CAPÍTULO 3 #3
Las ocasiones en que coincidía con Brent no eran frecuentes, porque sus agendas laborales solían cruzarse casi siempre.
En ocasiones, Taylor le preguntaba a Alana si quizá no estaba saboteándose a propósito —adquiriendo más carga laboral de lo que era capaz— para protegerse.
Ese comentario de su amiga instó a Alana a reflexionar, porque, tal vez, era cierto.
Era consciente de que Brent no le daba razones para creer que pasaría de ser un hombre encantador a uno despreciable como Aaron.
Así que, después de considerarlo de verdad, había tomado una decisión.
Esa noche, luego de que acabara la fiesta de PreGala de Debutantes de Boston, en el que se anunciaría la lista de las veinticinco chicas elegidas para ser oficialmente presentadas en el Baile Anual de Debutantes —dentro de unos meses— Alana le diría a Brent que le gustaba la idea de poder verse más seguido.
Quizá —eso no iba a decírselo— ella intentaría vencer la incómoda idea de volverse vulnerable al mostrarse desnuda.
Alana deseaba volver a disfrutar del sexo y conocer un lado diferente; uno que ardiera de verdad, porque no creía posible que lo hubiera vivido algo así nunca.
La calma que Brent le ofrecía era agradable y diferente a la de otros pretendientes que solían ser más insistentes, pero que terminaban hartándola o aburriéndola.
Con los otros le hacía falta algo más y —probablemente— era esa sensación de serena compañía que Brent sí le ofrecía.
Taylor solía decirle que estar en una relación en la que no existía fuego al cruzar miradas o una inmediata palpitación en el sexo, ante la idea de ser tocada por ese hombre, no tenía buen futuro.
Alana no sabía si quizá —al darse una oportunidad real con Brent— lograría vivir todas esas emociones que su mejor amiga mencionaba, pero quería intentarlo.
Ella había buscado adrenalina y emoción siempre, mas terminaba decepcionada.
Porque esa pasión que llevaba dentro e intentaba permitirle expandirse, resultaba en un súbito colapso, porque su pareja no parecía engancharse a su misma sintonía, haciéndola volverse menos espontánea y más cautelosa.
Después de las decepciones vividas, Alana prefería una relación en la que pudiera empezar desde la calma, en lugar del caos, y sin tantas expectativas.
No quería situaciones de las que pudiera arrepentirse.
La voz masculina a su izquierda la regresó al presente: la fiesta.
—Estás particularmente silenciosa, aunque no por eso menos bella —dijo Brent a su oído. Ella apartó la atención de la gente alrededor de la fuente transparente, llena de chocolate y rodeada de palillos con malvaviscos, y miró a su acompañante.
—Gracias —replicó sonriéndole. Él le hizo un guiño—. A veces me suelo preguntar qué tan vacía puede resultar la vida si elimináramos todos estos eventos.
El hombre se rio y le dio un apretón leve, juguetón, en la cintura.
—Creo que son pretextos para conocer personas interesantes —dijo flirteando—. No siempre se tiene la suerte de llevar del brazo a una abogada exitosa.
—Ah, qué halagüeño estás hoy —replicó apoyándose en él.
—En absoluto. Soy el hombre más envidiado, ¿sabes cuántos matarían por llevar a una mujer tan sexy como tú del brazo, Alana?
—preguntó mirándola con una franqueza que la desarmó—.
Que me haya contenido, porque de verdad quiero conocerte, no significa que las ganas de probar cada recodo de tu piel no existan.
Alana abrió y cerró la boca. Esta era la primera ocasión en la que él se expresaba al respecto tan directamente.
Ella era consciente de las miradas furtivas de las demás personas.
No era ajena a que solía ocurrir con frecuencia, en especial ahora que los descendientes de los apellidos Pemberton y Cabot estaban juntos, la circunstancia era irrelevante.
Además, Brent era uno de los solteros que más interés suscitaba entre las mujeres que buscaban aumentar su fortuna, influencia y beneplácito social; así como de aquellas que no poseían riqueza e intentaban utilizar sus encantos físicos para seducir a un millonario como aquel.
Por otra parte, los padres de Alana estaban en la mesa reservada para las familias de quienes fundaron este evento décadas atrás en Boston.
Alana, en cambio, podía sentarse en el sitio que le apeteciera porque formaba parte del comité del CBL.
Ella no dejó de notar la mirada de aprobación de su madre cuando, al llegar con Brent, se acercó a saludarlos.
Su padre, por el contrario, solía ser indiferente a esta clase de asuntos.
Darren siempre le había dicho que cuando ella eligiera a la persona con la que quisiera pasar el resto de su vida, él respetaría esa decisión.
Esta,y otras razones eran por lo que Alana lo amaba tanto.
