Entre espinas y seda escarlata CAPÍTULO 3 #4
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CAPÍTULO 3 #4

Alana, que estaba cerca del escenario, vio cómo el desconocido se abría camino hasta llegar al escenario.

Sin decir más palabras, él se detuvo justo en el lugar en el que estaba Ingrid y le extendió la mano.

La joven soltó una exhalación, le devolvió el micrófono al maestro de ceremonia, y caminó hacia las escaleras para bajarlas de la mano de quien acababa de llegar a buscarla.

El atractivo y magnético hombre detuvo el andar, por consiguiente lo hizo también la joven, justo en el centro del salón.

Parecía ser el dueño del mundo y un comandante en jefe al que nadie osaría interrumpir.

Barrió el gran salón, su ostentosa decoración y a los asistentes, con una mirada hostil.

—La ofensa que ha sufrido Ingrid, no va a quedarse sin consecuencias —dijo él con claridad, no necesitaba el micrófono para hacerse escuchar, porque todos lo observaban atónitos.

Estaban preocupados por la persona que estaba ante ellos, más allá de las formas—.

Disfruten la velada. Tendrán noticias mías, no lo duden.

La advertencia era clara. La amenaza, todavía más.

Hubo un instante, cuando el apuesto extraño de ojos llenos de secretos, en que esa mirada firme se cruzó con la de Alana.

Y fue como si un trueno hubiera quebrado la cúpula de vidrio que estaba sobre el salón.

El estruendo silencioso entre ambos ocurrió con la misma brevedad con la que desapareció.

Al cabo de un rato, cuando Ingrid —caminando con resignada serenidad— y su acompañante salieron del lugar, los murmullos se convirtieron en charlas más sonoras.

Alana no pudo borrar la extraña certeza de que lo sucedido con Ingrid, por alguna razón, iba a pesarles a todos.

Alana, por simple impulso, aceptó la copa de champán que le ofreció un camarero. Dio un par de pequeños sorbos. En el entorno subyacía el desconcierto.

—¿Quién es él…? Todos parecen temerle —le preguntó ella a Brent.

Su acompañante hizo una mueca, casi despreciativa ante la mención.

—Un irlandés que se cree el amo del mundo y que lleva años ganando terreno, con fuerza y sin descanso, para convertirse en uno de los más ricos del país —dijo.

Alana frunció el ceño. No comentó que físicamente el hombre le pareció un gladiador dispuesto a romper el cuello de los que habían ofendido a Ingrid, pero que había hecho gala de una contención monumental.

Tal como un depredador que sabe que lleva la partida con ventaja y solo es cuestión de tiempo para dar el primer zarpazo.

—No lo he visto antes…—murmuró Alana—. No me suena de nada.

—Frecuenta la clase alta en asuntos de negocios, no en estos temas sociales.

No porque no pueda, sino porque desprecia todo lo que representamos.

Como te acabo de comentar, el hombre surgió —según comentan, y no lo dudo— de barrios bajos.

Además, tampoco colabora el hecho de que algunas de nuestras amistades, cada vez que pueden, trunquen los planes de las empresas de él a propósito —explicó.

Alana lo miró con curiosidad.

—¿Por qué? Entiendo que parece intimidante, pero esto no tiene sentido.

Brent soltó una exhalación leve.

—Porque es lo que consideramos alguien de «nueva fortuna», y no pertenece a nuestros círculos por derecho, sino por su cuenta bancaria y portafolio.

A mí me da igual, porque nuestras industrias de trabajo son distintas —dijo apresurándose a aclarar ese detalle al ver la notable desaprobación de Alana por el comentario, lo cual evidenciaba que no le gustaban estas diferenciaciones—.

Hay rumores de que su pasado es algo turbio.

La chica es su hermana —continuó, anticipándose a la pregunta que probablemente haría su cita de esa noche—.

Supongo que ustedes en el comité decidieron no aceptarla y ella, como cualquier joven que quiere ser relevante a su edad, entró aquí fingiendo tener una invitación cuando no era el caso —concluyó Brent.

Alana meneó la cabeza y lo observó con seriedad.

—En absoluto —replicó ella con incredulidad.

