Brent, provocó lo contrario.
Sus palabras con ella eran genuinas. Y eso, lejos de facilitar las cosas, las complicaba.
La cultura de Brent era pulida y su trato gentil.
Pero, ¿hablar de química sexual entre los dos?
¿De aquella que conjura fantasías sobre caricias íntimas y piel con piel?
No. Y esa velada había sido la segunda ocasión en que el tema había cruzado su mente.
Durante los días en que no se vieron, ella había analizado si aventurarse a romper sus barreras con él habría tenido algún sentido o si la habría satisfecho de verdad.
La conclusión había sido rotunda: no. Elegirlo para intentar cerrar las grietas entre su inseguridad y la intimidad no habría resultado coherente.
Su propio cuerpo era incapaz de mentir, aunque su mente hubiera insistido en buscar argumentos para convencerla de que él era la opción menos riesgosa.
Pero otra parte de sí había insistido en que el riesgo, alto o bajo, no condicionaba la idoneidad de una decisión tan personal.
Esa certeza la había vivido, sentido en la piel, más que pensado.
En la soledad de sus noches, cuando sus propios dedos se deslizaban bajo el elástico de sus bragas buscando alivio de una necesidad que nadie había satisfecho en mucho tiempo —al menos no alguien distinto a ella misma—, la respuesta había sido inequívoca.
El gemido que brotó de su garganta en cada ocasión había sido anhelante, agitado y lleno de alivio, pero no por pensar en Brent, por más que ese experimento hubiera tenido la finalidad de confirmar que podría sentir placer a su lado.
Esas imágenes que se recrearon como un tráiler prohibido, pero a la vez sugerente y desprovisto de cualquier inhibición sexual, pertenecían a un hombre del que ella solo recordaba sus rasgos, y una mirada que se había enlazado con la suya tiempo atrás.
La fuerza de esa presencia se quedó grabada en Alana como lo habría hecho una caricia imperceptible, tentadora y rebelde. Eso jamás le había ocurrido con nadie.
Cuando Ingrid y aquel hombre abandonaron el evento, los cotilleos giraron en torno a la reputación de Rhys: implacable, frío, brusco e incapaz de comprometerse con una sola mujer.
Alguien que operaba bajo sus propias reglas en un mundo que no lo consideraba uno de los suyos, aunque él actuara como si lo fuera; como si todo le perteneciera por el simple hecho de saber qué hilos mover para alcanzar sus objetivos.
Lo describieron como el tipo de hombre que una madre calificaría como todo lo opuesto a lo deseable para su hija.
En el lenguaje de los asistentes a eventos tradicionales y VIP, él era dinero nuevo: innegable e influyente, pero carente de las raíces que ese círculo —que llevaba siglos construyéndose a sí mismo y dando forma a la dinámica social— exigía en silencio a quienes pretendían formar parte de él.
—A pesar de que he pasado gran parte de mi vida yendo a fiestas, inauguraciones, asuntos culturales, eventos con alto nivel de asistencia, actividades en clubes sociales y otros temas que requieren lidiar con muchas personas a las que apenas conozco —había replicado, mirándolo—, no me siento a gusto en las multitudes.
Me incomoda sonreír cuando lo único que me apetece es ver una película en casa o estar con Taylor u otros amigos muy cercanos cenando en un sitio calmado.
El cumpleaños de mi madre es todo un acontecimiento para ella, y no puedo dejar de asistir, pero yo prefiero un perfil más discreto, porque siempre he considerado estos ambientes como una obligación.
—Él había elevado ambas cejas, tomado por sorpresa—.
Sé que a ti te gusta socializar y de seguro esperas a alguien igual.
—Va más allá de eso, Alana. Busco una persona que se mezcle con naturalidad en las rutinas, viajes y privilegios de los que gozamos, pero que, a la vez, posea una carrera que disfrute.
Que quiera hijos y esté dispuesta a todo por ellos —había dicho—.
Eventualmente, como ocurre con algunas mujeres, lo más probable es que decida dejar la profesión para dedicarse a algo igual de noble: cuidar a los hijos.