Entre espinas y seda escarlata CAPÍTULO 4 #3
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CAPÍTULO 4 #3

Solo el extremo autocontrol le impidió perder los estribos y contribuyó a que mantuviera la expresión fría.

Una vez que su breve comentario concluyó, también lo hizo su tiempo.

Sin embargo, antes de salir junto a Ingrid, su atención recayó en una mujer que parecía muy a gusto con un acompañante.

Los ojos azules de ella, la forma en que el vestido rojo se ajustaba a las curvas generosas de un modo tan sensual como discreto, y el rostro impecablemente maquillado, lo irritaron.

No le gustó en absoluto que, después de varias semanas sin tiempo para encontrarse con alguna amante y follar a gusto, fuese alguien como ella —seguro una señoritinga con la vida fácil, sonrisas fruto de un camino sin esfuerzos y acostumbrada a que sus caprichos se cumplieran con el chasquido de sus dedos— quien lograra afectarlo de manera tan visceral y ajena a su voluntad.

Pero ninguna mujer era de fiar, ni merecedora de su atención más allá del tiempo que requerían sus bajos instintos. Y esta solo era otro rostro sin nombre.

Rhys rompió el contacto visual e ignoró las ganas súbitas, e inexplicables, que sintió de apartar con un puñetazo la mano de ese bellaco que parecía muy cómodo posándola sobre la cintura de la mujer.

Tensó la mandíbula y guio a su hermana —que menos mal conocía bien su temperamento y no puso objeciones— hacia la salida.

Una vez que estuvieron en el coche, Ingrid se limpió las lágrimas que había contenido con éxito durante todo ese tiempo, pero que ahora empezaron a rodar libremente por sus mejillas.

Al verlas, Rhys pensó que iban a pagar por el momento incómodo que le hicieron pasar a su hermana y por haber jugado con sus ilusiones.

Quizá él no estaba de acuerdo con los sueños o metas de Ingrid sobre ser debutante, pero si lo que ella buscaba era pertenecer a ese círculo social por la razón que fuese, lo haría.

Él encontraría el eslabón más accesible para vengarse por lo ocurrido.

Después de llamar a su agente de relaciones públicas —que recibía un excelente salario para estar disponible a cualquier hora, al igual que su abogado personal y también su asesor financiero— y ordenarle que realizara un control de daños inmediato, en relación a lo que se pudiera estar publicando sobre la PreGala de Debutantes con respecto a Ingrid, así como lo que seguramente saldría al día siguiente.

Rhys dejó a su hermana en la casa donde todavía vivía con Vanessa.

Lo preocupaba que Ingrid quisiera independizarse, porque con dieciocho años recién cumplidos no estaba lista para un mundo tan infame.

Las circunstancias de vida que experimentaba eran diametralmente opuestas a las que él tuvo a esa edad, y por eso se había preocupado —así como Craig— para que no tuviera carencias, contara con la mejor educación que el dinero pudiera pagar y se sintiera siempre respaldada por su familia.

A pesar de su tendencia al control, Rhys era consciente de que no le correspondía ejercer el rol de padre ni madre, así que solo maniobraba lo que estaba dentro de su potestad.

Por esa razón, le compraría un piso, asignaría vigilancia —sin que ella lo supiera y solo por precaución— hasta que notara que ya podía volar con alas propias.

De ese modo intentaría darle un escudo extra y temporal de protección.

—¿En verdad vas a cumplir tu amenaza, Rhys?

—preguntó Ingrid, antes de bajarse del coche—.

Quizá solo fue una confusión… —bajó la mirada—.

Déjalo estar, porque, al final, ya expresé lo que tenía en mi cabeza.

Me hubiera gustado extenderme, pero sé que tan solo hubiera empezado a contar mis sueños y…

—Ingrid —interrumpió el magnate—. Necesito que comprendas algo muy importante: las casualidades no existen con esta clase de personas.

Querían enviar un mensaje y te utilizaron.

Humillaron el apellido que tú y yo compartimos.

Por supuesto que voy a cumplir mi palabra.

¿Acaso ser aceptada en ese círculo no es lo que más deseas, porque consideras que puedes aportar con tu talento y también abrirte paso a oportunidades?

—La joven hizo un asentimiento suave y breve—. Entonces así será.

Ella hizo una mueca, porque sabía que su hermano se interesaba de verdad por su bienestar, pero también era consciente de que poseía un lado severo y determinado.

No lo había vivido en carne propia, mas, en una ocasión que estuvo de visita en las oficinas de Green Wood, la constructora de Rhys, había escuchado cómo una empleada le contaba a otra —sin reparar en quién era Ingrid— que él había despedido sin contemplación a todo el departamento de licitaciones.

¿La razón? Le presentaron una propuesta con errores propios de un grupo de novatos, en lugar de cinco expertos graduados en Yale y NYU, y eso casi le costó a la empresa un contrato millonario.

Al día siguiente, sin embargo, los reemplazos de esos empleados ya estaban trabajando.

El mensaje se entendió alto y claro: nadie era indispensable y él medía los resultados.

—No todas las personas del comité son iguales, Rhys —se apresuró a comentar, porque sintió la necesidad de aclararlo—. Hay alguien especial y que…

—Buenas noches, hermanita —zanjó él en un tono de voz firme, aunque amable—.

No vamos a discutir más por hoy. Creo que ambos hemos tenido suficiente.

Acabo de regresar de un viaje de mierda con horarios insufribles.

Yo tengo que recuperar el ritmo, porque mi asistente elaboró una lista extensa con mis pendientes en la ciudad.

¿Estamos de acuerdo? —preguntó. Ingrid hizo una mueca y luego asintió—.

Bien. Me alegro de que ambos hayamos concluido todo este tema.

Ingrid posó la mano sobre el antebrazo de su hermano, mirándolo.

—Prométeme algo, entonces. —Él solo enarcó una ceja—. No seas injusto.

Rhys soltó una risa sin alegría.

—¿Y me lo dices tú, que has sufrido una injusticia hoy?

—preguntó con incredulidad—. Debes aprender a endurecer tu corazón, Ingrid, eres demasiado generosa.

La sociedad no observa a los demás del mismo modo en que tú sueles hacerlo: con optimismo.

Por ahora vete a descansar. Mañana tienes clases.

Yo me encargaré de que entres en todos los grupos sociales a los que esas debutantes van a acceder.

Porque vas a ser una de ellas. Nadie volverá a mirarte como si no merecieras el mismo trato solo porque nuestros ancestros no nacieron aquí varios siglos atrás.