CAPÍTULO 3 #2
Alana, que aquel día tenía había tenido una fuerte jaqueca luego de perder un caso en la Corte, no tenía ganas de soportarla.
Detestaba que le dijera «Lani». No había existido nunca esa clase de cercanía entre ellas, pero la mujer parecía no enterarse.
A lo largo de toda la secundaria —Celine— había sido su competencia en todo.
A ratos parecía odiarla y, en otros, actuaba como la amiga más leal y atenta.
En pocas palabras, la mujer siempre había sido difícil de entender y tolerar.
—No soy de ningún grupo. Nací, como tú, con privilegios, pero eso no me impide tener mi propio criterio.
Aparte, la opinión de mi madre no forma parte de la orden del día en este comité —había replicado, en su habitual tono de voz dulce y que empleaba cuando se contenía, a duras penas, de mandar a alguien a la mierda—.
Si en algo sirve mi comentario para aclarar tus dudas sobre mis votos, que no deberían interesarte, yo estoy a favor de ampliar el número anual de debutantes a cincuenta.
Celine había abierto y cerrado la boca como si le hubiera quitado oxígeno.
—¿Qué dices? —había preguntado llevándose la mano al pecho, horrorizada.
—Conseguiríamos más beneficios con tantos talentos y ganas de ayudar en las fundaciones a las que el CBL contribuye, si, en lugar de solo veinticinco debutantes, el número aumentara.
Simple lógica, Celine —había dicho mirando también a las otras once integrantes del comité, que la miraron con curiosidad—.
Pero —había sonreído— por supuesto, entiendo que es algo que debemos discutir en profundidad.
—No hay discusión posible. Sería un rotundo no —había dicho Celine, acomodándose un mechón de cabello rojizo—.
¿Con qué clase de gente estás juntándote desde que trabajas en McKenzie todo ello disfrazado de galantería y juegos de palabras que la irritaban.
En cambio, Brent no necesitó crear narrativas premeditadas o falsas.
Él tenía un plus: poseía la misma influencia que los Pemberton.
Así que ella no se arrepentía de haber ido a la regata.
En las semanas siguientes, el joven heredero había logrado desarmar algunos de los argumentos de Alana ante la negativa de verse de nuevo en una cita, pero sin actividades sociales de por medio.
Ella procuró ser franca y directa. Le dijo que no estaba interesada en una aventura pasajera, ni tampoco en considerar una relación a largo plazo.
Él le confesó que durante mucho tiempo su idea de tener una pareja estable no le parecía algo atractivo, pero que eso cambió cuando la conoció y que era la razón de que hubiera insistido en invitarla a salir varias veces.
Alana se quedó en silencio un largo rato, y al final aceptó la propuesta para quedar a tomar un café y conocerse mejor.
Ese fue el inicio de varias salidas juntos.
Aunque ella notaba el deseo en los ojos de Brent, no daba pie a que hubiera sexo.
Pero sus besos se volvían cada vez más ardientes y cautivadores.
Él la hacía sentir cómoda, sin presión. Alana no le habló de que la idea de desnudarse ante un hombre —después de lo vivido con el cretino de Aaron, su ex— le causaba inquietud, porque no quiso entrar en detalles tan personales.
Aparte, no tenía por qué justificar sus decisiones íntimas si no le apetecía.