Entre espinas y seda escarlata CAPÍTULO 4 #4
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CAPÍTULO 4 #4

Una vez que estuvo a solas en su mansión, Rhys llamó a Leyton y le pidió que investigara a todas las personas que integraban el comité organizador de la PreGala.

Aunque fuese su mejor amigo, no aceptaba que hiciera gestiones gratuitas.

No le parecía justo mezclar la remuneración por un tiempo de trabajo con los momentos en que interactuaban sin utilizar las habilidades de negocios del otro.

El compás moral de Rhys no tenía una tonalidad específica, así que la forma en que actuaba o conducía sus acciones poseía una definición propia que no se ajustaba a las expectativas de los demás.

Lo que nunca haría sería aprovecharse de una amistad para extraer beneficios laborales.

Quizá, por esto último, la palabra «amigo» o «amiga» rara vez se pronunciaba cuando se refería a una tercera persona.

Contaba con una extensa lista de conocidos, a los que apenas toleraba y a los que consideraba un mal necesario, pero aquella lista en la que entraban sus amigos no completaba ni cuatro nombres.

En alguna ocasión, durante una salida de fiesta con Leyton, cuando eran más jóvenes, Rhys le comentó que su pasado no era un tipo de información que desearía que pudiera rastrearse.

Leyton le aseguró que si lo autorizaba, borraría cualquier rastro.

No solo eso, sino que jamás hablarían sobre ello y que no repetiría ni indagaría sobre lo que encontrara en la dark web o en algún otro registro similar.

Rhys lo miró un largo instante, sopesando la oferta y reflexionando, y luego de un rato asintió.

Una semana después de esa conversación, el que se convertiría más adelante en fundador y propietario de Green Wood y Clover Roots tenía ya un historial limpio.

Es decir: no existía información de quién fue antes de graduarse de la universidad y de conseguir su primer gran cliente.

Lo que dejó Leyton, para que no se percibiera como algo hecho adrede, fue esparcir datos bastante generales, los cuales no podrían encajar en un perfil específico debido a su vaguedad.

Pero no era una práctica inusual, pues personas famosas —y también otras que no lo eran, sino que poseían fortunas cuantiosas o formaban parte de organizaciones secretas— reajustaban los datos a los que el público tenía acceso en redes sobre ellos. Así creaban la imagen que querían.

Todo lo que existía en la sociedad era una manipulación.

Nada era real, porque las situaciones, personas y acontecimientos cíclicos se basaban en una percepción que se alimentaba con un bombardeo de titulares, espionaje tecnológico e invasión de posts en redes sociales que «lavaban el cerebro» de la población incauta e ingenua.

Para Leyton, sin embargo, ese aspecto era de gran utilidad en su empresa y propósitos.

De esa ocasión en que Rhys aceptó la oferta de Leyton había pasado casi una década. El acuerdo de no mencionar nada sobre el pasado del otro seguía intacto.

—¿Qué clase de datos buscas con exactitud? —preguntó Leyton—. Recuerda que poseo grandes capacidades de búsqueda y alcance, mas no tengo dones psíquicos.

Acababa de llegar a una fiesta con su novia de turno, aunque en realidad no se enamoraba de ninguna.

Si algo disfrutaba el apuesto rubio era perderse entre la multitud que no lo conocía.

Con un vaso del mejor alcohol disponible y un ambiente glamuroso, junto a una compañera atractiva, era suficiente para entretenerse.

Entre tantas personas se volvía anónimo; no necesitaba interactuar más que con la mujer que llevaba del brazo o con la que eligiera, si estaba soltero, para follar una noche.

Su amistad con Rhys era valiosa, porque ambos se conocían desde los años en que el dinero escaseaba.

El único interés mutuo consistía en hablar de algún tema específico, saber que existía un vínculo de apoyo —en un mundo de depredadores peores o iguales que ellos— y que podían lanzarse una soga para ayudarse a salir de algún foso.

Los dos eran hombres fuertes, devastadoramente atractivos y millonarios, pero que conocían el valor de la vida y el precio que a veces se pagaba por mantenerla.

Aparte, coincidían en la manera de aproximarse a los negocios: cínicos, cautos y analíticos. Su amistad era atípica, pero mantenía una lealtad comprobada y sólida.

—Algo que sea consistente para utilizar como una ventaja de negociación —contestó Rhys—.

Esta gente siempre incurre en la misma clase de tonterías.

Así que cuanto más encuentres, mejor. Si existe algo distinto, que consideres peculiar y único o más interesante para mis propósitos, agrégalo.

Además, quiero todos los perfiles de las personas que fueron invitadas a la PreGala de Debutantes de hoy.

No solo de quienes forman el jodido comité organizador —agregó—. ¿Ha quedado todo claro?

—Rhys, a veces eres demasiado críptico —comentó riéndose—. Pero lo que comentas suena más bien a un chantaje. ¿O me equivoco? —indagó, mientras Carly, su novia, lo instaba a que dejara el móvil y se diera prisa para ir a la pista de baile.

—Envíame la cantidad que tengo que pagarte por esta gestión. Que te diviertas, Leyton. Adiós —replicó sin responder a la pregunta, y cerrando la llamada.

Cuando Rhys entró en la ducha, su jodida cabeza empezó a conjurar fantasías sexuales con el rostro de una mujer cuyo nombre e historial ignoraba.

Con la mano apoyada sobre la pared, y la otra masturbando su grueso miembro con ímpetu, gimió al llegar al clímax.

No fue suficiente. Después de un rato, jadeante y con la mente algo más clara, dio un fuerte puñetazo contra el mármol de la ducha, soltando una maldición.