Entre espinas y seda escarlata CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Piezas de dominó cayendo en cámara lenta.

Esa era la manera en la que se podría describir lo que había empezado a suceder últimamente.

La prensa estaba dándose un festín con titulares sobre personas que durante años habían evadido ser el centro de atención, al menos si no se trataba de asuntos vinculados a actividades de corte cultural, ambiental o social.

En esta ocasión, varios de los esquivos millonarios que formaban parte de la élite más reservada de Boston tenían sus nombres e imágenes nada halagüeñas convirtiéndose en el centro de los cotilleos.

Las fuentes de información de los periodistas, youtubers y tiktokers , provenían de todos los niveles: directivos, empleados medios, obreros, proveedores.

No había un origen específico ni un perfil definido.

Algunos no tuvieron inconveniente en que se publicaran sus nombres, pero los demás —la gran mayoría— habían optado por el anonimato.

Lo cierto es que la situación resultaba muy complicada para los afectados.

Timothy Wagner, gerente financiero de una cadena bancaria muy importante del país, no solo vendía información de los clientes de la cartera más exclusiva a empresas de estudios del consumidor —que incluía programas piloto de inteligencia artificial— sino que en las noches de los viernes hacía presentaciones vestido de mujer en una plataforma digital de pago.

Las reproducciones que llevaban sus memes y videos superaban el millón y medio.

Anton Voyermor-Heighl, vinculado a la línea de joyerías de alta gama de mayor antigüedad de Boston, y contribuyente generoso de eventos religiosos muy representativos cada año, tenía dos familias «no oficiales».

Lo anterior destruía su imagen de hombre conservador y seguidor de la ley de Dios.

El pastor de su congregación había dado declaraciones expresando que todos tenían derecho a ser perdonados y que hablarían con Anton sobre cómo sobrellevar sus pecados.

Las redes sociales, por supuesto —siempre que se trataba de temas de política o religión— explotaron con comentarios, acusaciones y amenazas varias.

Diana Goldstein-Meyer, la fundadora de una exitosa tienda especializada en tés exóticos de diversas partes del mundo, tenía cuatro denuncias de empleadas por maltrato verbal.

Sin embargo, habían sido desestimadas por carecer de pruebas suficientes, según lo que se relataba en los reportajes.

Al parecer, las exempleadas no firmaron contratos de confidencialidad, pues Diana confió en que su amenaza de arruinar a las familias de esas mujeres —usando su famoso apellido como peso firme en la balanza— sería suficiente.

Aquel fue un grave error, sin duda, y ahora le estaba pasando factura.

Otra prominente mujer en la palestra mediática era Tara Wade, una artista cuyas obras estaban en las galerías más reconocidas en diferentes ciudades.

Ella y sus cuatro socios tenían una acusación grave: el uso de menores de edad posando sin ropa mientras ellos bosquejaban retratos y esculturas.

El FBI ya había realizado arrestos y allanamiento en las propiedades de los involucrados.

Un absoluto horror. De hecho, esta era la noticia más impactante y que había trascendido a otros países.

En el caso de Vania Lowell, la presidenta del CBL (Comité Boston Legacy), su récord como persona estaba intacto, mas no era el caso de su hijo mayor que había sido acusado de violar a su exprometida y golpear al nuevo novio de ella hasta dejarlo casi inconsciente.

Con un pago millonario y un jet privado para callar a las víctimas, aquello pareció quedar olvidado.

Pero alguien había hurgado lo suficiente para tirar del hilo que destapaba esa olla de grillos.

La situación ya no era un asunto privado.

En cuanto a Riley Adams, la vicepresidenta del CBL, una reportera que seguía muy de cerca sus emprendimientos — pues era de aquellas personas que siempre aceptaba ayudar a organizar eventos, en especial vinculados a la política— publicó sobre la doble vida que llevaba.

Riley estaba casada con un Senador Federal de Massachusetts, muy respetado y admirado por sus planes de justicia en materia migratoria.

Como pareja, Jeff y Riley daban la imagen de un matrimonio comprometido, sólido y vinculado a proyectos de mejora social.

No obstante, mientras Jeff estaba en Washington D.C.

trabajando por su cargo público, su esposa pasaba la mayor parte del tiempo con sus hijos en Boston.

Lo que nadie sospechaba, ni siquiera como posibilidad, era que Riley tenía una amante, cuyo nombre no se había divulgado.