No tenía idea quién estaba detrás de la afrenta contra Ingrid, pero le parecía repudiable—.

Los votos del comité son secretos, pero sé que puedes guardar una confidencia.

¿Verdad? —Él hizo un asentimiento—. Yo le di el voto a Ingrid Callahan —comentó en voz baja, a pesar de que alrededor la fiesta había retomado el ritmo—.

Ella estaba en la lista de debutantes para este año, por supuesto que recibió una invitación, porque completó el número de aprobaciones mínimas requeridas.

Dios mío… Lo más probable es que hubieran hecho un cambio de última hora, aún cuando ya estaban repartidas las invitaciones, y no le notificaron.

Hacer algo de esta calaña a una joven tan agradable como Ingrid, aunque no la conozco en profundidad, me hace decepcionarme de este evento…

El hombre no quiso discutir con ella. ¿Quién en su sano juicio querría enfadar a la mujer a la que deseaba y a la que quería que llevarse a la cama? Él, obvio, no.

—Las amenazas de Callahan no son en vano —replicó Brent, mientras el maestro de ceremonias empezaba a entrevistar brevemente a las nuevas debutantes y el cuarteto de cuerdas ofrecía una perfecta ejecución musical de fondo.

Aún así, la nota de sombría tensión se negaba a desaparecer de la fiesta—. Van a rodar cabezas.

Alana se sentía inquieta, pero no podía encontrar una explicación al respecto.

Lo único que la hermosa abogada podía entender era que cuando su mirada se cruzó con la de ese extraño algo pareció romperse dentro de ella.

Como si cuerdas invisibles, que no sabía que llevaban años rodeándola, se hubieran desatado de repente.

No para dejarla en libertad, sino para recordarle que en la vida no podía darse por seguro lo que siempre había tenido a disposición. Alana acabó su copa.

—¿Cómo se llama ese hombre? Me dijiste que se apellida Callahan.

—Rhys Callahan —replicó Brent con acidez.

Luego cambió el tono serio por una sonrisa dedicada para la mujer que quería, si ella lo permitía dentro de un tiempo, que llevara su apellido y su descendencia—.

Entiendo que te haya molestado lo ocurrido con la chica, porque eres una persona íntegra y de gran corazón.

Pero no pierdas tu energía en algo que no tiene remedio.

Además, lo más probable es que la presidente del comité le envíe un obsequio de alto valor y quedará todo solucionado.

Eso no está en tus manos, me dijiste que este es tu último acto como integrante del CBL.

Así que, ¿por qué mejor no te relajas, hermosa Alana, y disfrutamos la noche?

Alana apenas esbozó una sonrisa, porque tenía el presentimiento de que lo que acababa de suceder no iba a resolverse con facilidad.

Un hombre que desafiaba abiertamente al grupo social más influyente de la ciudad —sin alzar la voz, con la entereza dominante de quien siempre había sido el depredador y nunca la presa— no improvisaba.

Tampoco aparecía en eventos que claramente repudiaba, en especial cuando de por medio había una afrenta a su familia. Con más claridad: su hermana.

Al llegar a casa, Alana hizo su rutina de belleza: quitarse el maquillaje, la ropa, y luego meterse bajo las sábanas.

Al cerrar los ojos para intentar dormir, su mente se dirigió a dos aspectos.

El primero fue recordar que jamás le dijo a Brent que ella quería verlo con más frecuencia y explorar juntos qué más tenían en común, en un plan romántico.

Lo segundo fue evocar el rostro de rasgos masculinos, el cabello peinado hacia atrás, la penetrante mirada color café, la barba de cinco días sin afeitar y la perfección que la tela del esmoquin marcaba en lo que denotaba un físico impactante.

Tan impactante que la posibilidad de desear conocerlo, palmo a palmo, le aceleró el pulso.

Fue el inequívoco tono de esa voz profunda —que, a pesar de la amenaza declarada, le pareció una caricia invisible sobre la piel— lo que consiguió que Alana se preocupara… «¿Quién era de verdad Rhys Callahan…?», se preguntó bostezando.

No hubo respuesta, sino solo Morfeo llevándola al mundo que dominaba: los sueños. Por supuesto, él también habitaba y comandaba, a la par, el de sus pesadillas.