Haría cualquier cosa por Darren, pues fue él quien estuvo a su lado motivándola para que fuese ella misma, en lugar de volverse en una copia de las demás chicas de su edad —a medida que fue creciendo—.
Las restricciones, exigencias de etiqueta y elección de amistades las había instigado, y pretendía seguir haciéndolo, Sandy.
El maestro de ceremonias de la fiesta llamó la atención de presentes.
Poco a poco, las charlas cesaron.
Alana, que no alcanzó a replicar el comentario de Brent, dirigió la mirada hacia el escenario.
Se iba a realizar el anuncio de las veinticinco candidatas que serían las debutantes de ese año.
Cada una recibiría el clásico juego de pendientes y un colgante de brillantes con sus respectivas iniciales, ya que era parte de la tradición.
El hombre del micrófono estaba de pie en un espacio en forma de media luna y que había sido creado especialmente para las hermosas jóvenes de alta sociedad.
Todas lucían los mejores vestidos de diseñadores famosos y que marcaban tendencia esa temporada.
La lista de las veinticinco jóvenes elegidas como debutantes, la conocía la secretaria, Celine Van Heussen; la vicepresidenta, Riley Adams; y la presidenta, Vania Lowell.
Ellas eran las responsables. Pero Alana, designada parte del comité por la fallecida expresidenta, Elizabeth Bowen-Fitz, tenía acceso a esa información.
De hecho, se sentía contenta por el resultado de las votaciones de ese año, y estaba segura de que su antigua mentora y amiga habría estado de acuerdo con las razones de que hubiese más inclusión considerando que el mundo exigía una visión más expansiva.
Todas las elegidas para el Baile de las Debutantes —que se realizaría dentro de dos meses— también recibirían un broche de oro en forma de colibrí, la insignia oficial del evento.
Alana miró a Brent con una sonrisa cuando una a una, las jóvenes empezaron a acercarse al escenario a medida que eran mencionadas.
Cuando el último nombre fue leído, la alegría ya se había borrado del rostro de Alana.
De hecho, estaba furiosa. La lista no era la original que ella conocía y que estaría en el registro oficial.
Quería exigir una explicación, mas no fue posible, porque de inmediato un incidente llamó la atención de todos.
Desde la entrada, los agentes de seguridad trataban de impedir que ingresara la única persona que —para Alana— merecía estar en ese escenario en forma de media luna.
No solo llevaba un precioso vestido, sino que el cabello negro le enmarcaba el rostro y los hombros como una cascada de brillante líquido oscuro.
La chica se abrió paso entre los asistentes, hasta llegar al escenario.
Después murmuró algo al maestro de ceremonias y tomó le micrófono con una gracia que —en otra persona— habría resultado una grosería.
En este caso fue algo más bien fluido y elegante.
La chica esbozó una sonrisa, mezclada entre la tristeza y el desconcierto.
Su rostro también lucía algo agitado por el forcejeo para librarse de los guardias y entrar al evento.
Las palabras que dijo a continuación afligieron a Alana.
—Buenas noches —dijo la voz segura, aunque también algo temblorosa—.
Mi nombre es Ingrid Callahan. Este vestido lo confeccioné yo misma.
Elegí la tela y lo cosí a mano, porque considero que el talento no está solo en la tecnología, sino en la habilidad de los dedos y mente de quien añora crear prendas especiales.
Este año no recibí una negación para este evento, porque cumplí la mayoría de edad hace un par de meses.
Lo que significaba, por lógica, que era una de las veinticinco candidatas a ser debutante.
Por eso hice con ilusión un trabajo maratónico y especial —se miró a sí misma, llevaba un precioso vestido de organza azul con toques dorados y detalles de cristales Swarovski—.
Sin embargo, a pesar de tener la invitación, que certificaba que estaba entre las elegidas, los guardias me impidieron entrar —explicó contrariada y agobiada—.
Así que tuve que utilizar mi entrenamiento en defensa personal para…
—Ingrid —zanjó un voz masculina, calmada y peligrosa—. Suficiente.
Todo el salón guardó silencio. Los murmullos se esparcieron como el zumbido de las abejas. La orquesta de viento, que estaba amenizando el momento, se detuvo.
La piel de Alana pareció cobrar vida de repente y su piel se erizó.
Entre los presente, casi al unísono, dirigieron la mirada hacia la entrada principal.
El hombre que estaba de pie lucía imponente, intimidante y elegante, y su sola presencia daba a entender que sabía que ocupaba un lugar más importante que cualquier de los presentes.
El traje hecho a medida destacaba su físico y también el aura de autoridad que lo rodeaba con naturalidad.
No solo eso, sino que opacaba al entorno.
Ninguno de los guardias se atrevió a acercarse, de hecho, se hicieron a un lado para darle paso.