CAPÍTULO 4 #2
Él no logró terminar la frase, pues su hermana, en un arrebato muy propio de su edad —así como de la convicción de que ese evento era todo lo que más anhelaba en esa etapa de su existencia— aprovechó que ya estaban en el umbral para adentrarse en el opulento lugar.
Rhys apretó la mandíbula, porque sabía que Ingrid poseía la mala costumbre de expresar sus frustraciones sin medir las posibles consecuencias y aún no lograba comprender que todo tenía un tiempo y un espacio para llevarse a cabo.
Sin querer agregar otro momento embarazoso para ella, llamándola para que se detuviera al instante, Rhys avanzó hacia el salón con la actitud que habría tenido un rey que considera un lugar indigno de su presencia.
Hubiera preferido tratar al siguiente día con esta situación, pero Ingrid estaba propiciando con sus acciones a que tomara otras medidas.
Él ya se imaginaba que el rápido andar de la joven tenía un propósito: llegar al escenario, explicar su retraso y el incidente con los guardias.
No se equivocó, por supuesto. Decidió que le daría un límite de tiempo para que dijera lo que sea que tuviera en mente, luego se marcharían de The Isabella Stewart Gardner Museum.
Se trataba, casi literalmente, de un palacio veneciano trasladado a Boston.
La ostentosidad que exudaba abrumaba a Rhys, porque él prefería poseer algo único y de altísimo valor, pero que no estuviera contaminado por los excesos.
Daba igual que fuese un edificio del año 1903 y que se comentara siempre de la exquisitez de los mármoles, la arquitectura, los frescos, los cortinajes y demás.
Él había aprendido a disfrutar de los placeres y lujos del dinero, pero se inclinaba más por poseer objetos únicos de alto valor que pudiera aprovechar, en lugar de que estorbaran o se convirtieran en simples adornos olvidados por el paso del tiempo.
Así que, al final, ¿cuál era el sentido de vivir para complacer a otros?
La respuesta era obvia: ninguno. Eso formaba parte de los temas que su hermana menor aún no entendía.
O quizá la forma de Rhys de ver la realidad estaba trastocada, porque sus manos no eran capaces de crear belleza ni vida, sino de apagarla y ensuciarla hasta quitar el último hálito de oxígeno.
Ya no utilizaba un arma para ganar dinero, pero aplicaba los mismos principios de sus tiempos de sicario: elegía su meta, delimitaba los pros y contras, creaba escenarios diversos y salidas a cada uno, conocía a su objetivo, sus aficiones y detalles particulares, luego marcaba un tiempo.
Al final, ejecutaba. En algunas ocasiones habría deseado llevar una Glock 34, así podría mandar a la dimensión de los muertos a esos hijos de perra de su competencia que se empeñaban en frustrar sus intenciones de ganar licitaciones de alta exclusividad.
O, como en el caso de su propiedad ubicada en la Mount Vernon Street, remodelar lo que le pertenecía por derecho y con escrituras registradas.
«La diplomacia en los negocios a veces resultaba un jodido dolor de cabeza.»
Se tomó un instante para observar quiénes estaban alrededor.
Los conocía a casi todos, mas no eran sus amigos.
Sabía detalles importantes vinculados a temas empresariales de muchos de los convocados esa noche.
De hecho, existía una carpeta con archivos en los que él registraba personalmente los perfiles de sus competidores.
Lo podría considerar un pasatiempo con una finalidad importante: estar siempre alerta sobre quiénes eran las personas con las que trataba.
La cantidad de dinero que estuviese en juego no restaba la minuciosidad a su manera de trabajar.
No malgastaba esfuerzos. Tampoco se trataba de hallar obstáculos y sentirse pletórico al vencerlos, sino de encontrar caminos que no le hicieran perder ni tiempo ni recursos.
Por eso no contrataba incompetentes. Si un empleado fallaba, era despedido de inmediato.
Él no daba segundas oportunidades ni aceptaba excusas ante desempeños mediocres.
Mientras Ingrid —después de que el maestro de ceremonias le hubiera cedido el micrófono— terminaba de desahogarse, explicándole al público que le parecía injusto lo que había sucedido y que era preciso que lo enmendaran, Rhys escuchaba.
La respuesta que recibió ella fue de risas quedas, murmullos burlones y miradas lastimeras.
Él apretó la mandíbula con fuerza y no dejó que su hermana continuara, a pesar de que la voz de la joven en ningún momento se quebró ni tampoco dio lugar a creer que estaba rogando ser una debutante.
Al contrario, ella estaba conteniendo la desazón bastante bien.
Él le había dado exactamente tres minutos para que dejara salir lo que necesitaba expresar.