Aunque la elección de preferencia sexual no debería ser un asunto para debatir, al ser algo estrictamente privado, en esta ocasión se trataba de figuras públicas que, además, condenaban al colectivo LGB+ en sus discursos y esgrimían argumentos de rechazo hacia ellos.

Al parecer, una vez más, la hipocresía tomaba protagonismo.

El ritmo de publicación de las «novedades» ocurría a cuentagotas, pero de tal forma que, en cuanto empezaba a apagarse la agitación o murmuraciones sobre un caso, llegaba otro a acaparar las conversaciones de la semana.

Los temas también abarcaban asuntos de sobornos, sobreprecios, tráfico de influencias.

La caja de Pandora se había abierto y nada complacía más a las masas que la exposición —de preferencia en circunstancias vergonzosas— de la clase social que dominaba el espectro global: criaturas privilegiadas que consideraban su existencia más importante que la del resto.

No era envidia lo que sentían los demás, sino repudio ante la inequidad reinante: quienes trabajaban incansablemente, sin que su salario alcanzara para algo más que subsistir, y vivían en angustia constante, mientras otros acumulaban fortunas a su costa e influían en las decisiones que movían el curso de la sociedad.

Por eso, humanizar —aun desde la tragedia— a estas personas, cuya privacidad estaba siendo demolida, generaba una extraña sensación de justicia. Aunque no lo fuera.

Alana, que leyó un par de esas noticias, se sintió consternada por las revelaciones sobre esas personas —con las que solía encontrarse en algunos lugares por temas profesionales o en alguna reunión— aunque no fuesen sus amigos.

Se alegró, eso sí, de que los casos más graves hubieran sido expuestos y obtuvieran la suficiente atención para que los involucrados recibieran su merecido por sus despreciables actos.

Todo lo anterior afianzaba su decisión de desconectarse de su entorno social y recluirse entre las páginas de la ley que necesitaba leer en su oficina.

Su mente estaba enfocada en analizar las estrategias legales para los casos que tenía asignados.

Uno de ellos era una demanda colectiva contra una constructora que había entregado la obra —un edificio de viviendas— con defectos y el CEO se negaba a reembolsar el dinero a los compradores, ni quería pactar para hacerse cargo de las reparaciones y así llegar a un acuerdo extrajudicial, en lugar de ir a los tribunales.

Alana asumía que la razón podría ser que los costos de reparación serían igual o más altos que todo lo que implicó construir la propiedad.

Pero le pagaban muy bien para resolver esa clase de asuntos y ella lo disfrutaba.

El Derecho Corporativo era una rama exigente y los casos más recientes que había en la firma legal requerían más atención.

En el afán de cumplir con los tiempos límites que le dieron, ella suspendió sus visitas al gimnasio.

Solía ir a nadar muy temprano en la mañana.

Pero nada superaba la sensación de libertad de su casa en el pueblo de Edgartown, en Martha's Vineyard.

Disfrutar de la brisa marina, la sensación de la arena bajo sus pies, así como dejarse llevar por el vaivén de las olas, eran la receta perfecta en cualquier época.

A pesar del afán de mantener distancia de la gente, la aburrida cháchara sobre temas triviales, escuchar halagos falsos y percibir la envidia sobre la ropa que usaban otros, Alana no podía rehusar asistir al cumpleaños de su madre.

Sandy solía recordarle que era lo único que le quedaba, después de que Rochester hubiera fallecido siendo tan pequeño y dejando un gran vacío.

A esto, Darren —el padre de Alana— solía llamarlo manipulación emocional e intervenía a favor de su hija para que ella solo hiciera lo que en verdad le apetecía.

Pero la joven abogada no quería tener desencuentros con su madre y, más allá de que Sandy intentase buscarle un candidato a esposo «adecuado», hasta el punto de resultar un incordio, al final ella era su familia.

La fiesta se celebró entre cincuenta personas, en la mansión de los Pemberton.

La lista de invitados fue depurada concienzudamente, pero ni la ausencia de los protagonistas de los vergonzosos titulares impidió que el resto de los asistentes dejara pasar la ocasión de hablar al respecto.

Por supuesto, siempre utilizando un tono velado como si fuese un secreto; como si los diferentes grupos de conversación, sentados en las preciosas mesas en el jardín trasero de la casa, no supieran de qué hablaban los otros.

Pero ese era parte del juego de fingir una diplomática ignorancia.