CAPÍTULO 4
Rhys tuvo largas reuniones con sus proveedores asiáticos y europeos.
No fueron negociaciones agradables, porque los cambios de horario resultaron un fastidio para alguien que, como él, solía mantener una rutina que le permitía usar su tiempo eficientemente.
A pesar de que sabía que estas circunstancias formaban parte de su trabajo, cada cierto tiempo, no dejaban de irritarlo.
Su humor se agrió más al enterarse —apenas aterrizó en Boston— de que Craig no podría asistir como acompañante de Ingrid a la PreGala de Debutantes, porque lo habían llamado de urgencia para que atendiera un caso en el hospital para el que trabajaba.
Rhys no estaba de acuerdo con las ideas de su hermana y por eso acordaron que Craig se encargaría de ese asunto.
Además, luego de su ajustada agenda de viajes, lo que menos le apetecía era rodearse de un grupo de seres frívolos que encontraban regocijo en actividades absurdas y obsoletas.
En su plan de retorno a casa, Rhys había previsto pasarla de otra manera: desahogando el estrés con una noche de sexo sin complicaciones.
Aunque no se comprometía con una mujer de manera exclusiva, eso no significaba que hubiese ocasiones en las que repetía con alguna amante a la que consideró interesante.
Lo ocurrido con sus hermanos lo obligaba a reajustar su plan.
Quizá, pensó tratando de mirar el lado práctico de la situación, lo mejor sería que fuese él en lugar de Craig, porque Ingrid no tenía malicia y solía poseer la tendencia a buscar siempre el lado positivo o bueno de los demás.
Lo anterior lo cabreaba, porque nadie mejor que él sabía que cómo era el mundo: un foso gris en el que sobrevivir no siempre dependía de esforzarse o de tener suerte, sino de tomar medidas crudas y extremas.
Rhys no envidiaba a las familias que veía sonrientes o los padres llevando a sus hijos a jugar soccer o béisbol.
Él creía que en algún modo había intentado en esos años hacer las paces con la traición de su padre.
Al final, el resultado del dolor de una persona —en este caso su madre, al convivir con la infidelidad de Thomas— había resultado en un desenlace inesperado: la existencia de Ingrid.
Para Rhys y Craig, aunque ya la conocieron cuando tenía trece años, ella merecía toda la protección que pudieran darle, así como el apoyo que le faltó ante la ausencia de su progenitor.
Pero en esos instantes, cuando la luna creciente brillaba en el cielo, él pensaba en el presente: llegar lo antes posible al salón principal en The Isabella Stewart Gardner Museum.
A pesar del esfuerzo del chofer, que lo recogió en el hangar privado del aeropuerto, hubo un accidente en la vía y se retrasaron veinte minutos.
Eso aumentó su mal humor todavía más. ¿Cuál era la necesidad de hacer un debut social?
El certificado de nacimiento debería ser suficiente para ser considerados parte de la sociedad.
¿Para qué gastar esfuerzos con el fin de encajar en un grupo de gente, cuyo mayor logro consistía en tratar de no llevar a la bancarrota el negocio familiar heredado, o comprarse el yate más caro para estacionarlo en alguna isla de moda?
No obstante, Ingrid le había dicho que para ella sí era importante rodearse de chicas de su misma edad y que pertenecían a ese grupo especial, porque así tendría acceso a oportunidades interesantes e inclusive crearía amistades con otras experiencias e ideas.
Las conexiones que ellas solían tener con ciertos diseñadores u organizadores de pasarelas de moda, le parecían valiosas a Ingrid porque iba a estudiar diseño.
Para analizar estilos y tendencias e inclusive tenía en mente proponerle a alguna de las otras debutantes que aceptara llevar un diseño suyo para lucirlo en alguna fiesta.
Una exposición social de esa clase sería perfecta.
No era lo mismo que una persona mencionara que llevaba un vestido hecho por Ingrid Callahan, ante un grupo que podría validar su trabajo y comentarlo ante oídos conocedores de moda, a que lo luciera alguien desconocido.
Lo anterior propiciaría que pasara desapercibido su plan.
Un plan entre muchos, porque si algo poseía Ingrid era una creatividad desbordante.
Aparte, argumentó apasionadamente ante Rhys y Craig sobre las integrantes del Comité Boston Legacy, expresando que se preocupaban por crear programas de ayuda sin fines de lucro.
Les explicó a sus hermanos que los fondos solían provenir de donaciones de varias familias que estaban comprometidas con las causas sociales.
Rhys —a diferencia de Craig, que era más paciente— tenía poca inclinación para lidiar con esa clase de conversaciones.