Pero la humillación que le hicieron pasar a Ingrid: enviarle una invitación —por error o con el propósito específico de causar esta situación—, y que durante meses ella hubiera invertido horas confeccionando su vestido con ilusión, el cuidado que se tomó eligiendo los accesorios correctos, ensayando el breve discurso de agradecimiento y todos los planes de lo que significaba ser una debutante, Rhys no iba a olvidarlo.
Sabía que esta gente, que miraba a los demás con altivez, valoraba los apellidos de tradición, no las nuevas fortunas, sin importar su cuantía o repercusión social.
Las organizadoras de la PreGala, al parecer, estaban utilizando a Ingrid como ejemplo de lo que ocurría cuando alguien a quien no consideraban parte de ese entorno ni tenían intención de aceptar en él insistía en integrarse donde no pertenecía.
Los cotilleos en la prensa social al día siguiente —si acaso no estaban ya comentándose en grupos de chat en esos instantes y publicándose en columnas digitales— serían brutales.
Ni siquiera cuando él encontró a Sloane abriendo los muslos, mientras un hombre que le doblaba la edad la follaba, sintió tanto asco e intención de matar a sangre fría como sí lo experimentaba ahora.
Lo que sentía era una cólera visceral, porque se habían metido con lo más valioso para Rhys, aquello que no tenía precio: su familia.
Que nadie del comité organizador se hubiera preocupado por aclarar lo sucedido, y disculparse inclusive, tan solo confirmó su teoría de que su hermana era el conejillo de indias de la ocasión. Se acercó al escenario.
Rhys se movía con la misma calma que emplearía un tigre para evitar levantar sospechas, en la masa de presas potenciales, sobre lo que era capaz de hacer.
Su atención estaba fija en la mirada indignada y decepcionada de Ingrid.
Él le extendió la mano en un gesto silencioso.
Su hermana comprendió tan solo con mirar la expresión fría del magnate que estaba a pocos segundos de perder los estribos en un sitio que no era el adecuado para eso.
Y que solo estaba conteniéndose —a duras penas— por consideración a ella.
La joven soltó una exhalación suave y aceptó que su tiempo de libertad de expresión había concluido a la par que lo hacían sus anhelos de ser aceptada en un grupo que podría abrirle escenarios y actividades importantes que el dinero no podía comprar.
Se apoyó en la fuerza y determinación que irradiaba su hermano.
Este la sorprendió deteniéndose de repente, justo a unos pasos más adelante del lugar exacto desde el que se aseguraba que todos pudieran verlo sin importar el ángulo en el que se encontraban.
El silencio se apoderó del salón. La música bajó el tono, casi cesando por completo.
El tono de voz de Rhys retumbó en todo el lugar.
La amenaza que lanzó el magnate, diciéndoles que iban a pagar la afrenta cometida contra Ingrid, fue como sentir el filo de una espada japonesa: bastaba un ligero toque para rasgar la piel y dejarla sangrando.
Algunos tragaron saliva, nerviosos, otros se quedaron atónitos.
La reputación del multimillonario no solo estaba respaldada por los grandes y exitosos proyectos inmobiliarios desarrollados, o por las asociaciones en contratos que había logrado llevar a cabo en varias partes de Europa y Asia, sino porque, aunque sus modales eran prístinos, las decisiones que tomaba en la mesa de negocios eran tajantes.
No titubeaba y tampoco le importaba a quiénes dejaba atrás.
Los osados que intentaban pasarse de listos o jugar con su tiempo, terminaban en algún aprieto financiero o de repente eran investigados por corrupción o lavado de activos.
Es decir, los trapos sucios salían a relucir, hundiéndolos.
Rhys no solo infundía respeto, sino la clase de temor que nadie en su sano juicio ignoraría.
La única persona que conocía al completo la verdad de su pasado era él y aquellos que vivían entre las sombras más perversas de Boston.
Pero desde las cloacas no irían a buscarlo, pues no existían deudas ni vínculos pendientes.
Su salida había sido limpia —o quizá era un estupendo eufemismo— y estas personas, que ahora estaban en The Isabella Stewart Gardner Museum y que creían ser descendientes de algún dios especial —o que cagaban oro en lugar de mierda— jamás se acercarían ni un milímetro a su vida en South Boston.
Los invitados a la PreGala de Debutantes habían heredado un legado cultivado por generaciones, sin haber sudado ni sufrido un ápice por cada puto dólar que adornaba sus cuentas bancarias y cubría sus caprichos.
Nunca se imaginarían que alguien que competía en las mismas ligas financieras —como él— era capaz de todo para que sus seres amados tuvieran una oportunidad de sobrevivir.
Así que hacían bien en escuchar con inquietud su amenaza.
Aparte, Rhys no usaba sus palabras sin tener la plena intención de cumplirlas.