Prefería otras temáticas sobre la vida de su hermana y que no incluyera tratar de crear una imagen casi perfecta de ese grupo de personas que orquestaban esta clase de actividades cada año.
Por eso optó por no discutir más al respecto y hacer creer a Ingrid que no tenía más argumentos que darle para hacerla caer en la cuenta de que estaba perdiendo su tiempo, porque existían otros modos más prácticos —y menos tediosos— de llegar a sus objetivos.
Ella no cambió de opinión, a pesar de que Rhys le ofreció —a cambio de que no se inscribiera en esa bobería— un viaje para hacer un tour por los mejores talleres de confección de Estados Unidos.
Obviamente, la terquedad formaba parte del ADN de los Callahan, porque su hermana le agradeció, pero insistió en que no altería su plan.
Así que gracias a esa terquedad, Rhys estaba yendo a ese dichoso evento.
Ingrid ya sabía que estaba en camino. A él le habría gustado que lo esperara, en lugar de adelantarse.
Pero también comprendía que llegar tarde y dejar una mala primera impresión no era algo en lo que Ingrid incurriría, menos aun si consideraba esa PreGala como un pináculo de sus aspiraciones.
Por otro lado, en su caso específico, el hecho de llegar tarde o temprano —según los escenarios y quiénes integraban la contraparte— solía ser un asunto más bien estratégico.
Así medía ciertos detalles del carácter de los demás: si eran ansiosos, pragmáticos, calmados, determinados o impulsivos.
Los mejores negociadores —y más difíciles— eran quienes usaban la expresión neutral y no permitían que las manipulaciones ajenas los perturbaran.
Y esa era precisamente la parte que más disfrutaba Rhys: romper las estructuras mentales de los demás, encontrando el punto débil, para luego hacerse con el liderazgo de todo cuanto él buscaba obtener.
Jamás dudaba de sí mismo y nada lo intimidaba.
Las reglas estaban definidas a su conveniencia e intereses; los demás —fuesen o no conscientes de ello— obedecían. Así funcionaba su vida en todo aspecto.
Sin prisa, con el elegante andar aprendido a lo largo de los años, bajó del coche.
Lo último que hubiera esperado, al acercarse a la puerta de cristal con marcos dorados, fue ver a Ingrid discutiendo y tratando de apartarse de los guardias de seguridad que le impedían el paso.
Se notaba, por los movimientos corporales, que los dos pelmazos no estaban siendo nada amables, y sus expresiones eran de altiva superioridad.
Cabreado, Rhys no tardó en acercarse y empujar con firmeza al que había hecho trastabillar a Ingrid.
Acto seguido, sujetó con suavidad a su hermana para estabilizarla.
Los guardias al notar el rostro hostil, la corpulencia amenazante y el aura de peligro que rodeaban al recién llegado, marcaron distancia y se disculparon.
Fue como si la presencia de Rhys hubiera activado un sensor de alarma en ellos.
El magnate los ignoró. De ese par se ocuparía después.
No le importaba si tenían una familia que alimentar o si estaban hasta el cuello de deudas.
Habían cometido el grave error de meterse con la persona equivocada.
Pero los detalles se los dejaría a su mejor amigo, Leyton Bancroft.
Este se ganaba la vida indagando y recopilando datos sobre otras personas en su exitosa firma de headhunting: Talent Seeker Corporation.
Con esa información, Rhys le encargaría a su abogado personal —a quien en una estructura mafiosa italiana habrían llamado consiglieri— que les hiciera una visita que terminaría en dos desempleados más en las estadísticas.
¿Le remordía la conciencia llegar tan lejos por un incidente como el que acababa de presenciar? En absoluto.
—¿Qué ocurre? —preguntó Rhys en tono sereno, a pesar del enfado—. Si te han hecho daño —revisó que no tuviera huellas en los brazos— dímelo ahora, Ingrid.
Ella lo miró con una mezcla de desesperación y desconcierto. Negó.
—No me han hecho daño físico —murmuró—. Pero me han impedido la entrada, porque dicen que mi invitación no tiene la marca de agua de seguridad y es inválida.
Sugirieron que soy una de las chicas que cree que puede pasar a este evento falsificando el documento —explicó, mostrándole el papel a Rhys—. ¡Y no es verdad!
Él leyó el contenido y luego lo dejó caer al piso. A ella no le importó el gesto.
—Sé que no es verdad. Tú jamás harías algo fuera de los reglamentos —replicó con una sonrisa que solo esbozaba para su familia: amable y sincera.
Además, se alegraba de que sus hermanos nunca hubieran pasado las pruebas difíciles que él eligió con tal de salvar a su padre—.
Quizá sea mejor volver a casa. Yo me encargaré…